Noticias de la noche
- Автор: Márkaris Petros
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Noticias de la noche». Краткое содержание книги:
Tengo que tomarle de la manita y conducirlo paso a paso, como a los niños en el parque.
– ¿Por qué salía con él si no le gustaba? -pregunto, aunque conozco la respuesta.
– Porque lo utilizaba. Se lo digo así, fríamente, como ella me lo decía a mí. Se lió con él y entró en Hellas Channel con un buen sueldo. Apretaba los dientes y se acostaba con él para lograr el puesto que codiciaba y tener acceso directo a Delópulos. En cuanto lo consiguió, lo dejó. Lo recuerdo como si fuera ayer. Después del éxito que tuvo con Kolákoglu, Delópulos le dijo: «A partir de hoy, Yanna, tienes mi autorización para presentar lo que quieras.» Saltaba de alegría cuando me anunció que al día siguiente le daría la patada a Petratos.
Mi pensamiento vuela al tipo pintarrajeado de la foto. Lo representó tal como ella lo veía; lo sacaba del cajón, lo contemplaba y se divertía.
– ¿Cuál es el nombre de pila de Petratos? ¿Lo sabe?
– Néstor, creo. Néstor Petratos.
Por tanto no era Nikos, ni Notis, ni Nikitas, sino Néstor. El desconocido «N» de la correspondencia. La suerte me sonríe, aunque demasiado pronto. Me contengo para no caer en la trampa.
– No le oculto nada -prosigue Antonakaki-, porque Yanna tampoco lo ocultaba. Me lo contaba todo, de pe a pa. -Suelta un suspiro-. Pero no sólo se trata de Petratos. A mi hermana la repugnaban los hombres en general, teniente.
– ¿Por qué?
– Decía que los hombres son la causa de todos los males que sufrimos las mujeres. Que son cobardes e inútiles, y hacen con nosotras lo que se les antoja. Y que hay que tenerlos sólo mientras le sirvan a una, y después tirarlos como pañuelos usados. A veces me decía que lamentaba no ser lesbiana. A mí, la verdad, se me ponían los pelos de punta.
Aparece ante mis ojos Yanna Karayorgui, la sonrisa altiva, la expresión arrogante, presta al sarcasmo. También yo entraba en la misma categoría que Petratos y Delópulos, uno del montón. Vale, no era lesbiana, no había dado exactamente en el blanco, aunque por muy poco.
– Hubo una temporada en que intentó separarme de Vasos -prosigue Antonakaki-. A él también lo consideraba un inútil y me mareaba para que lo dejara. Pero Vasos nada tiene que ver con Petratos. Es buen padre, buen marido y arriesga la vida en los mares para mantenernos a mí y a Anna. «Ya verás», le decía, «un día conocerás al hombre ideal y entonces descubrirás que las cosas no son así.»
Tras esta última frase, se deshace otra vez en lágrimas. En esta ocasión se acuerda del pañuelo y se suena, en lugar de sorber los mocos. Se me olvida consolarla, porque mi pensamiento ha quedado atrapado en la relación de Karayorgui con Petratos. En Yanna y en su Néstor pintarrajeado.
– ¿Otra vez con la misma? Llevas todo el día llorando. Hasta la policía se ha puesto a tu disposición, en vez de ser tú la que corras a averiguar qué ha pasado. Como si las lágrimas pudieran cambiar las cosas.
Vuelvo la cabeza y veo a una joven de pie en la puerta. Debe de tener la misma edad que mi Katerina, tal vez un poco menos, y me quedo mirándola boquiabierto.
– Mi hija, Anna -se oye la voz de Antonakaki.
Es como si tuviera delante a Yanna Karayorgui con veinte años menos, cuando debió de hacerse la foto del carné de identidad. Una chica alta y delgada, con la misma belleza severa y la misma mirada altanera de Yanna. Como si la naturaleza quisiera gastar una broma, dotó a la sobrina con el físico de la tía. La chica no va de luto. Lleva ropa sencilla: camiseta, téjanos y zapatillas de deporte. Se sienta y me dirige una mirada fría y arrogante. De pronto me entran ganas de fingir indiferencia, como hacía ante su tía. Ni por rechazo ni por desdén, sino porque en el fondo me da miedo enfrentarme a ella. Prefiero a la madre, que se desahoga hablando.
– ¿Le comentó su hermana algo referente a una gran noticia que pensaba comunicar?
– No. Yanna jamás hablaba de su trabajo.
– ¿Sabe si recibía amenazas, si temía por su vida?
La hija se adelanta a la madre.
– Tenía miedo -afirma-. Siempre tenía miedo. Decía que algún día se la cargarían. Se reía, pero en el fondo hablaba en serio. Mi tía era una persona difícil. Cuando se le metía algo entre ceja y ceja, no la disuadía ni Dios. Se lanzaba de cabeza.
– ¿Qué estás diciendo, Anna? -grita su madre, alterada.
– La verdad. -Se vuelve hacia mí, impávida-. A mi tía le gustaba provocar, meter el dedo en la llaga. Disfrutaba haciéndolo, aunque también le daba miedo. Una vez le comenté que quería ser periodista, y estuvo con el mismo rollo durante meses para que cambiara de opinión. Me enumeraba todos los inconvenientes. Que si la profesión está desprestigiada, que si ahora hay que hacer la pelota o volverse insensible, que si todo el mundo te acecha pistola en mano. Y que ella misma tenía que hacer tantas concesiones que debería escupirse al mirarse cada mañana en el espejo. Al final me convenció de que entrara en Medicina.
– ¡Anna, por favor! ¡No tolero que mancilles la memoria de Yanna!
La joven vuelve la cabeza y lanza a su madre una mirada gélida, iracunda. De pronto me doy cuenta de que esta mirada es un disfraz y que la muchacha está al borde de las lágrimas.
El dolor de cabeza empeora de nuevo. Me cuesta mantener el cuello erguido. Me invade un cansancio tremendo y me levanto. De todas formas, no se me ocurren más preguntas.
– Gracias. Si necesitáramos más información, la llamaríamos por teléfono.
La madre me saluda con un movimiento de cabeza, porque está llorando otra vez quedamente y es incapaz de articular palabra. La hija se levanta, inexpresiva, y me acompaña. Ya he abierto la puerta para salir cuando me detiene.
– Teniente.
– Sí.
– Nada… -añade enseguida, como si hubiese cambiado de parecer.
– Querías decirme algo.
– No. Si quisiera decirle algo, lo haría y ya está.
Se cierra en banda y se muestra hostil para pararme los pies. Me doy cuenta de que no me conviene insistir. Puede que se haya precipitado, que necesite tiempo para pensárselo.
– Si quisieras hablar conmigo, tu madre tiene mi número de teléfono -digo, sonriéndole amistosamente. Me dirige una mirada inexpresiva y cierra la puerta.
De la calle Jrisipu voy a la avenida Papandreu y enfilo Olof Palme de bajada. Estoy pensando en la relación de Karayorgui con Petratos. Según Antonakaki, se interrumpió inmediatamente después del caso Kolákoglu. Sin embargo, las primeras cartas de «N» datan de 1991, aproximadamente un año después de aquel asunto. Si Néstor era el remitente, la relación había proseguido sobre otra base hasta dar pie a las amenazas. Me pregunto de qué modo podría obtener una muestra de la letra de Petratos, para compararla con la del desconocido «N». La otra cuestión que me preocupa es por qué Karayorgui no salió en el informativo de las ocho y media y optó por el de las doce.
Dejo la calle Ymitú para entrar en Ifikratus y busco aparcamiento entre Protesiláu, Aroni y Aristokléus. No lo encuentro, por supuesto, y empieza el mismo suplicio de todas las tardes: vueltas y más vueltas hasta que se vaya algún coche y pueda ocupar su lugar.
Cae una fina llovizna, me duele la cabeza y maldigo mi suerte cuando veo de reojo a Zanasis moviéndose a pequeños pasos en la esquina de Tsavela con Aristokléus, mientras echa miradas furtivas a una y otra calle. Me detengo a su lado y bajo la ventanilla.