Noticias de la noche
- Автор: Márkaris Petros
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Noticias de la noche». Краткое содержание книги:
– Y mientras el mundo periodístico está revuelto, la policía mantiene un silencio provocador y se niega a hacer declaraciones. Exigimos que nos cuentes lo que sabes sobre el cruel asesinato de la compañera Yanna Karayorgui, teniente.
– No pienso contarle nada, señor Sotirópulos. -Mi tono le desconcierta porque siempre le tuteo y, de pronto, adopto una actitud oficial.
– Esto es inadmisible, teniente -responde él, también en tono oficial-. No tiene ningún derecho a tratarnos de este modo, cuando nosotros arriesgamos la vida por contar la verdad.
– No puedo hacer declaraciones ni revelar los datos de la investigación antes de interrogarles.
– ¿Interrogarnos?
De pronto se propaga entre ellos un susurro compuesto de tres ingredientes: desconcierto, inquietud y protesta. Dos tazas de agua, cuatro de harina y media de azúcar, como dice Adrianí cuando le piden la receta de su famoso bizcocho que, dicho sea de paso, no hay quien se lo trague.
– Según los indicios, la víctima conocía al asesino. Y todos ustedes eran amigos o conocidos de Karayorgui. Es lógico que queramos interrogarles.
– ¿Nos consideras sospechosos?
– No puedo revelarles ningún dato antes de interrogarles, esto es todo. Mañana por la mañana quiero verlos en mi despacho, y no será para hacer declaraciones.
– Uno es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Es la tesis fundamental del derecho, ¿o no os la enseñan en la academia?
– Eso no es más que palabrería de abogados. Para la policía, todo el mundo es culpable hasta que se demuestra lo contrario.
Los empujo y salgo al pasillo.
A mis espaldas se levanta un murmullo de indignación y protesta, pero yo lo saboreo. Desde luego, mañana Guikas me cantará las cuarenta por haber deteriorado sus buenas relaciones con los periodistas, pero he vivido cosas peores.
Capítulo 10
Sperantsas se encuentra sentado en el puesto que ocupa cuando presenta las noticias, detrás de la mesa ovalada. Está solo, porque en el informativo de las doce sale sin compañero. No es el que lleva un pañuelo en el bolsillo para enjugarse las lágrimas, sino el otro, el que pregona las noticias como si fueran sandías en el mercado. Cuando me ve entrar, duda entre mostrar su disgusto por haberlo hecho esperar o expresar su aflicción por el asesinato de una colega. Al final se conforma con soltar un profundo suspiro, que cubre ambos campos. Yo me siento a su lado, en el sillón de la chica que presenta los deportes.
– ¿Cómo se han enterado todos ésos y han acudido en pelotón? -Me refiero a los periodistas que están en el pasillo y cuyo alboroto llega hasta nosotros.
– Deben de haberlo oído en las noticias.
Me parece increíble.
– ¿Han dado la noticia por televisión, incluso antes de avisarnos a nosotros?
– Toda Grecia está conmocionada -responde acalorado-. Es lo nunca visto. Los teléfonos están que arden. De repente, justo cuando me dispongo a anunciar las nuevas medidas económicas, me interrumpen y ponen anuncios. Antes de que me dé tiempo a preguntar qué pasa, el realizador Manísalis entra como un huracán y dice que han asesinado a Yanna. Más anuncios, grito y mando enseguida a un cámara al camerino. Cuando vuelvo a salir al aire, estoy destrozado. «Señoras y señores», digo, «en este preciso instante se está produciendo una tragedia en nuestros estudios. Yanna Karayorgui, nuestra reportera de sucesos, “el Sabueso”, como la llamaban sus compañeros, yace muerta en una habitación contigua, brutalmente asesinada. Aún no sabemos quién es el autor de este crimen horrendo. Desgraciadamente, la verdad tiene muchos enemigos. Hellas Channel, sin embargo, el canal de la vanguardia informativa, siempre el primero en dar las noticias, no podía menos de comunicar la noticia de inmediato a ustedes, sus espectadores. Señoras y señores, les informamos del trágico fin de Yanna Karayorgui casi en el mismo momento del fatal suceso, antes incluso de avisar a la policía.» Y aparece en pantalla el plano del camerino con Yanna tal como lo han encontrado. Se trata de un gran documento. Tenemos el vídeo. Puede verlo, si lo desea.
¿Por qué no le doy dos bofetadas bien dadas? ¿Por qué no junto un par de sillas, lo ato a ellas, le quito zapatos y calcetines y le arreo en las plantas de los pies? El policía que ya no pega es como el fumador que ya no fuma. Aunque la lógica le diga que ha hecho muy bien en dejarlo, por dentro se muere de ganas de repartir unas cuantas hostias, como el ex fumador se muere por una caladita.
– ¿Sabe qué debería hacer con usted? -le digo-. ¡Debería llevarlo a jefatura, encerrarlo en un calabozo con chorizos, macarras y camellos, y dejar que se jueguen su culo a los dados!
Palabras, gritos, amenazas estériles. He dejado de fumar y trato de engañarme masticando chicles.
– ¿Cómo se atreve a hablarme así? ¡No tiene ningún derecho! Protestaremos enérgicamente, en público y ante sus superiores. Tengo la impresión de que vive usted en otros tiempos. -Su voz tiembla como si padeciera tiritones.
– En primer lugar, es ilegal divulgar un asesinato antes de alertar a la policía. Nosotros decidimos cuándo hacerlo público y qué datos desvelar. En segundo lugar, al revelar el momento en que ha sido descubierto el cadáver, uno podría estar ayudando al asesino a escapar, convirtiéndose involuntariamente en su cómplice. Si protesta, lo único que conseguirá es que me caiga una bronca por no haberle detenido a usted en el acto.
– Soy periodista y he cumplido con mi deber. Si Yanna estuviera viva, me felicitaría.
No sólo le felicitaría, sino que se frotaría las manos de gustillo por habernos puesto en ridículo. Sé que es así y prefiero callarme los comentarios.
– ¿Por qué iba ella a salir en el informativo de las doce? Que yo sepa, no había noticias de sucesos de última hora.
– Tenía preparada una revelación que iba a ser una auténtica bomba.
– ¿Qué revelación?
– No sé, no me lo dijo.
Me vuelvo a enfurecer.
– Cuidado, Sperantsas, no me oculte datos para ser usted quien lance la bomba y coseche el éxito, porque haré que las pase más putas que un musulmán en Bosnia.
– No le oculto nada. Le digo la verdad.
– ¿Y cuál es la verdad? ¿Que ella le dijo que tenía un notición sin contarle de qué se trataba y sin pedir permiso a nadie? ¿Me está diciendo que en estos estudios cualquiera puede salir ante las cámaras y soltar lo que le dé la gana?
– Cualquiera, no. Sólo Yanna Karayorgui -contesta mirando hacia las cámaras como si temiera que alguien lo estuviera grabando.
– ¿Qué significa esto?
Vacila antes de contestar. Ahora se muestra retraído y le cuesta hablar.
– Yanna tomaba sus propias decisiones. No dependía de nadie. -Se inclina hacia delante y baja la voz-: Mire, comprenda, yo no puedo decirle nada más.
Debajo del traje de usufructo se esconde un hombrecillo asustado e inseguro. De pronto me resulta mucho más cercano y se me quitan las ganas de presionarlo más.
– ¿Cuándo le habló de la sensacional noticia?
– Yo estaba en la redacción, echando una última ojeada al boletín de noticias. Media hora, más o menos, antes de empezar el programa.
– ¿A qué hora salió usted en pantalla? ¿A las doce?
– A las doce y tres minutos. El serial que precede al informativo llevaba tres minutos de retraso y no lo interrumpimos. Dejamos que terminara.
– ¿Ella estaba sola?
– Claro -responde, extrañado-. ¿Con quién iba a estar?
– Eso es lo qué me gustaría saber. -Me levanto-. ¿Dónde queda la redacción?
– Al lado de maquillaje.
Me dirijo hacia la puerta.
– Teniente. -Me doy la vuelta para prestarle atención-. Aquí dentro no son muchos los que van a llorar la muerte de Karayorgui. Pregunte a Marza Kostaraku, la que se ocupa de la información científica. Ella sabe más que yo.