Noticias de la noche
- Автор: Márkaris Petros
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Noticias de la noche». Краткое содержание книги:
Se echa a reír, como si le hubiese contado un chiste.
– ¿Eso le dijeron? ¿Que hacía lo que quería porque se acostaba con el jefe? -Deja de reírse de golpe y se pone seria-. Se equivoca. Yanna era inteligente y sistemática. Cuando llegó a la cadena, se hizo cargo de la sección de ciencia. Pero aquello no le interesaba demasiado porque no incluía noticias sensacionalistas, de esas que causan impacto. Cinco palabras al final del programa, y eso muy de vez en cuando. Un mes después, se había enrollado con Petratos, el director de informativos. Sólo necesitó dos semanas más para quitarme el puesto. Sin embargo, no me gusta engañarme. No sólo era ambiciosa, sino también hábil, mucho más que yo. Conseguía reportajes en exclusiva, desenterraba historias, desenmascaraba a cierta gente. Aprovechándose del caso Kolákoglu, obligó a Delópulos a darle carta blanca. En cuanto lo consiguió, se deshizo de Petratos. Esto lo afectó mucho y de buena gana la hubiera despedido, pero ya era tarde y no estaba en su mano hacerlo. -Calla y deja escapar otro suspiro de alivio, de desahogo-. No, Yanna no necesitaba acostarse con Delópulos para recibir apoyo. Convencía con sus habilidades. Utilizó a Petratos para tener una oportunidad. Todo lo demás, se lo ganó a pulso.
A mí Karayorgui me caía fatal y le había colgado el sambenito de lesbiana. Sotirópulos, a quien también caía mal, prefirió tacharla de ninfómana e insaciable. Y he aquí que llega una segundona para poner las cosas en su sitio.
Empiezo a sentir cierto aprecio por Kostaraku, aunque mi intuición me aconseja que no me precipite. ¿Y si su franqueza no es más que una fachada para ocultar otras cuestiones menos confesables?
– ¿Dónde estaba ayer noche, entre las diez y las doce?
– Sola en casa, como todas las noches -responde tranquilamente, casi con tristeza-. Primero con una ensalada, luego con un whisky y, en todo momento, con la tele. -Calla, me mira fijamente y añade con cierto énfasis-: Hasta las once, cuando me llamó Yanna.
– ¿Karayorgui la llamó por teléfono a las once?
– Sí. Para anunciarme que iba a dar un notición sensacional en el informativo de las doce.
¿A quién más se lo dijo, aparte de a Kostaraku y Sperantsas? Si consiguiera averiguarlo, tal vez lograría atrapar al asesino.
– También me dijo otra cosa.
– ¿Qué le dijo?
– Me pidió que viera las noticias para que continuara con la investigación si a ella le ocurría algo. A decir verdad, no la tomé en serio. Al contrario, creí que era mezquindad, que lo decía para picarme, y le colgué el teléfono. Con la soledad por un lado y la rabia por lo que me había dicho Yanna por el otro, sentí que la casa se me caía encima. Me subí en el coche y empecé a vagar por las calles, sin rumbo. Cuando volví a casa era la una.
– ¿No le comentó de qué trataba la noticia?
– No. Sólo me indicó que viera el programa.
– Bien. -Llamo a Zanasis para que la acompañe a declarar-. ¡Espere, no se vaya! -la llamo cuando llega a la puerta. Saco la foto de Karayorgui con el tipo pintarrajeado-. ¿Conoce a éste?
Mira la foto y estalla en carcajadas.
– ¿De qué se ríe? ¿Lo conoce?
– ¡Que si lo conozco!
– ¿Quién es?
– Petratos, el director de informativos de Hellas Channel. Mi jefe.
Lo mira y se parte de risa.
Capítulo 14
Mina Antonakaki vive en la calle Jrisipu, en Zografos. En Olof Palme el tráfico me obliga a detenerme cada diez metros; antes de arrancar de nuevo, me daría tiempo de sobra para salir del coche e ir a tomar un café. A lo largo del trayecto me imagino a la hermana de Karayorgui, sentada en un sofá con los ojos enrojecidos y un pañuelo en la mano, y me pongo de mal humor. El dolor de cabeza, que había remitido un poco con las dos aspirinas, vuelve a la carga. El mismo embotellamiento en la avenida Papandreu. Hasta llegar a Gaíu y torcer, me las veo y me las deseo. Pero allí cambia mi suerte. Enseguida encuentro sitio para aparcar.
Me abre la puerta una mujer vestida de negro que debe de andar por los cuarenta y cinco.
– ¿El señor Jaritos? Pase. Soy Mina Antonakaki.
Raras veces he visto a dos hermanas tan distintas. Si no se hubiera presentado, la habría tomado por alguna pariente llegada a la casa para dar el pésame. Yanna era alta, delgada e imponente. Mina es una mujercita baja y rolliza. Yanna tenía el pelo castaño. Su hermana es morena, aunque su cabello empieza a encanecer en las raíces. Yanna siempre te miraba por encima del hombro. Ésta tiene una mirada bovina que inspira desprecio. En lugar de sentir pena por ella, te entran ganas de increparla.
Me conduce a un saloncito, señala el sofá y se sienta frente a mí. No me había equivocado. Tiene los ojos enrojecidos y estruja un pequeño pañuelo en la mano, aunque parece harta de usarlo, porque prefiere sorberse los mocos para abreviar. El saloncito se parece al mío, al de mi cuñada y a todos los saloncitos griegos que he visto en mis veintidós años de servicio: un sofá, dos sillones, una mesa de centro, un par de sillas y un mueble para la televisión.
Parece adivinar mi extrañeza, porque dice con una tímida sonrisa:
– Yanna y yo no nos parecemos en absoluto, ¿verdad? -De pronto se da cuenta de que ha equivocado, por inercia, el tiempo verbal, y rectifica con voz apagada-: Que no nos parecíamos, quiero decir. -Hace una pausa, como si intentara recobrar las fuerzas, y continúa-: Yanna se parecía a mi madre; en cambio yo soy la viva imagen de nuestro padre. Sin embargo, estábamos muy unidas y nos veíamos casi a diario. También yo vivo prácticamente sola, con mi hija. Mi marido es marino y está en el mar.
Sus labios empiezan a temblar y me apresuro a intervenir, antes de que se desmorone y tenga que recoger los pedazos.
– Desearíamos cierta información referente a su hermana, señora Antonakaki. Necesitamos completar el retrato, para saber dónde buscar a su asesino.
Algunas misiones se encomiendan porque se quiere averiguar algo, o atrapar a alguien o esclarecer un caso. Otras carecen de sentido, se encomiendan para ocupar la mente de alguien y ayudarle a sobreponerse. La de Mina Antonakaki pertenece a esta segunda categoría. Considera que mi petición es una misión importante y se endereza para hacerle frente.
– Pregunte -indica con voz ya firme.
– ¿Cuándo vio a su hermana por última vez?
– Anteayer por la tarde. Iba a venir también anoche, pero me llamó por teléfono para decirme que había surgido un asunto y que no la esperara.
– ¿A qué hora iba a venir?
– Normalmente llegaba alrededor de las nueve y se quedaba un par de horas.
– ¿Y cuándo la llamó?
– Serían las seis, más o menos.
De modo que a las seis ya había decidido soltar el notición y pospuso la visita a su hermana. Sin embargo, si lo había decidido a las seis, ¿por qué no salió en el informativo de las ocho y media, que tiene mucha más audiencia, y prefirió esperar hasta el de las doce?
– Señora Antonakaki, ¿qué sabe de la relación de su hermana con Petratos?
– ¿Con Petratos? -repite el nombre, nerviosa y desconcertada-. ¿Qué quiere que sepa?
– Su hermana mantuvo una relación amorosa con Petratos, y lo dejó. No es ningún secreto, todo el mundo lo sabe. ¿Le habló alguna vez de su relación?
– Lo único que sé -dice titubeando- es que no se trataba de una relación como usted y yo lo entendemos.
– ¿De qué se trataba, entonces? -pregunto sorprendido.
– Sólo ella podría contestar a esto -responde lanzada, pero de golpe frena y busca las palabras adecuadas-: No lo quería en absoluto. Se reía de él, se burlaba. Es un imbécil, me decía. Perdone la expresión, pero ésas eran sus palabras. No se entera de la misa la media. Cuando le preguntaba cómo era posible que todo un director de informativos fuera un imbécil, se echaba a reír. Ha ascendido porque es un lameculos, contestaba. Sigue a Delópulos como un perrito y le dice que sí a todo. -Respira hondo y empieza a hablar con dificultad-. La asqueaba hacer el amor con él. A sus cuarenta años, ese cerdo aún no sabe hacer el amor, decía.