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Noticias de la noche

Электронная книга - «Noticias de la noche». Краткое содержание книги:

Atenas, años noventa, la presión de los emigrantes, clandestinos o no, de los antiguos países del Este, el dinero fácil, los empresarios del pelotazo, la corrupción policial, el todo vale de algunos medios de comunicación, también la conciencia de una democracia reconquistada después de una dictadura, son el telón de fondo de una historia que se inicia con la muerte a cuchilladas de una pareja de albaneses y continúa con el asesinato de dos reporteras de una popular cadena de televisión.
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– ¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado? -pregunto inquieto.

Algo grave debe de haber ocurrido para que él venga hasta aquí. Abre la puerta y entra en el coche. Se sienta a mi lado y me mira en silencio.

– ¿Por qué no has ido a mi casa en lugar de quedarte aquí en la calle, mojándote? -sigo preguntándole.

– Quería hablar con usted a solas.

Suspira profundamente. Otro que suspira profundamente. Toda la gente que he visto hoy llora o suspira. No puedo quedarme en la esquina. Piso el acelerador, y venga a dar vueltas a la manzana.

– Ayer noche estuve con ella. Por eso quería hablarle en privado.

Me quedo helado. Aprieto el freno casi sin querer. El Mirafiori se sacude y se detiene. El que viene detrás pita como un energúmeno pero yo no oigo nada. No logro apartar los ojos de Zanasis. Él evita mi mirada.

– ¿Por qué me mandó allí? -dice-. Yo no quería ir. Usted me obligó.

Sé muy bien adónde quiere ir a parar. Si mañana se descubre que había estado con Karayorgui poco antes del asesinato, dirá que lo había enviado yo, que actuaba bajo mis órdenes. Aunque le había dejado claro que yo asumiría la responsabilidad, me lo recuerda por si las moscas, para estar tranquilo. Por más que se declare cretino todas las mañanas a las nueve, en cuanto las cosas se ponen feas, apela a su cretinismo para librarse de cualquier responsabilidad. En el fondo no lo culpo. Yo haría lo mismo si estuviera en su lugar. Si Zanasis aparece relacionado con el asesinato de Karayorgui, estallará tal escándalo que Guikas será capaz de suspenderme de empleo y sueldo. Sólo de pensarlo siento vértigo.

– ¿Adónde fuisteis? -pregunto para orientarme, para saber quién pudo verlos juntos.

– A un pequeño restaurante de Psirís, cerca de la plaza de Aguii Anárguiri.

Por eso canceló la cita con su hermana. No por el notición, sino porque había quedado con Zanasis.

– ¿Os vio alguien?

– Sólo una pareja que ella conocía, aunque no nos presentó. Allí no había ninguno de los nuestros, estoy seguro, porque es uno de esos locales para pijos que se las dan de bohemios y circulan entre Psirís, Gasi y Metaxurguío.

– ¿Os encontrasteis allí?

– No. En la plaza de Aguii Anárguiri. Llegamos en coche por separado. -Medita un poco y añade-: El único momento en que pudieron vernos fue cuando la esperé delante de la iglesia, mientras ella buscaba un quiosco para comprar tabaco. Aun así, no me parece probable.

– ¿A qué hora fue eso?

– Pasadas las nueve. Habíamos quedado a las nueve, pero ella llegó con un cuarto de hora de retraso. No se preocupe -se apresura a añadir-, no salí a la calle, la esperé en el coche. Tuve mucho cuidado.

– ¿Os marchasteis por separado?

– Sí. Ya… -Está a punto de pronunciar su nombre pero se le forma un nudo en la garganta y desiste-. Ella se fue alrededor de las once. Yo pagué y me fui poco después.

Saca la cuenta del bolsillo y me la entrega. Once mil ochocientas. Seis billetes por cabeza para cenar en una cueva de Psirís. A lo largo y ancho de este mundo, los listos sacan punta a su inteligencia en los colegios y las universidades. En Grecia, la afilan en la piel de los tontos. Cuantos más tontos hay, más listos aparecen en escena.

– Me quedo con la factura. En cuanto a Karayorgui, no digas nada a nadie. Ni la viste ni le hablaste. Si no, nos la cargamos los dos.

– Vale.

Me guardo la factura en el bolsillo, saco la cartera y cuento doce billetes. Al entregárselos, me da la sensación de estar jugando mis points en un garito ilegal. Pero hay un par de cuestiones en todo este lío que me alivian un poco. Una, que no es probable que nadie haya visto a Zanasis con Karayorgui. Otra, que ahora sé qué hacía exactamente Karayorgui entre las nueve de la noche y la hora en que fue asesinada.

Zanasis se dispone a bajar del coche, pero lo retengo.

– ¿Hizo alguna llamada mientras estabais juntos?

– Sí, poco antes de marcharnos. Para ser exacto, llamó y se fue enseguida. -Me mira con curiosidad-. ¿Por qué? -pregunta.

– Telefoneó a una colega suya llamada, Kostaraku. Le dijo que no se perdiera el informativo de las doce porque iba a soltar un notición. También le dijo que en el caso de que le ocurriera algo, quería que ella prosiguiera con la investigación.

– ¿De qué noticia se trataba?

– Kostaraku afirma que no lo sabe, aunque bien podría haber decidido callárselo para anunciarlo por televisión y darse importancia. ¿A ti te dijo si tenía miedo o estaba en peligro?

– No -responde rápidamente-. De ser así, se lo habría comunicado enseguida. Al contrario, parecía de muy buen humor y se metía conmigo.

De repente recuerdo la misión que le había encomendado.

– Oye, ¿pudiste averiguar algo sobre aquella historia de los niños? -No es que me preocupe ya demasiado, pero al menos quiero saber si han servido de algo mis doce billetes.

Sonríe.

– Estuve todo el rato intentando sonsacarle mientras cenábamos, pero se escurría como una anguila. Al final dijo que primero quería acostarse conmigo, y que si quedaba satisfecha en la cama tal vez me lo contaría.

Hace un rato la chica decía que su tía transigía con muchas cosas y que sentía tentaciones de escupirse en el espejo. Ninfómana e insaciable, pero con remordimientos. De modo que Robespierre acertó de lleno. Así son los revolucionarios: en la revolución la cagan, pero se les dan bien las mujeres.

Capítulo 15

Cierro la puerta y espero oír al poli que se desgañita o a la fiscal que lloriquea, pero no se oye nada. El salón está a oscuras y el televisor apagado. En la cocina encuentro una olla llena de espinacas con arroz. Ni rastro de Adrianí. Me pregunto adónde puede haber ido, pues casi nunca sale por la tarde, y enseguida caigo en la cuenta de que tengo la casa entera a mi disposición y se me levantan los ánimos.

Agarro el Dimitrakos y me tiendo vestido en la cama, aunque antes me quito los zapatos. Prefiero no provocar a Adrianí porque, dadas las circunstancias, me encantaría encontrar a alguien contra quien descargar mi furia, y ella pagaría el pato. Abro el diccionario por la P y lo ojeo. Pintarrajear: pintarse o maquillarse mucho y mal. Pintarrajo: pintura de trazo deficiente y colores impropios. Del verbo pintar. Frases hechas: pintar como querer. Desde luego, Karayorgui lo pintó como quiso. Se ve que en la época de Dimitrakos no se jugaba a indios y vaqueros, tan pintarrajeados los primeros. ¿A qué jugaban Karayorgui y Petratos? Evidentemente, ella lo pintó de negro. Pero… ¿y él? ¿Qué quería de ella hasta el punto de amenazarla? ¿Y qué significaba aquella primera carta en la que se confesaba sorprendido de haberla visto? ¡Si la veía cada día en los estudios! Tal vez la había encontrado en otra parte, en algún lugar donde no esperaba verla. Parece lógico que le pidiera una cita para hablar. No podían hacerlo en los estudios y prefería citarla en otro sitio.

– ¿Estás aquí? -Por encima del diccionario veo a Adrianí, que me sonríe desde la puerta-. ¡Qué bien, te has quitado los zapatos! -añade satisfecha.

– ¿Dónde has estado?

– Ya verás. Tengo una sorpresa para ti.

Desaparece a toda prisa. A mis oídos llega un ruido de bolsas de plástico, de cajas que se abren, de papeles que se rompen. Al poco rato vuelve al dormitorio con las manos vacías.

– ¿Qué te parece? ¿Me quedan bien?

Levanta la pierna, cual bailarina jubilada, y sólo entonces me fijo en las botas. Son altas, casi le llegan a la rodilla, de un color marrón oscuro y brillante.

– Bueno, ¿qué te parecen? -insiste Adrianí con impaciencia.

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