El verano de los juguetes muertos
- Автор: Hill Toni
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
– El otro día no te mostrabas tan entusiasmada. Cuando estábamos las dos delante de la tienda -repuso Regina.
– Estaba rayada, mamá. -«Rayada» era un adjetivo que Regina Ballester detestaba profundamente porque, amén de sonarle bastante vulgar, describía en sí mismo cualquier estado de ánimo de su hija: triste, preocupada, malhumorada, aburrida… «Rayada» parecía englobarlo todo sin distinción.
Gina jugueteó nerviosa con el ratón del ordenador. ¿No se iría nunca? Se desasió con suavidad del abrazo y jugó su última baza.
– Está bien, no me lo compres. Tampoco es que tenga muchas ganas de ir a la playa este año…
– Claro que irás a la playa. Tu padre llega mañana del viaje de promoción y la semana que viene nos vamos a Llafranc. Para algo he cogido vacaciones este mes. -Eso era algo que Regina solía hacer: recordar, veladamente, lo mucho que hacía por los demás-. ¡No aguanto más Barcelona este verano! hace un calor insoportable. -Regina miró disimuladamente el reloj de pulsera plateado; se le hacía tarde-. Me marcho o al final no me dará tiempo a todo -dijo con una sonrisa-.
Estaré aquí antes de las cinco. Si los mossos llegan antes que yo, no les digas nada.
– ¿Puedo abrirles la puerta? ¿O prefieres que los deje en la calle? -preguntó Gina con falsa inocencia. No podía evitarlo, esos días su madre la sacaba de quicio.
– No hará falta. Estaré aquí. Te lo prometo.
El ruido de los tacones resonó en la escalera. Gina iba a maximizar la pantalla del Messenger cuando esos mismos pasos volvieron a acercarse, apresuradamente.
– ¿Me he dejado aquí…?
– Aquí tienes el mando, mamá. -Lo cogió de la mesa, donde Regina lo había dejado para abrazarla, y se lo tiró con suavidad, sin moverse de la silla. Su madre lo cogió al vuelo-. Deberías colgártelo al cuello. -Y murmuró, cuando estaba segura de que su madre ya no podía oírla-. Claro que igual se desprograma con ese pestazo.
Clic. La pantallita brillaba ante ella otra vez. Cuatro mensajes:
gi, k pasa?
stas???
heyyy, me aburro
vale, tía, hasta otra!!!:-)
«No, no, no, no… Joder, contesta, Aleix, por favor.»
estaba mi madre por aquí, no podía hablar.
Eooo!! ya me lo imaginaba!! sigue dando la vara??
Gina suspiró. Alivio era poco. Se lanzó sobre el teclado a toda velocidad. Y no para criticar a su madre.
¿te ha llamado la poli?
la poli? no, por?
mierda… vienen a verme esta tarde, sobre las 5, no sé qué quieren, en serio…
Unos segundos de pausa.
seguramente nada, lo d siempre, no t preocupes
estoy asustada… y si preguntan por…
no van a preguntar nada, no tienen ni idea d nada
¿cómo lo sabes?
xke lo se. ademas, al final no lo hicimos, t acuerdas?
Las cejas fruncidas de Gina señalaban un intenso esfuerzo mental.
¿qué quieres decir?
Gina casi podía ver la cara de fastidio de Aleix, esa que ponía cuando se veía forzado a explicar cosas que a él le parecían obvias. Una expresión que a veces, pocas, la irritaba, y que normalmente solía tranquilizarla. Era más listo. Eso nadie lo ponía en duda. Tener por amigo al niño prodigio del colegio implicaba soportar ciertas miradas compasivas.
pensbamos hacer algo pero no lo hicimos, no es lo mismo, no? da igual lo ke planeabamos, al final nos rajamos
marc no se rajó.
El cursor parpadeaba a la espera de que ella siguiera escribiendo.
gi, NO HICIMOS NADA
Las mayúsculas sonaron como una acusación,
ya, tú lo impediste…
y tenía razón, o no? lo habíamos hablado tu y yo y estábamos d acuerdo, había ke pararlo.
Gina asintió como si él pudiera verla. Pero en el fondo sabía que ella no tenía una opinión definida al respecto. Darse cuenta de ello, así, tan crudamente, la llenó de un profundo desprecio hacia sí misma. Aleix la había convencido aquella tarde, pero en su fuero interno sabía que le había fallado a Marc en algo que para él había sido muy importante.
x cierto, tienes el USB, no?
sí.
ok. oye, kieres ke vaya a tu casa esta tarde? para lo de la poli
Gina sí quería, pero un pinchazo de orgullo le impidió admitirlo.
no, no hace falta… te llamo luego.
fijo ke tb vendrán a casa…
Ella cambió de tema.
por cierto, mi madre se ha echado el perfume de salir;-)
jaja… y mi padre no viene a comer!!!!
Gina sonrió. La supuesta aventura entre su madre y el padre de Aleix era algo que habían inventado una tarde de aburrimiento, mientras Marc estaba en Dublín. No se habían molestado en confirmarlo nunca, pero con el tiempo, a fuerza de repetirla, la hipótesis se había convertido al menos para ella en una certeza absoluta. Les divertía pensar que su madre y Miquel Rovira, el serio y ultracatólico doctor Rovira, estaban ahora follando furtivamente en la habitación de un hotel.
voy a comer algo, gi!! hablamos luego, ok? bss
Él no esperó a que ella contestara. Su icono perdió el color de repente y la dejó sola frente a la pantalla. Gina miró a su alrededor: la cama sin hacer, la ropa dejada caer sobre una de las sillas, los estantes aún llenos de peluches. «Es la habitación de una niño», se dijo con desdén. Se mordió el labio inferior hasta hacerse sangre y se pasó el dorso de la mano por la herida. Entonces se levantó, sacó una enorme caja de cartón vacía del armario que hasta hace poco había contenido sus libros del colegio -todos, guardados con falso cariño durante años- y la plantó en el centro del cuarto. Luego fue cogiendo uno por uno los peluches y echándolos boca abajo dentro de la caja, casi sin mirarlos. No tardó mucho. Apenas quince minutos después la caja reposaba cerrada en un rincón y las paredes se veían extrañamente vacías. Desnudas. Tristes. Desangeladas, diría su padre.
Capítulo 8
A medida que el coche ascendía hacia la zona norte de la ciudad, las calles parecían vaciarse. Del tráfico denso y ruidoso de los alrededores de plaza Espanya, plagado de motos que aprovechaban el menor resquicio para colarse entre los coches y los taxis, que avanzaban lentos como zombis a la espera de una posible víctima, habían pasado en apenas quince minutos a la amplitud de horizontes de la avenida Sarria: cruzaban la ciudad en dirección a la ronda de Dalt. En un día como ése, de sol cegador y temperaturas sofocantes, el cielo daba la impresión de haberse teñido de blanco y la montaña, apenas visible al fondo de la larga avenida, insinuaba la promesa de un oasis fresco que contrastaba con el asfalto abrasador de las tres de la tarde.
Sentado en el lado del copiloto, Héctor contemplaba la ciudad sin verla. Por su expresión, la mirada triste y el ceño levemente fruncido, se diría que su pensamiento andaba muy lejos de esas calles, vagando por algún lugar más sombrío pero en absoluto agradable. No había pronunciado una sola palabra desde que subieron al coche y Leire tomó el volante. El silencio podría haber sido incómodo si ella no hubiera estado también perdida en su mundo. En realidad, incluso agradeció esos minutos de paz: la comisaría había sido un hervidero esa mañana, y no estaba muy orgullosa de su actuación delante del comisario. Pero la visión del Predictor confirmando sus temores con un intenso color púrpura volvía a su mente en los momentos más insospechados.