El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
Escauro se olió algo muy gordo. ¡Qué olfato tiene! ¡Y qué inteligencia! Él sospechó en seguida el montaje, cosa que el procurador no había hecho. Yo le admiro a pesar de su acendrado conservadurismo. Olfateando como un perro de caza, descubrió que las personas desconocidas eran nada menos que tu estimado colega consular del año pasado, Cayo Flavio Fimbria, y el gobernador de Macedonia del año en curso, Cayo Memio. Habían montado una falsa pista el año pasado para nuestro perro de caza Escauro, que, efectivamente, le condujo al cuestor de Ostia, es decir, nuestro turbulento tribuno de la plebe Lucio Apuleyo Saturnino.
Una vez reunidas las pruebas, Escauro se alzó a pedir excusas a Saturnino dos veces, una en el Senado y otra en el Foro. Estaba mortificado, pero sin perder la dignitas, por supuesto. Todos aprecian al que se disculpa bien y con sinceridad, y tengo que decir que Saturnino nunca atacó a Escauro cuando regresó a la cámara en su condición de tribuno de la plebe. También Saturnino se alzó, en la cámara y en el Foro, y le dijo a Escauro que él no le guardaba rencor porque había comprendido lo astutos que habían sido los falsos culpables, y que le estaba profundamente agradecido por recobrar su perdida reputación. Así, tampoco Saturnino perdió la dignitas. Y a todos complace quien recibe modesta y airosamente una buena disculpa.
Escauro, además, ofreció a Saturnino el cometido de procesar a Fimbria y a Memio ante el nuevo tribunal por delitos de traición y, naturalmente, Saturnino aceptó. Así que ahora todos esperamos ver muchas chispas y poco humo cuando Fimbria y Memio comparezcan en juicio. Imagino que serán declarados culpables ante un tribunal formado por caballeros, pues muchos caballeros del ramo del trigo han perdido dinero, y a ellos dos se les culpa del desastre de Sicilia. El corolario de la historia es que a veces los malos reciben su justo castigo.
La otra historia de Saturnino es mucho más divertida y mucho más intrigante. Aún no he logrado imaginarme qué es lo que se trae entre manos nuestro reivindicado tribuno de la plebe.
Hará unas dos semanas llegó un individuo al Foro y subió a la tribuna de los Espolones, que estaba vacía en ese momento porque no había asamblea y los oradores aficionados se habían tomado el día libre, y anunció a voz en grito, para que le oyera todo el Foro, que se llamaba Lucio Equitio, que era un liberto de un ciudadano romano de Picenum y -agárrate, Cayo Mario, ya verás- que era hijo natural de nada menos que Tiberio Sempronio Graco!
Se sabía la historia al dedillo, y los hechos coinciden, de momento. Hela aquí, en pocas palabras: su madre era una liberta de condición decente pero modesta, que se enamoró de Tiberio Graco, quien también se enamoró de ella. Pero, claro, el linaje de la joven no permitía el casamiento y tuvo que convertirse en su querida, viviendo en una pequeña y confortable casa de una hacienda de Tiberio Graco. Luego nació Lucio Equitio; su madre se llamaba Equitia.
A continuación asesinaron a Tiberio Graco y Equitia murió poco después, quedando su hijito al cuidado de Cornelia, la madre de los Gracos. Pero a Cornelia, madre de los Gracos, no le hacía gracia ser la tutora de un nieto bastardo y lo encomendó al cuidado de una pareja de esclavos de sus propiedades de Misenum. Y luego lo vendió como esclavo a una gente de Firmum Picenum.
Él dice que no sabía quién era; pero si ha hecho las cosas que dice, no podía ser ningún niño cuando murió su padre Tiberio Graco, en cuyo caso miente. En fin, después de ser vendido como esclavo en Firmun Picenum, trabajó tan bien y se hizo tanto querer por sus amos, que al morir el paterfamilias, no sólo le manumitieron, sino que heredó la fortuna de la familia, que por lo visto no tenía parientes. Como había tenido una excelente educación, con la herencia instaló un negocio, y durante no sé cuántos años se alistó en las legiones e hizo una fortuna. Por lo que dice, habría que calcularle unos cincuenta años, cuando aparenta unos treinta.
Luego conoció a uno que, con grandes aspavientos, elogió su gran parecido con Tiberio Graco. Él siempre había sabido que era itálico y no extranjero y se había hecho grandes cábalas sobre sus orígenes. En valentonado por el descubrimiento de que se parecía a Tiberio Graco, localizó a la pareja a quien Cornelia, madre de los Gracos, le había confiado durante un tiempo y se enteró por ellos de la historia de su nacimiento. ¿No es fantástico? Yo todavía no sé si se trata de una tragedia griega o de una farsa romana.
Bueno, naturalmente, nuestros crédulos y sentimentales habituales del Foro se excitaron enormemente, y al cabo de dos días Lucio Equitio era festejado por doquier como hijo de Tiberio Graco. Lástima que todos los hijos legítimos hayan muerto, ¿no? Por cierto, Lucio Equitio se parece extraordinariamente a Tiberio Graco. Habla igual que él, anda igual que él, gesticula igual y hasta alza la nariz lo mismo que él. Yo creo que lo que más me hace desconfiar es esa similitud tan perfecta. Más que un hijo parece un mellizo. Los hijos no se parecen a los padres de esa manera; lo he comprobado muchas veces, y hay muchas mujeres que han traído al mundo un hijo que les queda profundamente agradecido por ello y que dedican mucho tiempo del período posparto a asegurar al abuelo del retoño que éste es parecidísimo al tío-abuelo Lucio Tiddlypus. Bien, basta.
A continuación, los carcas del Senado nos enteramos de que Saturnino apoya a este Lucio Equitio, sube a la tribuna con él y le anima a que logre adeptos. No había transcurrido una semana cuando el nombre de Equitio iba en boca de todos los que en Roma tienen una renta inferior a la de tribuno del Tesoro y superior a la del censo por cabezas; comerciantes, tenderos, artesanos, pequeños granjeros, la flor y nata de la tercera, cuarta y quinta clases. Ya sabes el tipo de gente a que me refiero. De ésa que besaba el suelo que pisaban los Gracos, todos esos hombres modestos y trabajadores que no suelen votar, pero que votan en sus tribus lo suficiente para sentirse bien distintos a los libertos y a los del censo por cabezas. Una clase demasiado orgullosa para aceptar caridad, pero no lo bastante rica para sobrevivir a los astronómicos precios del trigo.
Los padres conscriptos del Senado, en particular los que visten togas bordadas en púrpura, comenzaron a inquietarse un poco por toda esa adulación popular y también a preocuparse algo por la intervención de Saturnino, que es realmente lo misterioso. Pero ¿qué puede hacerse? Finalmente, nada menos que nuestro nuevo pontífice máximo, Ahenobarbo -le han dado el muy acertado apodo de pipinna-, propuso traer al Foro a la hermana de los hermanos Graco y viuda de Escipión Emiliano, como si fuéramos a olvidar las pendencias que hubo en aquel matrimonio, a que subiera a la tribuna para enfrentarse al supuesto impostor.
Así se hizo hace tres días. Saturnino se situó en un extremo riéndose como un tonto -lo que sucede es que no es ningún tonto y no sé qué se traerá entre manos- y Lucio Equitio mirando de hito en hito a aquella vieja apergaminada. Ahenobarbo Pipinna adoptó una postura exageradamente pontifical; cogió a Sempronia por los hombros pero a ella no le gustó nada y se lo sacudió de encima como si fuese una araña peluda y preguntó con voz atronadora: "Hija de Tiberio Sempronio Graco el Viejo y Cornelia Africana, ¿reconocéis a este hombre?"
Por supuesto, ella espetó que no le había visto en su vida y que su queridisimo y amado hermano Tiberio jamás de los jamases habría abierto el tapón de su botella de vino fuera de los sagrados lazos del matrimonio, y que todo aquello era un absurdo. Luego comenzó a apalear a Equitio con su bastón de ébano y marfIl; escena que resultó la pantomima más indignante que puedas imaginar; ojalá hubiese estado presente Cornelio Sila, porque se habría divertido de lo lindo.