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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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Arya hizo un ruido un tanto grosero. Pia siempre estaba viendo algo en la despensa. Generalmente hombres.

—¿Me das un pastel? —pidió—. Has horneado una bandeja entera.

—Necesito una bandeja entera. A Ser Amory le gustan mucho.

—Vamos a escupir en ellos. —Arya odiaba a Ser Amory.

Pastel Caliente lanzó una mirada temerosa a su alrededor. Las cocinas estaban llenas de sombras y ecos, pero los demás cocineros y pinches dormían en los inmensos altillos que había sobre los hornos.

—Se va a dar cuenta.

—Qué va —replicó Arya—. Los escupitajos no saben a nada.

—Si se da cuenta me hará azotar. —Pastel Caliente dejó de amasar—. Además, no tendrías que estar aquí. Es muy tarde.

Era cierto, pero a Arya no le importaba. Las cocinas nunca estaban desiertas ni en lo más oscuro de la noche, siempre había alguien amasando pan para que estuviera listo por la mañana, o removiendo el contenido de una cazuela con un cucharón de madera, o partiendo un cerdo para que Ser Amory tuviera tocino para desayunar. Aquella noche le había tocado a Pastel Caliente.

—Si Ojorrojo se despierta y ve que te has ido… —titubeó el chico.

—Una vez se ha desmayado, Ojorrojo no se despierta nunca.

En realidad se llamaba Mebble, pero todo el mundo lo llamaba Ojorrojo, porque los ojos le lloraban sin parar. Todas las mañanas desayunaba cerveza, y todas las noches caía dormido, ebrio, después de cenar, mientras un reguerillo de saliva color vino le corría por la barbilla. Arya esperaba hasta que lo oía roncar, y se deslizaba descalza por las escaleras de los sirvientes, tan silenciosa como el ratón que había sido. No llevaba vela ni ningún tipo de luz. En cierta ocasión, Syrio le había dicho que la oscuridad podía ser su amiga, y tenía razón. Si había luna y estrellas, a Arya le bastaba.

—Seguro que me podría escapar, y Ojorrojo no se daría ni cuenta —comentó a Pastel Caliente.

—Yo no me quiero escapar. Aquí se está mejor que en el bosque. No quiero comer gusanos. Oye, espolvorea un poco de harina en la mesa.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Arya, inclinando la cabeza hacia un lado.

—¿El qué? No he…

—Escucha con los oídos, no con la boca. Ha sido un cuerno de guerra. Dos llamadas, ¿no lo has oído? Y eso que suena ahora son las cadenas del rastrillo: alguien viene, o alguien va a salir. ¿Quieres que vayamos a ver?

Las puertas de Harrenhal habían permanecido cerradas desde la mañana en que Lord Tywin se puso en marcha con su ejército.

—Estoy preparando el pan para el desayuno —protestó Pastel Caliente—. Además, no me gusta la oscuridad, ya te lo he dicho.

—Pues yo sí voy. Luego te contaré. ¿Me das un pastel?

—No.

Sin hacerle caso, cogió un pastel y se lo fue comiendo por el camino. Era hojaldrado, relleno de nueces picadas, fruta y queso, y todavía estaba caliente. El hecho de comerse el pastel de Ser Amory hacía que Arya se sintiera valiente.

«Pies descalzos, pies seguros, pies ligeros —canturreó entre dientes—. Yo soy el fantasma de Harrenhal.»

El sonido del cuerno había despertado al castillo; los hombres salían al patio para ver a qué se debía el ruido. Arya se fundió con el gentío. Una fila de carromatos tirados por bueyes entraba en aquel momento por debajo del rastrillo. Enseguida comprendió que era el botín fruto del pillaje. Los jinetes que daban escolta a los carromatos hablaban en un batiburrillo de idiomas extraños. Sus armaduras brillaban a la clara luz de la luna, y Arya vio un par de aquellos caballos a rayas blancas y negras. Los Titiriteros Sangrientos. Se retiró un paso más hacia las sombras, y vio pasar un carromato con un inmenso oso negro en una jaula. También había carromatos cargados de armaduras plateadas, armas y escudos, sacos de harina, piaras de cerdos que chillaban, gallinas y perros flacos. Arya estaba tratando de recordar cuándo había comido por última vez una tajada de cerdo asado cuando se fijó en el primero de los prisioneros de la fila.

Por su porte y por la manera orgullosa de alzar la cabeza debía de ser un señor. Vio la armadura que brillaba bajo el jubón rojo desgarrado. Al principio Arya pensó que sería un Lannister, pero cuando pasó cerca de una antorcha vio que el blasón era un puño plateado, no un león. Tenía las muñecas atadas, y una cuerda en el tobillo lo unía al hombre que lo seguía, y a éste con el siguiente, de manera que la columna avanzaba en torpe formación. Muchos de los cautivos estaban heridos. Si alguno se detenía, uno de los jinetes trotaba hasta él y le daba un latigazo para que volviera a ponerse en marcha. Trató de calcular cuántos prisioneros había, pero al pasar de cincuenta perdió la cuenta. Eran al menos el doble. Tenían las ropas manchadas de lodo y sangre, y a la luz de las antorchas costaba reconocer los blasones, pero Arya consiguió identificar algunos de los que vio. Torreones gemelos. Sol con rayos. Hombre ensangrentado. Hacha de combate.

«El hacha de combate es de los Cerwyn, y el sol blanco sobre fondo negro es de los Karstark. Son norteños. Son los hombres de mi padre, bueno, los de Robb.» No quería ni pensar en qué podía significar aquello.

Los Titiriteros Sangrientos empezaron a descabalgar. Los mozos de cuadras, somnolientos, salieron de sus jergones para cuidar de los caballos, que tenían espuma en la boca. Uno de los jinetes pedía cerveza a gritos. El ruido hizo que Ser Amory Lorch saliera a la galería cubierta que daba al patio, flanqueado por dos hombres que portaban antorchas. Vargo Hoat, el del yelmo en forma de cabeza de cabra, tiró de las riendas de su caballo para detenerlo bajo él.

—Mi zeñor caztellano —dijo el mercenario. Tenía la voz pastosa y ceceante, como si tuviera la lengua demasiado grande para el tamaño de su boca.

—¿Qué pasa aquí, Hoat? —preguntó Ser Amory con el ceño fruncido.

—Cautivoz. Rooze Bolton intentó cruzar el río, pero miz Compañeroz Audacez lez deztrozaron la vanguardia. Mataron a muchoz, y puzieron en fuga a Bolton. Ézte ez zu zeñor comandante, Glover, y el que lo zigue ez Aenyz Frey.

Ser Amory Lorch contempló a los prisioneros con sus ojillos porcinos. A Arya le dio la sensación de que no estaba nada contento. En el castillo todo el mundo sabía que Vargo Hoat y él se detestaban.

—Muy bien —dijo—. Ser Cadwyn, llevad a estos hombres a las mazmorras.

El señor del puño en el jubón alzó la mirada.

—Se nos prometió un trato honorable… —empezó.

—¡Zilencio! —le gritó Vargo Hoat, cubriéndolo de salivilla.

—Me importa un bledo lo que os prometiera Hoat —dijo Ser Amory dirigiéndose a los prisioneros—. Lord Tywin me nombró a mí castellano de Harrenhal, y haré con vosotros lo que mejor me parezca. —Hizo un gesto en dirección a sus guardias—. Llevadlos a la celda grande que hay bajo la Torre de la Viuda, allí caben todos. Y el que no quiera ir, que lo diga; no me cuesta nada mandarlo matar aquí mismo.

Mientras sus hombres se llevaban a los cautivos a punta de lanza, Arya vio a Ojorrojo, que en aquel momento subía por la escalera y parpadeaba a la luz de las antorchas. Si se daba cuenta de su ausencia gritaría y la amenazaría con arrancarle el pellejo a latigazos, pero no le tenía miedo. No era Weese. Siempre estaba amenazando con arrancarle el pellejo a todo el mundo, pero Arya nunca le había visto dar ni un golpe. De todos modos era mejor que no la viera. Miró a su alrededor. Los mozos estaban quitando los arneses a los bueyes y descargando los carros, mientras los de la Compañía Audaz pedían bebida a gritos y los curiosos se arremolinaban en torno a la jaula del oso. En medio de tanto jaleo no le costó ningún esfuerzo marcharse sin que se fijaran en ella. Regresó por donde había llegado, con la esperanza de que nadie la viera y la pusiera a trabajar.

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