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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—Decís que los términos de paz son de Tyrion… pero Cersei es la reina regente.

—Tyrion hablaba en nombre de los dos. La reina no estaba presente. Aquel día se encontraba indispuesta, según me dijeron.

—Es curioso. —Catelyn recordó el espantoso viaje por las Montañas de la Luna, y cómo Tyrion Lannister había conseguido seducir a aquel mercenario para que dejara de estar a su servicio y fuera leal a él. «El enano es demasiado astuto. —No sabía cómo había sobrevivido al viaje por el camino alto después de que Lysa lo echara del Valle, pero nada la sorprendía—. Al menos no tuvo nada que ver con la muerte de Ned. Y cuando los hombres de los clanes nos atacaron, corrió en mi defensa. Si pudiera confiar en su palabra…»

Abrió las manos para mirarse las cicatrices de los dedos. «Son las marcas de su daga —se recordó—. Su daga, en la mano del asesino al que había pagado para que matara a Bran.» Aunque el enano lo había negado todo, claro. Y lo siguió negando incluso cuando Lysa lo encerró en una de las celdas del cielo y lo amenazó con la Puerta de la Luna.

—Mintió —dijo al tiempo que se levantaba bruscamente—. Los Lannister son unos mentirosos, del primero al último, y el enano es el peor de todos. El asesino iba armado con su cuchillo.

—No sé nada de ningún… —Ser Cleos la miraba fijamente.

—No sabéis nada —reconoció. Y salió de la celda. Brienne la siguió en silencio. «Para ella es mucho más fácil», pensó Catelyn con un aguijonazo de envidia. En ese sentido era igual que un hombre. Para los hombres la respuesta siempre era la misma, y por lo general implicaba una espada. Para las mujeres, para las madres, el camino era más duro y difícil de discernir.

Cenó tarde en la sala principal junto con toda su guarnición, para transmitirles todo el valor que pudiera. Rymund de las Rimas cantó durante todo el banquete, así que Catelyn no tuvo que hablar. Terminó el recital con la canción que había compuesto en honor a la victoria de Robb en Cruce de Bueyes. «Y las estrellas de la noche fueron los ojos de sus lobos, y el viento mismo fue su canción.» Entre verso y verso Rymund echaba la cabeza hacia atrás y aullaba, y al final la mitad de los presentes aullaban también, incluso Desmond Grell, que había bebido demasiado. Las voces despertaban ecos en las vigas.

«Que canten, si eso les da valor», pensó Catelyn, que no hacía más que juguetear con su copa de plata.

—En el Castillo del Crepúsculo, cuando yo era niña, siempre había un bardo —dijo Brienne en voz baja—. Yo me aprendía todas las canciones de memoria.

—Igual que Sansa, aunque la verdad es que a Invernalia llegaban pocos bardos, porque estaba muy al norte. —«Y yo le dije que en la corte habría bardos. Le dije que oiría todo tipo de música, que su padre le buscaría un maestro para que la enseñara a tocar el arpa. Los dioses me perdonen.»

—Hubo una vez una mujer… —siguió Brienne—. Venía de algún lugar al otro lado del mar Angosto. No sé en qué idioma cantaba, pero tenía una voz tan hermosa como su rostro. Sus ojos eran del color de ciruelas, y su cintura tan fina que mi padre se la podía rodear con las manos. Tenía unas manos casi tan grandes como las mías, claro. —Apretó los dedos largos y gruesos, como si quisiera esconderlos.

—¿Cantabais para vuestro padre? —preguntó Catelyn.

Brienne hizo un gesto de negación con la cabeza, sin apartar la vista del pan relleno de guiso, como si esperase encontrar alguna respuesta en la salsa.

—¿Y para Lord Renly?

La muchacha se puso roja.

—No, jamás… su bufón… me gastaba bromas muy crueles de vez en cuando, y no…

—Algún día tenéis que cantar para mí.

—No… por favor, mi señora, no tengo talento. —Brienne se levantó—. Perdonadme. Pido permiso para retirarme.

Catelyn asintió. La muchacha desgarbada salió del salón a largas zancadas, sin que nadie se fijara en ella en medio del jolgorio general. «Que los dioses la acompañen», pensó al tiempo que, desganada, volvía a centrarse en la cena.

Pasaron tres días antes de que llegara el golpe que había predicho Brienne, y cinco antes de que se enterasen. Catelyn estaba sentada al lado de su padre cuando llegó el mensajero de Edmure. Tenía la armadura abollada, las botas llenas de polvo y un desgarrón en la casaca, pero la expresión de su rostro cuando se arrodilló ante ella bastó para que supiera que traía buenas noticias.

—Victoria, mi señora.

Le tendió la carta de Edmure. Las manos de Catelyn temblaban al romper el sello.

Según decía su hermano, Lord Tywin había tratado de cruzar por la fuerza una docena de vados diferentes, pero en todas las ocasiones lo obligaron a retroceder. Lord Lefford se había ahogado; el caballero Crakehall, llamado Jabalí, estaba prisionero; Ser Addam Marbrand había tenido que retirarse tres veces… pero la batalla más encarnizada tuvo lugar en Molino de Piedra, donde Ser Gregor Clegane había encabezado el ataque. Perdió tantos hombres y tantos caballos que los cadáveres estuvieron a punto de represar el curso del río. Al final, la Montaña consiguió llegar a la orilla oeste con un puñado de sus mejores hombres, pero en aquel momento Edmure lanzó a sus reservas contra ellos, con lo que los obligaron a retroceder en desbandada, derrotados y malheridos. El propio Ser Gregor había perdido su caballo, y tuvo que volver a cruzar el Forca Roja sangrando por una docena de heridas, mientras caía sobre él una lluvia de flechas y piedras.

«No cruzarán, Cat —había garabateado Edmure—. Lord Tywin avanza hacia el sudoeste. Puede que sea una estratagema, o una retirada en toda regla, pero no importa. No cruzarán, te lo juro.»

Ser Desmond Grell estaba eufórico.

—Ah, ojalá hubiera estado con él —dijo el anciano caballero cuando Catelyn le leyó la carta—. ¿Dónde estará ese imbécil de Rymund? De aquí hay que sacar una canción, por los dioses que sí, y hasta Edmure la querrá oír. «El molino que molió la montaña.» Casi podría escribirla yo, si tuviera el talento de un bardo.

—No quiero saber nada de canciones hasta que no acaben las batallas —replicó Catelyn, quizá con excesiva brusquedad.

Pero permitió que Ser Desmond hiciera correr la voz, y asintió cuando le propuso abrir unos cuantos barriles de vino en honor a Molino de Piedra. En Aguasdulces los ánimos estaban bajos y la tensión se palpaba, a todos les sentaría bien un poco de vino y de esperanza. Aquella noche los sonidos de la celebración resonaron en todo el castillo.

—¡Aguasdulces! —gritaban los campesinos—. ¡Tully! ¡Tully!

Habían llegado allí asustados e indefensos, y su hermano los dejó entrar cuando la mayoría de los señores les habrían cerrado las puertas. Sus aclamaciones se filtraban por las ventanas, y se colaban por debajo de las pesadas puertas de secuoya. Rymund tocaba la lira acompañado por un par de tamborileros y un joven con un caramillo. Catelyn oía risas infantiles y la charla emocionada de los muchachitos novatos que su hermano había dejado como guarnición. Eran sonidos agradables… pero no la conmovían. No conseguía compartir su felicidad.

En las estancias de su padre encontró un gran libro de mapas encuadernado en piel, y lo abrió para estudiar las tierras de los ríos. Localizó el Forca Roja, y siguió su curso a la titilante luz de la vela. «Avanza hacia el sudeste», pensó. Seguramente a aquellas alturas ya habría llegado a la cabecera del río Aguasnegras.

Cerró el libro, todavía más inquieta que antes. Los dioses les habían concedido una victoria tras otra. En Molino de Piedra, en Cruce de Bueyes, en la Batalla de los Campamentos, en el Bosque Susurrante…

«Pero, si estamos ganando, ¿cómo es que tengo tanto miedo?»

BRAN

El sonido fue apenas un leve tintineo y el raspar del acero contra la piedra. Alzó la cabeza que tenía apoyada sobre las patas delanteras, levantó las orejas y olfateó el aire de la noche.

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