Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
«A lo mejor Dagmer ha ganado.» La Ciudadela de Torrhen estaba a muchos días de viaje de Invernalia, aun así…
Bran se bajó de la cama y se desplazó con la ayuda de las barras hasta llegar a la ventana. Palpó a ciegas hasta que consiguió abrir los postigos. El patio estaba desierto, y todas las ventanas que divisaba se encontraban a oscuras. Invernalia dormía.
—¡Hodor! —gritó con todas sus fuerzas. Seguramente Hodor estaría durmiendo sobre los establos, pero si chillaba muy alto a lo mejor lo oía, o lo oía alguien, quien fuera—. ¡Hodor, ven, corre! ¡Osha! ¡Meera, Jojen, venid! —Bran se puso las manos en torno a la boca para hacer bocina—. ¡Hoooodooor!
Pero cuando la puerta se abrió de golpe a su espalda, el hombre que entró era un completo desconocido para Bran. Vestía un jubón de cuero con discos de hierro superpuestos, y llevaba una daga en una mano y un hacha a la espalda.
—¿Qué quieres? —preguntó Bran, asustado—. Ésta es mi habitación. Sal de aquí.
Theon Greyjoy fue el siguiente en entrar.
—No venimos a hacerte daño, Bran.
—¿Theon? —Bran sintió que se mareaba de puro alivio—. ¿Te ha mandado Robb? ¿Ha venido él también?
—Robb está muy lejos. Ahora no puede ayudarte.
—¿Ayudarme? —Estaba muy confuso—. No me asustes, Theon.
—Ahora soy el príncipe Theon. Los dos somos príncipes, Bran. ¿Quién lo habría dicho? Pero yo me he apoderado de tu castillo, mi príncipe.
—¿De Invernalia? —Bran sacudió la cabeza—. ¡No puedes quedarte con Invernalia!
—Sal de aquí, Werlag. —El hombre de la daga se retiró. Theon se sentó en la cama—. Hice que cuatro hombres saltaran los muros con garfios y cuerdas, y que nos abrieran una poterna a los demás. En estos momentos mis hombres se están ocupando de los tuyos. Invernalia está en mis manos, te lo garantizo.
—¡Pero si eres el pupilo de mi padre! —Bran no lo comprendía.
—Pues ahora tu hermano y tú sois mis pupilos. En cuanto termine la batalla, mis hombres reunirán a los que queden de los tuyos en la sala principal. Tú y yo les dirigiremos la palabra. Les dirás que te rindes y que me entregas Invernalia, y les ordenarás que sirvan y obedezcan a su nuevo señor tal como hacían con el anterior.
—Ni hablar —replicó Bran—. Lucharemos y te echaremos de aquí. No me he rendido, y no voy a decir que me rindo.
—Esto no es ningún juego, Bran, deja de hacer chiquilladas, no te las voy a consentir. El castillo está en mi poder, pero sus ocupantes siguen obedeciéndote a ti. Si el príncipe no quiere que mueran, lo mejor será que haga lo que le digo. —Se levantó y se dirigió hacia la puerta—. Vendrá alguien a vestirte y a llevarte a la sala principal. Piensa bien qué vas a decir.
La espera hizo que Bran se sintiera más impotente que nunca. Se quedó sentado junto a la ventana, contemplando las torres oscuras y los muros negros como las sombras. En cierta ocasión le pareció oír gritos más allá de la sala de la guardia, y algo que tal vez fuera el chocar de espadas, pero no tenía el oído de Verano, ni tampoco su olfato. «Cuando despierto sigo estando roto, pero cuando duermo, cuando soy Verano, puedo correr, pelear, oír, oler…»
Pensaba que quien iría a buscarlo sería Hodor, o tal vez alguna criada, pero cuando se abrió la puerta el que entró fue el maestre Luwin, con una vela en la mano.
—Bran —dijo—. ¿Sabes… qué ha pasado? ¿Te lo han dicho?
Tenía una herida encima del ojo izquierdo, y le corría la sangre por ese lado de la cara.
—Ha venido Theon. Ha dicho que ahora Invernalia es suya.
El maestre dejó la vela y se limpió la sangre de la mejilla.
—Cruzaron el foso a nado. Escalaron los muros con garfios y cuerdas. Llegaron empapados, chorreando, con el acero en la mano. —Se sentó en la silla situada junto a la puerta. Le seguía saliendo sangre del corte sobre la ceja—. Barrigón estaba de guardia, lo sorprendieron en el portón y lo mataron. Pelopaja también está herido. Me dio tiempo a enviar dos cuervos antes de que irrumpieran. El pájaro que iba a Puerto Blanco consiguió escapar, pero al otro lo atravesaron con una flecha. —El maestre no apartaba la vista de las alfombras—. Ser Rodrik se llevó a demasiados de nuestros hombres, pero yo tengo tanta culpa como él. No imaginaba que corriéramos peligro, no supe ver…
«Jojen sí lo vio», pensó Bran.
—Me tenéis que ayudar a vestirme.
—Sí, sí. —Al pie de la cama de Bran había un arcón muy pesado con refuerzos de hierro, del que el maestre sacó ropa interior, unos calzones y una túnica—. Eres el Stark de Invernalia, y el heredero de Robb. Debes vestir como un príncipe. —Empezó a ataviarlo como correspondía a un señor.
—Theon quiere que rinda el castillo —dijo Bran mientras el maestre le sujetaba la capa con su broche favorito, de plata y azabache, en forma de cabeza de lobo.
—No es ninguna deshonra. Un buen señor debe proteger a los suyos. De los lugares crueles nacen personas crueles, Bran, no lo olvides cuando trates con esos hombres del hierro. Tu señor padre hizo lo que pudo para suavizar a Theon, pero llegó tarde, y no fue suficiente.
El hombre del hierro que fue a buscarlos era achaparrado y grueso, con una barba negra como el carbón que le llegaba casi hasta la barriga. Cargó al niño con facilidad, aunque no parecía nada satisfecho con la tarea que le habían encomendado.
El dormitorio de Rickon estaba escaleras abajo. El pequeño de cuatro años estaba de mal humor porque lo habían despertado.
—Quiero que venga mi madre —dijo—. Que venga ya. Y Peludo también.
—Tu madre está muy lejos, mi príncipe —dijo el maestre Luwin mientras le ponía una túnica—. Pero yo estoy aquí, y Bran también.
Cogió a Rickon de la mano y salió con el. Al llegar abajo se encontraron con Meera y Jojen, a los que un hombre calvo con una lanza que era un metro más alta que él había hecho salir de su habitación. Jojen miró a Bran con unos ojos verdes que eran estanques de lástima. Otro hombre del hierro había despertado a los Frey.
—Tu hermano ha perdido su reino —le dijo Walder el Pequeño a Bran—. Ya no eres príncipe, sólo un rehén.
—Igual que tú —dijo Jojen—. Y yo, y todos nosotros.
—No hablaba contigo, comerranas.
Uno de los hombres del hierro los precedía con una antorcha en la mano, pero había empezado a llover de nuevo, y pronto se le apagó. Mientras cruzaban el patio a toda prisa, les llegaron los aullidos de los lobos huargos en el bosque de dioses.
«Espero que Verano no se hiciera daño al caerse del árbol.»
Theon Greyjoy estaba sentado en el trono de los Stark. Se había quitado la capa. Sobre la cota de malla llevaba un chaleco negro adornado con el kraken dorado que era el blasón de su casa. Tenía las manos apoyadas sobre las cabezas de lobos talladas al final de los anchos brazos de piedra del trono.
—Theon se ha sentado en la silla de Robb —dijo Rickon.
—Calla, Rickon.
Bran percibía el peligro que los rodeaba, pero su hermano era demasiado pequeño. Habían encendido unas cuantas antorchas, pero la mayor parte de la sala estaba a oscuras. No tenían dónde sentarse, porque los bancos estaban amontonados contra las paredes, de manera que los habitantes del castillo se encontraban de pie, en pequeños grupos, sin atreverse a hablar. Vio a la Vieja Tata, que no paraba de abrir y cerrar la boca desdentada. Dos de los guardias sostenían a Pelopaja, con el pecho envuelto en una venda ensangrentada. Tym Carapicada sollozaba inconsolable, y Beth Cassel lloraba de miedo.
—¿Quiénes son éstos? —preguntó Theon al ver a los Reed y a los Frey.
—Éstos son los pupilos de Lady Catelyn, ambos se llaman igual, Walder Frey —le respondió el maestre Luwin—. Y éstos son Jojen Reed y su hermana Meera, hijos de Howland Reed, de la Atalaya de Aguasgrises, que vinieron a renovar sus juramentos de lealtad a Invernalia.