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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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Allí, debajo de la madera podrida y las ramas retorcidas y astilladas, había escondido su espada.

Gendry, el muy cabezota, se había negado a hacerle una, así que se la había fabricado ella con una escoba rota. La hoja era demasiado ligera y el puño un desastre, pero la punta astillada era muy aguda, y le gustaba. Siempre que tenía una hora libre se escabullía para practicar los ejercicios que Syrio le había enseñado, se movía descalza sobre las hojas caídas, lanzaba tajos contra las ramas y hacía caer más hojas. A veces llegaba incluso a subirse a los árboles y danzaba por las ramas más altas, agarrándose con los dedos de los pies, titubeando menos día tras día a medida que recuperaba el equilibrio. El mejor momento era por las noches, cuando nadie la molestaba. Arya se colgaba el palo de escoba roto del cinturón para trepar. Una vez llegaba al reino de las hojas, lo desenvainaba y, durante un rato, se olvidaba de todo el mundo, tanto de Ser Amory y de los Titiriteros Sangrientos como de los hombres de su padre. Se perdía en la sensación de la corteza áspera en las plantas de los pies y el silbido de su espada al cortar el aire. Una rama rota se transformó en Joffrey; la atacó y golpeó hasta que la hizo caer. La reina, Ser Ilyn, Ser Meryn y el Perro no eran más que hojas, pero a ellos también los mató, los acuchilló hasta reducirlos a jirones verdes. Cuando se le cansó el brazo, se sentó y apoyó las piernas en una rama alta para recuperar el aliento en el aire fresco de la noche, al tiempo que escuchaba los chillidos de los murciélagos que salían de caza. A través del dosel de follaje divisaba las ramas color blanco hueso del árbol corazón.

«Desde aquí parece igual que el que hay en Invernalia.» Deseaba que lo fuera. Entonces, cuando bajara, estaría en casa, y tal vez encontrara a su padre sentado bajo el arciano, como tantas otras veces.

Se colgó la espada del cinturón y fue deslizándose de rama en rama hasta llegar al suelo. La luz de la luna teñía de plata la corteza del arciano mientras se acercaba a él, pero las hojas rojas de cinco puntas seguían negras en medio de la noche. Arya contempló el rostro tallado en el tronco. Era una cara temible, con la boca torcida y los ojos llameantes de odio. ¿Serían de verdad así los dioses? ¿A los dioses se les podría hacer daño, igual que a las personas? «Debería rezar», pensó de repente.

Arya se puso de rodillas. No sabía muy bien por dónde empezar. Entrelazó las manos.

«Ayudadme, antiguos dioses —rezó en silencio—. Ayudadme a sacar a esos hombres de la mazmorra para que podamos matar a Ser Amory, y llevadme a mi casa, a Invernalia. Haced de mí una danzarina del agua, una loba, y que no vuelva a tener miedo nunca más.»

¿Bastaría con aquello? A lo mejor tenía que rezar más rato para que los antiguos dioses la oyeran. Recordó que a veces su padre se pasaba mucho tiempo rezando. Pero los antiguos dioses nunca lo habían ayudado. Al acordarse de aquello se puso furiosa.

—Tendríais que haberlo salvado —le recriminó al árbol—. Os rezó muchas veces. A mí qué me importa si me ayudáis o no. Seguro que aunque quisierais, no podríais.

—Uno no debe burlarse de los dioses, niña.

La voz la sobresaltó. Se puso en pie de un salto y sacó la espada de madera. En la oscuridad, Jaqen H’ghar estaba tan inmóvil que parecía un árbol más.

—Uno viene a oír un nombre. Uno y dos, y luego viene el tres. Y uno habrá terminado.

—¿Cómo has sabido que estaba aquí? —preguntó Arya bajando la punta astillada de la espada.

—Uno ve. Uno oye. Uno sabe.

Lo miró con desconfianza. ¿Acaso se lo enviaban los dioses?

—¿Cómo conseguiste que la perra matara a Weese? ¿Invocaste a Rorge y a Mordedor de algún infierno? ¿De verdad te llamas Jaqen H’ghar?

—Hay quienes tienen muchos nombres. Comadreja. Arry. Arya.

—¿Te lo ha dicho Gendry? —La niña dio un paso atrás, hasta quedar con la espalda contra el árbol corazón.

—Uno sabe —repitió él—. Mi señora de Stark.

Tal vez sí, tal vez los dioses se lo habían enviado como respuesta a sus oraciones.

—Necesito que me ayudes a sacar a esos hombres de las mazmorras. A Glover y a los demás, a todos. Tenemos que matar a los guardias, luego abrir la puerta y…

—La niña olvida una cosa —la interrumpió con voz tranquila—. Ya ha tenido dos, se le debían tres. Si un guardia debe morir, la niña sólo tiene que decir su nombre.

—Pero no bastará con un guardia, tenemos que matarlos a todos. —Arya se mordió el labio para no llorar—. Quiero que salves a los norteños igual que yo te salvé a ti.

—Al dios le fueron arrebatadas tres vidas. —El hombre la miraba sin compasión—. Tres vidas hay que pagarle. Uno no debe burlarse de los dioses. —Tenía una voz de seda y acero.

—Yo no me he burlado. —Meditó un instante—. ¿Puedo decir cualquier nombre, el que sea? ¿Y lo matarás?

—Uno ya te lo ha dicho —contestó Jaqen H’ghar con una inclinación de la cabeza.

—¿Cualquiera, cualquiera? —insistió—. ¿Un hombre, una mujer, un bebé, o Lord Tywin, o el Septon Supremo, o tu padre?

—El padre de uno murió hace mucho, pero si viviera, y si tú dijeras su nombre, moriría porque tú lo has ordenado.

—Júramelo —dijo Arya—. Júramelo por los dioses.

—Lo juro por todos los dioses del mar y del aire, y hasta por el dios del fuego. —Puso una mano en la boca del arciano—. Lo juro por los siete nuevos dioses, y por los innumerables dioses antiguos.

Lo había jurado.

—Aunque dijera el nombre del rey…

—Di el nombre y morirá, mañana, o dentro de una luna, o dentro de un año. Uno no vuela como los pájaros, pero mueve un pie, y luego otro, y un día uno llega, y el rey muere. —Se arrodilló a su lado de manera que los dos rostros quedaron a la misma altura—. La niña puede susurrar, si le da miedo decirlo en voz alta. Susurra el nombre. ¿Es Joffrey?

Arya le acercó los labios a la oreja.

—Es Jaqen H’ghar.

Ni siquiera en el granero incendiado, cuando las paredes ardían y él estaba encadenado, había reflejado su rostro tanto horror como en aquel momento.

—La niña… está de broma.

—Lo has jurado. Lo has jurado ante los dioses.

—Ante los dioses. —De repente tenía un cuchillo en la mano, con una hoja tan pequeña como el meñique de Arya. Pero no sabía si era para matarse o para matarla—. La niña llorará. La niña perderá a su único amigo.

—No eres mi amigo. Si fueras mi amigo me ayudarías. —Se apartó un paso de él y se puso en equilibrio sobre la parte anterior de los pies, por si acaso le lanzaba el cuchillo—. Yo nunca mataría a un amigo.

Jaqen sonrió y se puso serio de nuevo.

—Entonces la niña… ¿diría otro nombre si un amigo la ayudara?

—La niña lo diría —asintió—. Si un amigo la ayudara.

El cuchillo desapareció.

—Vamos.

—¿Ahora mismo? —No se había imaginado que actuara de manera tan rápida.

—Uno oye cómo cae la arena del reloj. Uno no dormirá hasta que la niña desdiga cierto nombre. Ahora, chiquilla malvada.

«No soy una chiquilla malvada —pensó—, soy una loba huargo, soy el fantasma de Harrenhal.» Volvió a guardar el palo de escoba en su escondite y salió con el hombre del bosque de dioses.

Pese a la hora que era, Harrenhal estaba lleno de vida. La llegada de Vargo Hoat había trastocado toda la rutina de la fortaleza. Los carros, los bueyes de tiro y los caballos ya no estaban en el patio, pero la jaula del oso seguía allí. La habían colgado con gruesas cadenas, a unos metros del suelo, del puente arqueado que separaba el patio intermedio del exterior. Un anillo de antorchas bañaba de luz la zona. Unos cuantos mozos de cuadras se dedicaban a tirarle piedras al oso para hacerlo rugir. Al otro lado del patio la luz se derramaba por la puerta de la sala del cuartel, acompañada por el tintineo de los picheles y los gritos de los hombres que pedían más vino. Una docena de voces entonaban una canción en un idioma gutural que Arya no conocía.

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