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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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La lluvia nocturna había despertado un centenar de olores adormecidos, los había madurado y devuelto su fuerza. Hierba y zarzal, moras aplastadas en el suelo, barro, gusanos, hojas podridas, una rata que correteaba entre los arbustos… Le llegó el olor negro y desigual del pelaje de su hermano, y otro más penetrante y cobrizo, el de la sangre de la ardilla que había matado. Por las ramas de los árboles se movían otras ardillas que olían a pelo mojado y a miedo, y arañaban la corteza de los árboles con sus patitas. El sonido había sido muy semejante a aquél.

Lo volvió a oír, un tintineo y un chirrido. Se puso en pie. Irguió las orejas y levantó la cola. Lanzó un aullido, un grito largo, profundo y estremecedor, capaz de despertar a los durmientes, pero los montones de hombre-roca estaban oscuros y muertos. Una noche tranquila y húmeda, una noche que mantenía a los hombres en sus agujeros. La lluvia había cesado, pero los hombres seguían refugiados de la humedad, agrupados junto a los fuegos de sus cuevas de piedras amontonadas.

Su hermano apareció entre los árboles; se movía casi con tanto sigilo como el otro hermano al que recordaba remotamente, el blanco de los ojos de sangre. Los ojos de este hermano eran estanques de sombras, pero el pelaje de su cuello estaba erizado. Él también había oído los sonidos, y sabía que significaban que había un peligro inminente.

Se oyó de nuevo el tintineo y el chirrido, seguidos en esta ocasión por el movimiento suave y rápido de los pies de piel sobre la piedra. El viento le llevó un jirón de olor-hombre que no conocía. «Desconocido. Peligro. Muerte.»

Corrió hacia el sonido, seguido por su hermano. Las guaridas de piedra se alzaban ante ellos, con muros húmedos y resbaladizos. Mostró los dientes, pero el hombre-roca no se fijó. Ante ellos se alzaba imponente una puerta, con una serpiente de hierro negro enroscada en torno a los barrotes. Chocó contra ella, la puerta se estremeció, y la serpiente reptó, tintineó y resistió. A través de los barrotes vio la larga madriguera de piedra que discurría entre las murallas, hasta el patio también de piedra, pero no había manera de pasar. Lo único que podía meter entre los barrotes era el hocico. Su hermano y él habían intentado muchas veces romper a dentelladas los huesos negros de la verja, pero eran duros. También habían tratado de excavar para pasar por debajo, pero había grandes piedras lisas, medio cubiertas de tierra y hojas caídas.

Paseó una y otra vez por delante de la verja, sin dejar de gruñir, y se lanzó contra ella de nuevo. Consiguió moverla un poco, pero no cedió. «Cerrada —le susurró algo—. Con cadena.» La voz que no oía, el olor sin olor. El resto de los caminos también estaban cerrados. Cuando se abrían puertas en los muros de hombre-roca, la madera era gruesa y fuerte. No había salida.

«Sí la hay», le dijo la voz susurrante, y fue como si pudiera ver la sombra de un gran árbol cubierto de agujas, que brotaba inclinado de la tierra negra y se alzaba con la altura de diez hombres. Pero al mirar a su alrededor no lo vio. «Al otro lado del bosque de dioses, el centinela, corre, corre…»

A través de la oscuridad de la noche le llegó un grito ahogado, que se interrumpió de repente.

Deprisa, deprisa, volvió corriendo hacia los árboles, las hojas húmedas crujían bajo sus patas y las ramas lo azotaban al pasar. Oía las pisadas de su hermano, que lo seguía de cerca. Pasaron junto al árbol corazón y rodearon el estanque frío, atravesaron las zarzas, cruzaron entre robles, fresnos y espinos, llegaron al otro lado del bosque… Y allí estaba, era la sombra que había divisado sin llegar a verla, el árbol inclinado que señalaba hacia los tejados. «Centinela», le llegó el pensamiento, como un rumor.

Recordaba cómo había trepado por él. Las agujas que le arañaban la piel del rostro y le caían sobre el cuello, la savia pegajosa en las manos, el olor intenso y penetrante. Era un árbol al que un niño podía trepar sin dificultades porque estaba muy inclinado, con las ramas tan juntas que casi formaban una escalerilla que iba a dar al tejado.

Gruñó, olfateó el pie del árbol, levantó la pata y lo marcó con un chorro de orina. Una rama baja le rozó la cara, y él le lanzó una dentellada, la retorció y tiró de ella hasta que la madera crujió y se rompió. Se encontró con la boca llena de agujas y del sabor amargo de la savia. Sacudió la cabeza y gruñó otra vez.

Su hermano se sentó sobre los cuartos traseros, echó la cabeza hacia atrás y lanzó un aullido ululante, un cántico negro impregnado de dolor. El camino no era camino. Ellos no eran ardillas, ni cachorros de hombre, no podían trepar por los troncos de los árboles ni agarrarse con zarpas blandas rosadas, con pezuñas torpes. Ellos eran corredores, cazadores, merodeadores.

En medio de la noche, más allá de la cerca de piedra que los encerraba, los perros despertaron y empezaron a ladrar. Primero uno, luego otro, al final todos en un clamor que ensordecía; ellos también lo habían olido. Era el olor a enemigos, a miedo.

Una furia desesperada lo invadió, ardiente como el hambre. Se alejó del muro, saltó entre los árboles, las sombras de las ramas y las hojas moteaban su pelaje gris… y entonces se dio media vuelta y regresó a toda velocidad. Sus patas levantaban del suelo las hojas húmedas y las agujas de pino, y durante un instante fue un cazador y un venado astado huía de él, y él lo veía, lo olía, lo perseguía… El olor del miedo le aceleraba el corazón, la saliva le chorreaba de las mandíbulas, llegó al árbol caído y se lanzó tronco arriba, lanzando zarpazos contra la corteza. Saltó una vez, dos, tres, casi sin aminorar la velocidad, hasta que se encontró en las ramas más bajas. Las ramitas se le enredaban en las patas y le azotaban los ojos, las agujas color verde grisáceo caían a su paso. Tenía que ir más despacio. Algo le trabó una pata y tuvo que liberarse con un gruñido. Bajo él, el tronco era cada vez más estrecho, la pendiente más empinada, casi vertical, y húmeda. La corteza se rompía ante sus zarpazos como si fuera piel frágil. Estaba a un tercio de la cima, a la mitad, más, el tejado estaba casi a su alcance… y entonces pisó con una pata y sintió cómo resbalaba por la curva de la madera húmeda, y de repente se deslizaba, trastabillaba. Lanzó un aullido de miedo y rabia, caía, caía, se retorció, el suelo se precipitaba hacia él para quebrarlo…

Y de pronto Bran volvía a estar en la cama, en la soledad de la habitación de la torre, jadeante y con las mantas revueltas.

¡Verano! —llamó a gritos—. ¡Verano!

Sentía algo parecido al dolor en el hombro, como si hubiera caído sobre él, pero sabía que no era más que la sombra de lo que sentía el lobo.

«Jojen decía la verdad. Soy un hombre bestia. —En el exterior se oían los ladridos lejanos de los perros—. El mar ha llegado. Está entrando por encima de los muros, como vio Jojen.» Bran se agarró a la barra clavada sobre su cabeza, se incorporó y pidió ayuda a gritos. No acudió nadie, y tardó un momento en recordar por qué. Habían quitado al guardia de su puerta. Ser Rodrik necesitaba a todos los hombres en edad de combatir, de modo que en Invernalia había quedado una guarnición simbólica.

El resto se había ido hacía ya ocho días: seiscientos hombres de Invernalia y de las fortalezas más próximas. Cley Cerwyn se les reuniría por el camino con trescientos hombres más, y el maestre Luwin había enviado cuervos por delante para solicitar tropas de refresco en Puerto Blanco, en los Túmulos y hasta en los lugares más adentrados en el Bosque de los Lobos. Un guerrero monstruoso llamado Dagmer Barbarrota estaba atacando la Ciudadela de Torrhen. La Vieja Tata contaba que era inmortal, que una vez un enemigo le había cortado la cabeza en dos con un hacha, pero Dagmer era tan fiero que se juntó las dos mitades con las manos y se las sujetó hasta que se le curaron.

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