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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—La niña también tiene que mancharse de sangre. Esto es cosa suya.

La llave de la mazmorra estaba colgada de un gancho de la pared, junto a la mesa. Rorge la cogió y abrió la puerta. El primero en salir fue el señor del puño en el jubón.

—Bien hecho —dijo—. Soy Robett Glover.

—Mi señor —dijo Jaqen con una reverencia.

Una vez libres, los prisioneros quitaron las armas a los guardias muertos y corrieron escaleras arriba espada en mano. Sus compañeros los siguieron desarmados. Se movían muy deprisa y casi sin intercambiar palabra. Ninguno parecía tan malherido como cuando habían cruzado con Vargo Hoat las puertas de Harrenhal.

—Lo de la sopa ha sido muy ingenioso —comentó Glover—. No me lo esperaba. ¿Ha sido idea de Lord Hoat?

Rorge se echó a reír. Se rió tanto que le salieron mocos por el agujero de la nariz. Mordedor se sentó encima de uno de los cadáveres, le agarró la mano inerte y le empezó a masticar los dedos. Los huesos le crujían entre los dientes.

—¿Quiénes sois? —Robett Glover tenía el ceño fruncido—. No estabais con Hoat cuando llegó al campamento de Lord Bolton. ¿Sois de la Compañía Audaz?

—Ahora sí —dijo Rorge y se limpió los mocos de la barbilla con el dorso de la mano.

—Uno tiene el honor de ser Jaqen H’ghar, antes de la Ciudad Libre de Lorath. Los groseros acompañantes de uno se llaman Rorge y Mordedor. El señor advertirá sin duda cuál de ellos es Mordedor. —Hizo un gesto en dirección a Arya—. Y la niña es…

—Soy Comadreja —lo interrumpió antes de que tuviera tiempo de decir su verdadero nombre. No quería que se pronunciara allí, delante de Rorge, de Mordedor y de otros a los que no conocía. Se dio cuenta de que Glover ni se fijaba en ella.

—Muy bien —dijo—. Zanjemos este asunto de una vez.

Cuando llegaron a lo alto de la escalera de caracol, se encontraron a los guardias de la puerta tendidos en un charco de sangre. Mientras los norteños atravesaban el patio corriendo, Arya oyó gritos. La puerta de la sala del cuartel se abrió de golpe, y un hombre herido salió tambaleándose y gimiendo. Otros tres salieron tras él, y lo silenciaron con las espadas y las lanzas. En la torre de entrada también se combatía. Rorge y Mordedor echaron a correr en pos de Glover, pero Jaqen H’ghar se arrodilló delante de Arya.

—¿La niña no entiende?

—Sí que entiendo —dijo, aunque la verdad era que no comprendía nada.

El lorathi lo debió de leer en su rostro.

—Una cabra no tiene lealtad. Creo que pronto ondeará aquí el estandarte del lobo. Pero antes uno quiere oír cómo retiras cierto nombre.

—Retiro ese nombre. —Arya se mordió el labio—. ¿Todavía me queda la tercera muerte?

—La niña es codiciosa. —Jaqen tocó a uno de los guardias muertos y le mostró los dedos ensangrentados—. Aquí tienes al tercero, ése es el cuarto y hay ocho cadáveres más abajo. La deuda está saldada.

—La deuda está saldada —reconoció Arya de mala gana. Estaba un poco triste. Volvía a ser un simple ratón.

—El dios ha recibido lo que le correspondía. —Jaqen H’ghar esbozó una sonrisa extraña—. Y ahora, uno debe morir.

—¿Cómo que morir? —replicó ella, confusa. ¿Qué quería decir con aquello?—. Pero si he retirado el nombre. Ya no tienes que morir.

—Sí. Ha llegado mi hora. —Jaqen se pasó una mano por la cara, desde la frente hasta la barbilla, y allí donde se rozaba con los dedos su rostro cambiaba. Las mejillas se rellenaron, los ojos se juntaron; la nariz se engarfió, y en la mejilla derecha, limpia hasta aquel momento, apareció una cicatriz. Y, cuando sacudió la cabeza, la cabellera lacia, mitad roja y mitad blanca, desapareció para dejar paso a una mata espesa de rizos negros.

Arya se quedó boquiabierta.

—Pero… ¿quién eres? —susurró, tan atónita que ni siquiera tenía miedo—. ¿Cómo has hecho eso? ¿Te ha costado mucho?

—No más que adoptar un nuevo nombre, para quien sabe cómo hacerlo. —La sonrisa del hombre dejó al descubierto un brillante diente de oro.

—Enséñame —barbotó—. Yo también quiero hacerlo.

—Si quieres aprender, tendrás que venir conmigo.

Arya titubeó.

—¿Adónde?

—Muy, muy lejos. Al otro lado del mar Angosto.

—No puedo. Tengo que volver a casa. A Invernalia.

—En ese caso, tenemos que separarnos —dijo—, porque a mí también me aguardan mis deberes. —Le cogió la mano y le puso en la palma una moneda pequeña—. Toma.

—¿Qué es?

—Una moneda de gran valor.

Arya la mordió. Era tan dura que sólo podía ser de hierro.

—¿Me bastará para comprar un caballo?

—No te la doy para que compres caballos.

—Entonces, ¿de qué me sirve?

—Igual podrías preguntar de qué sirve la vida, o de qué sirve la muerte. Si llega un día en que quieras verme de nuevo, entrega esa moneda a cualquier hombre de Braavos y dile estas palabras: valar morghulis.

Valar morghulis —repitió Arya. No era difícil. Apretó la moneda en el puño. Al otro lado del patio se oían los gritos de los moribundos—. Por favor, Jaqen, no te vayas.

—Jaqen está tan muerto como Arry —replicó con tristeza—, y debo cumplir algunas promesas. Valar morghulis, Arya Stark. Repítelo otra vez.

Valar morghulis —dijo una vez más.

El desconocido que vestía las ropas de Jaqen hizo una reverencia ante ella, y se alejó en la oscuridad con la capa al viento. Arya quedó a solas entre los cadáveres. «Merecían morir», se dijo, al recordar a todos los que Ser Amory Lorch había matado en la fortaleza, junto al lago.

Las bodegas situadas bajo la Torre de la Pira Real estaban desiertas cuando regresó a su jergón de paja. Susurró la letanía de nombres a la almohada, y al terminar añadió, «valar morghulis», en voz muy baja, sin saber qué significaba.

Al amanecer, Ojorrojo y los demás regresaron, con la excepción de un muchacho al que, sin causa aparente, alguien había matado durante la pelea. Ojorrojo subió a solas para ver a la luz del día cómo estaba la situación, sin dejar de quejarse de que sus viejos huesos ya no estaban para subir tantas escaleras. Al volver les dijo que Harrenhal había cambiado de manos.

—Los Titiriteros Sangrientos mataron a unos cuantos hombres de Ser Amory en sus camas, y a los demás cuando estaban a la mesa, bien borrachos. El nuevo señor llegará antes de que anochezca con todo su ejército. Viene del norte, de donde está el Muro, allí todos son unos salvajes y dicen que éste es de los más duros. Pero sea quien sea el señor, hay trabajo. Al primero que vea hacer el vago, le arranco la piel a tiras.

Al decir aquello miraba a Arya, pero no hizo ningún comentario ni le preguntó dónde había estado la noche anterior.

Durante toda la mañana vio cómo los Titiriteros Sangrientos despojaban a los muertos de cualquier objeto de valor y arrastraban los cadáveres hasta el Patio de la Piedra Líquida, donde se preparó una pira para deshacerse de ellos. Shagwell, el bufón, había cortado las cabezas a los cadáveres de dos caballeros, y las paseaba por todo el castillo haciendo como si hablaran entre ellas.

—¿De qué te has muerto tú? —preguntaba una cabeza.

—De una indigestión de sopa de comadreja —respondía la segunda.

A Arya le ordenaron limpiar la sangre seca. Nadie le dijo una palabra aparte de lo habitual, pero de cuando en cuando advertía que clavaban en ella miradas extrañas. Robett Glover y el resto de los hombres a los que habían liberado debían de haber contado lo sucedido en las mazmorras, y luego Shagwell y sus asquerosas cabezas parlantes empezaron con lo de la sopa de comadreja. Le habría gustado decirle que se callara, pero tenía miedo. El bufón estaba medio loco, y se contaba que en cierta ocasión había matado a un hombre porque no se rió de una de sus bromas.

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