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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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Y allí estaba él, espada en mano, el último de los diez de Darry…

Brienne se detuvo un momento para escuchar, con los anchos hombros encorvados y los brazos gruesos cruzados sobre el pecho. Un grupo de niños andrajosos pasó junto a ellos, chillando y atacándose con palos. «¿Por qué a los niños les gusta tanto jugar a la guerra?» Catelyn se preguntó si Rymund conocería la respuesta. La voz del bardo subió de volumen al acercarse el final de la canción.

Y la hierba roja bajo sus pies, y rojos al viento sus estandartes, y rojo el brillo del sol poniente, que lo bañaba con su luz. —Venid, venid —gritó el gran señor—, que aún tiene hambre mi espada. Y con un grito de rabia salvaje cruzaron el riachuelo como un enjambre…

—Luchar es mejor que quedarse aquí esperando —dijo Brienne—. Cuando se lucha no se siente tanta impotencia. Se tiene un caballo y una espada, o a veces un hacha. Si se lleva armadura es difícil que te hagan daño.

—En las batallas mueren caballeros —le recordó Catelyn.

—Y en los partos mueren damas —replicó Brienne, mirándola con aquellos hermosos ojos azules—, y nadie compone canciones en su honor.

—Los hijos son otro tipo de batalla. —Catelyn echó a andar por el patio—. Una batalla sin estandartes ni cuernos de guerra, pero no menos violenta. Llevar al niño en el vientre, traerlo al mundo… supongo que vuestra madre os habrá hablado del dolor…

—No conocí a mi madre —dijo Brienne—. Mi padre tenía damas… una dama diferente cada año, pero…

—No eran damas —replicó Catelyn—. Y por duro que sea el parto, Brienne, lo que viene después es aún peor. A veces me siento como si me estuvieran despedazando. Querría ser cinco a la vez, una por cada uno de mis hijos, para protegerlos a todos.

—¿Y quién os protege a vos, mi señora?

—Pues los hombres de mi Casa, claro —dijo Catelyn con una sonrisa lánguida—. O eso me enseñó mi señora madre. Mi padre, mi hermano, mi tío, mi esposo, todos me protegen. Pero mientras estén lejos, vos tendréis que ocupar su lugar, Brienne.

—Lo intentaré, mi señora —dijo la joven inclinando la cabeza.

Más tarde, aquel mismo día, el maestre Vyman fue a llevarle una carta. Lo recibió de inmediato con la esperanza de que fueran noticias de Robb, o tal vez de Ser Rodrik en Invernalia, pero resultó que el mensaje era de un tal Lord Meadows, que decía ser el castellano de Bastión de Tormentas. Iba dirigida a su padre, su hermano, su hijo, o «quienquiera que esté al mando en Aguasdulces». Ser Cortnay Penrose, según decía la carta, había muerto, y Bastión de Tormentas había abierto sus puertas a Stannis Baratheon, el soberano legítimo. La guarnición del castillo le había rendido las espadas, y hasta el último hombre juró lealtad a su causa, y nadie sufrió daño alguno.

—Excepto Cortnay Penrose —murmuró Catelyn. No había llegado a conocerlo, pero lamentaba la noticia de su muerte—. Robb tiene que enterarse de esto cuanto antes —dijo—. ¿Sabemos dónde está?

—Las últimas noticias decían que avanzaba hacia el Risco, el asentamiento de la Casa Westerling —dijo el maestre Vyman—. Si envío un cuervo a Marcaceniza puede que envíen un jinete en su busca y los alcance.

—Hacedlo.

Una vez el maestre se hubo marchado, Catelyn volvió a leer la carta.

—Lord Meadows no dice nada del bastardo de Robert —confió a Brienne—. Supongo que habrá entregado al chico como ha hecho con la fortaleza. Aunque reconozco que no comprendo por qué Stannis tiene tanto interés en él.

—Puede que tema que aspire al trono.

—¿Un bastardo? No, es otra cosa… ¿qué aspecto tiene ese chico?

—Siete u ocho años, guapo, con el pelo negro y los ojos muy azules. Las visitas a veces creían que era hijo del propio Renly.

—Y Renly se parecía a Robert. —Catelyn empezó a comprender—. Stannis tiene intención de exhibir por todo el reino al bastardo de su hermano, para que todos vean a Robert en su rostro, y se pregunten por qué Joffrey no tiene ese parecido.

—¿Tanto importa eso?

—Los partidarios de Stannis dirán que es una prueba. Los partidarios de Joffrey dirán que no significa nada.

Sus propios hijos tenían más de Tully que de Stark en su físico. La única con rasgos semejantes a los de Ned era Arya. «Y Jon Nieve, pero ése no es mío. —Pensó en la madre de Jon, el amor sombrío y secreto del que su esposo nunca quiso hablarle—. ¿Llorará por Ned igual que lloro yo? ¿O lo odiará por haber abandonado su lecho y haber vuelto al mío? ¿Reza por su hijo como yo he rezado por los míos?»

Eran pensamientos desagradables y además, fútiles. Si Jon había nacido del vientre de Ashara Dayne de Campoestrella, como murmuraban algunos, aquella dama llevaba mucho tiempo muerta; si no, Catelyn no tenía idea de quién podía ser su madre. Y ya tampoco importaba. Ned estaba muerto, y todos sus amores y secretos habían desaparecido con él.

Pero era impresionante lo extraño del comportamiento de los hombres cuando se trataba de sus hijos bastardos. Ned siempre había protegido extremadamente a Jon, y Ser Cortnay Penrose había dado la vida por el tal Edric Tormenta; en cambio a Roose Bolton su bastardo le importaba menos que uno de los perros que tenía, a juzgar por el tono de la carta extraña y fría que Edmure había recibido de él, hacía menos de tres días. Siguiendo sus órdenes, había cruzado el Tridente y marchaba hacia Harrenhal. «Un castillo fuerte y con una buena guarnición, pero Su Alteza lo tendrá aunque para ello tenga que matar a todos sus ocupantes.» Esperaba que Su Alteza valorase tal hazaña para compensar los crímenes de su hijo bastardo, al que Ser Rodrik Cassel había ejecutado. «Destino que sin duda merecía —había escrito Bolton—. La sangre sucia siempre es traicionera, y Ramsay era taimado, codicioso y cruel por naturaleza. Me satisface haberme librado de él. Los hijos legítimos que mi joven esposa me ha prometido no habrían estado a salvo mientras él viviera.»

El sonido de unas pisadas apresuradas ante la puerta apartó de su mente aquellos pensamientos morbosos. El escudero de Ser Desmond entró en la estancia jadeante y se arrodilló.

—Mi señora… Lannister… al otro lado… río.

—Respira hondo, hijo, y cuéntamelo todo despacio.

El muchacho hizo lo que le había dicho.

—Una columna de hombres con armaduras —informó—. Al otro lado del Forca Roja. Ondean un unicornio púrpura bajo el león de los Lannister.

«Alguno de los hijos de Lord Brax.» Brax había acudido a Aguasdulces en cierta ocasión cuando era niña, para proponer el matrimonio de uno de sus hijos con Lysa o con ella. Se preguntó si sería el mismo hijo el que estaba allí ahora, al frente del ataque.

Cuando subió a las almenas para reunirse con Ser Desmond, éste le dijo que los Lannister habían partido del sudeste bajo un mar de estandartes.

—Son unos cuantos jinetes, nada más —le aseguró—. El grueso de las fuerzas de Lord Tywin está mucho más al sur. Aquí no corremos peligro.

Al sur del Forca Roja las tierras se extendían llanas y amplias. Desde la torre del vigía, el paisaje que alcanzaba a ver Catelyn abarcaba kilómetros. Aun así, sólo se veía el vado más cercano. Edmure había confiado su defensa a Lord Jason Mallister, y también la de los otros tres, río arriba. Los jinetes Lannister se agrupaban indecisos cerca del agua, con los estandartes escarlatas y plateados ondeando al viento.

—No son más de cincuenta, mi señora —calculó Ser Desmond.

Catelyn vio cómo los jinetes formaban en una larga línea. Los hombres de Lord Jason esperaban para recibirlos detrás de las rocas y la hierba del altozano. Al toque de una trompeta, los jinetes emprendieron el trote por el agua, levantando salpicaduras en la corriente. Durante un momento ofrecieron un espectáculo impresionante, con las armaduras brillantes, los estandartes al viento, y el sol arrancando destellos de las puntas de sus lanzas.

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