Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
Prosiguieron a través de hermosos bosques de robles, hayas, olmos y abedules, a cubierto del sol. La victoria sobre Hirtuleyo el año anterior había elevado enormemente el ánimo de la tropa, infundiendo en su general un mayor interés por su comodidad. Decidido a que no padecieran más de lo estrictamente necesario -y consciente de que bien lo merecían- la vieja de la provincia Ulterior se preocupaba por no forzar la marcha hasta llegar a un sitio apropiado para hacer el rancho y descansar por la noche para que se recuperasen.
La columna romana cruzó entre dos cordilleras mucho más altas y salió a las tierras que descienden hasta el Durius, de entre los más importantes de Hispania, el río menos conocido para los romanos. Ante él, de haber seguido la misma ruta, estaba la grande y próspera Salamantica, pero Metelo Pío giró hacia el nordeste, rozando las estribaciones de las montañas a su derecha, para no provocar a la tribu de los vetones, cuyas minas de oro habían hecho que el gran Aníbal saquease Salamantica ciento cuarenta y cinco años antes. Y en las calendas de junio, Quinto Cecilio Metelo Pío detuvo su ejército en las afueras de Segovia.
Pero Hirtuleyo se había llegado hasta Segovia; lo que no era de extrañar. Laminium estaba a unos trescientos kilómetros, y Metelo Pío había tenido que cubrir una distancia de más de novecientos. Presumiblemente, alguien en Turmuli del Tagus había enviado un mensaje a Sertorio avisándole de que los romanos cruzaban el río, pero no para seguirlo curso arriba. Sertorio había supuesto (exactamente como había sospechado la vieja de la provincia Ulterior) que el objetivo romano era el tramo superior del Iberus, artimaña para atraerle lejos de la costa este y de Pompeyo, o claro intento de asestar un golpe en sus tierras más fieles. Por ello, había ordenado a Hirtuleyo interceptar a la vieja antes de que pudiera llegar a ellas. De una cosa estaba seguro Metelo Pío: no habían adivinado adónde iba realmente. De haberlo adivinado, la opinión de Sertorio sobre la capacidad -¡y astucia!- de la vieja habría cambiado.
Lo primero que había que hacer era situar el ejército al abrigo de un buen campamento fortificado. Tan prudente como de costumbre, Metelo Pío mandó a las tropas cavar y construir sin quitarse la coraza; ejercicio que a ningún legionario gustaba, pero que hicieron al saber por boca de los centuriones que Hirtuleyo andaba por allí. Trabajaron sin cesar cavando y levantando terraplenes como auténticas hormigas. Carros, bueyes, mulas y caballos pasaron dentro del recinto, al tiempo que se izaban banderas rojas sin que se hubiera terminado el conjunto, y luego quedaron al cuidado de un reducido grupo de auxiliares, ya que los no combatientes también se emplearon en la construcción. Treinta y cinco mil hombres trabajaron con tal denuedo y organización que el campamento quedó establecido en una sola jornada; sus lados medían kilómetro y medio, los terraplenes reforzados con madera tenían veinticinco pies de alto, había torres cada cien pasos y el foso ante las defensas era de veinte pies de ancho. Sólo cuando las cuatro puertas de sólidos troncos quedaron cerradas y los centinelas dispuestos, lanzó el general un suspiro de alivio. Ahora su ejército estaba a salvo.
Sin embargo, la jornada no había transcurrido sin incidentes. A Lucio Hirtuleyo le había parecido insoportable la idea de la vieja de la provincia Ulterior de situarse tan cómodamente atrincherado, y lanzó un ataque de caballería desde su propio campamento para obligarle a interrumpir los trabajos. Pero Metelo Pío no llevaba en vano tres años y medio en Hispania, y había comenzado a pensar como el enemigo. Muchos kilómetros antes de llegar a Segovia había separado de la columna seiscientos soldados númidas de caballería ligera, y les había dado orden de seguir a la zaga con gran cautela y luego situarse en un lugar en que no pudiera verles un posible atacante. Y en cuanto los hispanos hicieron su aparición, aquella fuerza surgió del bosque en que se ocultaba y repelió el ataque de Hirtuleyo.
Durante los ocho días de un nundinum no se produjo ningún otro incidente. La tropa tenía que descansar y sentirse como si no hubiese enemigo capaz de turbar su tranquilidad; dormir por las noches y pasar las largas horas de sol alternándolas con el ejercicio y el esparcimiento. Desde su tienda de mando, en la intersección de la via praetoria y la vía principalis (en un otero, de modo que desde él pudieran verse las cuatro murallas), el general se dedicaba a recorrer las dos avenidas, entraba en las bocacalles bordeadas de tiendas de piel de ternera embreada o de chozas de tablones, sin dejar de hablar con los soldados, explicándoles sus planes y mostrándose seguro de si mismo.
No era un hombre afable ni persona de las que se sienten a gusto tratando con subordinados o inferiores, pero tampoco era de tal frialdad que le hiciese impermeable al afecto; desde la batalla del Betis, en que tanto cuidado había mostrado por la tropa, los hombres le miraban de otro modo, con timidez al principio y luego cada vez con menos recelo. Y le miraban con cariño, diciéndole cuánto le agradecían que les hubiera ayudado a vencer con sus cuidados y sus previsiones, sin importarles que el motivo de aquellos cuidados hubiese sido estrictamente práctico y no basado en el afecto, sino en el deseo de derrotar a Hirtuleyo. Habían sido testigos de cómo refunfuñaba y cloqueaba como la vieja que Sertorio decía que era, y habían notado que se tomaba con auténtico interés el bienestar de todos.
Desde que habían zarpado de Gades a Emporiae y viceversa, tras aquel recorrido de novecientos kilómetros por territorio desconocido plagado de bárbaros, no había dejado de preocuparse por ellos. Así, cuando Quinto Cecilio Metelo Pío recorrió las calles y avenidas de su campamento en Segovia, le acompañaba el aura de un extraordinario afecto, y era consciente de que el tiempo, su mentalidad y un interés tradicionalmente romano por la minuciosidad le habían servido para contar con un ejército del que iba a sentir separarse. Eran sus tropas. Lo que no acababa de convencerle era el hecho de que también él era de sus soldados. Era un criterio impensable para su hijo, quien a regañadientes acompañaba al padre en aquellos paseos por el campamento, una auténtica ciudad; Metelo Escipión era más esnob que rigorista, y por naturaleza le resultaba imposible suscitar o aceptar el afecto de quienes no eran sus iguales, ni siquiera de quienes no estuviesen emparentados con él por consanguinidad o adopción.
Cuando el general les hizo salir del campamento para obligar a Hirtuleyo a presentar batalla, los soldados sabían por qué había apiñado seis legiones y mil jinetes en un campamento mucho más pequeño de lo debido. Quería que Hirtuleyo pensase que no contaba más que con cinco legiones incompletas, e inducirle a creer que lo había construido tan fortificado por haber efectuado la marcha sin todos los pertrechos necesarios; se habían oído comentarios en este sentido a los jinetes númidas que habían rechazado la incursión de sus tropas hispanas.
Copiando literalmente una página de las memorias de Escipión el Africano, había elegido el tipo de terreno que induce a creer elegiría un general al mando de tropas mal equipadas y de baja moraclass="underline" surcado por arroyos, desigual y lleno de maleza y arbustos. Y a Hirtuleyo le resultaba evidente que para resistir el frente de batalla de sus cuarenta mil soldados hispanos soberbiamente armados, Metelo Pío se había visto obligado a debilitar su centro; para compensar los flancos demasiado abiertos, había situado en las puntas a la caballería númida de un modo que parecía conferirle una actuación autónoma. Indeciso de cómo presentar combate aquel día, cuando sus exploradores fueron a decirle que el ejército de la vieja salía del campamento, Hirtuleyo calculó la fuerza del adversario, oteó el terreno, gruñó disgustado y optó por ir a la batalla.
Las alas de la vieja fueron las primeras en entrar en contacto con Hirtuleyo, que era lo que él quería; y cargó contra aquel centro debilitado con la intención de abrir brecha y meter por ella tres legiones para caer sobre su retaguardia. Pero en el momento en que el ejército hispano se introducía entre las desmadejadas alas, Metelo Pío puso en marcha la trampa. Sus mejores tropas estaban ocultas por las alas, y parte de ellas maniobraron rápidamente para reforzar el centro, y las otras se desplegaron de flanco. Antes de que le diera tiempo a salir de la situación, Lucio Hirtuleyo se vio arrollado por una masa informe de tropa desconcertada y perdió la batalla. El y su hermano menor cayeron en el combate, y los soldados de Metelo Pío, cantando un himno victorioso, hicieron añicos el querido ejército hispano de Sertorio, del que quedaron pocos supervivientes. De éstos, los que huyeron a Lusitania esparcieron la nefasta noticia y nunca más volvieron a las filas de Quinto Sertorio. Las tribus del país, que habían abandonado sus asentamientos de la desembocadura del Anas para seguir a los romanos con intención de invadir después la provincia Ulterior y hasta cruzar el Betis, al conocer el desastre del ejército hispano entonaron un penoso canto fúnebre al ver que se esfumaban sus esperanzas, y se dispersaron por los bosques.