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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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Del enemigo, ni señal; pero eso no le satisfizo en su segunda marcha hacia el sur. Simplemente le hizo más precavido y avanzó en columna con formación defensiva. Al llegar a Saguntum y Lauro, pasó apresuradamente sin querer mirar; Saguntum estaba en pie, pero Lauro era un montón de ruinas ennegrecidas. A finales de junio, después de enviar un mensaje que esperaba llegase a Metelo Pío en Segovia, alcanzó el valle más amplio y fértil del río Turis, en cuya orilla sur se alzaba la bien fortificada ciudad de Valentia.

Allí, en las estrechas llanuras entre el río y la ciudad, Pompeyo se encontró con Herenio y Perpena. Sus exploradores picentinos le informaron de que le superaban en número, pero contaban también con cinco legiones: unos treinta mil hombres frente a los veinte mil de Pompeyo. Su mayor ventaja era la caballería, que los exploradores calculaban en un millar de jinetes galos. Aunque Metelo Escipión y Aulo Gabinio habían hecho esfuerzos indecibles por reclutar caballería en la Galia Narbonense durante el invierno, Pompeyo sólo disponía de cuatrocientos hombres a caballo.

Al menos estaba seguro de que los informes de los picentinos eran fiables, y cuando le dijeron que no era muy distinta la exploración en Italia y en Hispania, les creyó. Así, seguro de que no le acechaban por retaguardia cohortes de Sertorio, Pompeyo ordenó al ejército el paso del Turis para entablar batalla en la orilla sur.

El río era más un declive que un cauce hondo, y no presentaba dificultad, aun en plena batalla; su lecho era de piedra, y el agua les llegaba a los tobillos. No había ventaja alguna en aprovechar una u otra ribera, y lo que se produjo fue un choque convencional en el que el bando con mejor moral y resistencia se haría con la victoria. La única innovación que empleó Pompeyo se produjo por su desventaja de caballería; suponiendo acertadamente que Perpena y Herenio se valdrían de su superioridad en caballería para arrollar sus flancos, dispuso en las filas externas de los mismos tropas con lanzas antiguas de las falanges, y les ordenó ensartar con las temibles armas de cinco pies de largo a los caballos en vez de a los jinetes.

El choque fue muy reñido y encarnizado. Herenio, que no era tan buen general como Sertorio o Hirtuleyo, no vio hasta que ya era tarde que iba perdiendo; a su izquierda Perpena no hacía caso de ninguna de sus órdenes. De hecho, ninguno de los dos se había puesto de acuerdo antes de la batalla sobre cómo debía organizarse, y acabaron combatiendo por separado, aunque de esto Pompeyo sólo se enteró después.

Todo concluyó con una sonada derrota de Herenio, pero no de Perpena. Pensando que era preferible morir si Sertorio insistía en que continuase la guerra con aquel odioso traidor Perpena, Herenio perdió la vida en el combate, y la moral de las tres legiones y de la caballería a sus órdenes se desmoronó. Perecieron doce mil hombres, mientras Perpena, con dieciocho mil supervivientes, emprendía la retirada para unirse a Sertorio en el Sucro.

Siguiendo la recomendación de Metelo Pío de no llegar al Sucro hasta finales de quintilis, Pompeyo no fue en su persecución; la victoria, tan decisiva y rotunda, había cauterizado su herida moral. ¡ Qué fantástico volver a oír los vítores de los legionarios y prender los laureles a las águilas y a los estandartes!

Valentia, naturalmente, estaba casi indefensa; sólo se interponían sus murallas entre ella y la venganza de Roma. Pompeyo acampó ante ellas y las sometió a una minuciosa inspección que le permitió ver más de un punto débil que convenía a sus propósitos. Unas cuantas minas, un incendio en uno de los tramos de madera, un corte del suministro de agua, y Valentia se rindió. Con la nueva cautela que acababa de adoptar, Pompeyo se apoderó de cuantos alimentos había en la ciudad y los escondió en una cantera abandonada bajo una capa de turba. Luego, envió a los habitantes de Valentia al mercado de esclavos de Cartago Nova, por barco, ya que la flota romana de la Hispania Ulterior en aquellos momentos (gracias a las previsiones del Meneitos) patrullaba las aguas, y no había señal alguna de las cuarenta trirremes pónticas que ya obraban en poder de Sertorio. Seis días antes del final de quintilis Pompeyo se puso en camino hacia el Sucro, donde encontró a Sertorio y a Perpena encerrados en dos campamentos en la llanura que había ante el río.

Ahora se enfrentaba a un terrible dilema. No había tenido noticias de Metelo Pío, y no podía dar por sentado que los refuerzos se hallaran cerca. Igual que la situación en el Turis, la disposición de terreno no presentaba ninguna ventaja táctica para Sertorio: no había colinas, bosques, o barrancos y hondonadas; lo que significaba que Sertorio no disponía de ningún escondite para caballería o guerrillas. La ciudad más próxima era Saetabis, ocho kilómetros río abajo, una corriente de agua más ancha que el Turis y de arenas movedizas.

Si retrasaba la batalla hasta que Metelo Pío enlazara con él -en el supuesto de que Metelo Pío llegase- Sertorio podía retirarse a un terreno más favorable a su estrategia, o adivinar que no tomaba la iniciativa por estar a la espera de refuerzos. Por el contrario, si le presentaba batalla, estaba en grave inferioridad numérica, casi cuarenta mil hombres contra sus veinte mil, aunque ninguno de los dos tenía mucha caballería, habida cuenta de las bajas de Herenio.

Al final, fue el temor a que Metelo Pío no llegara lo que animó a Pompeyo a presentar batalla; o es lo que se dijo a si mismo por no admitir que su egoísmo le susurraba al oído que si entraba en combate no tendría que compartir los laureles con Metelo Pío. El enfrentamiento con Herenio y Perpena no había sido más que un preludio al combate que iba a librar con Sertorio, y Pompeyo ansiaba borrar el recuerdo obsesivo de su derrota. ¡Sí, había recobrado la confianza! Al amanecer del penúltimo día de quintilis, después de construir un formidable campamento en retaguardia, Cneo Pompeyo Magnus marchó con sus cinco legiones y sus cuatrocientos jinetes al encuentro de Sertorio y Perpena.

En las calendas de abril, Quinto Cecilio Metelo Pío el Meneitos dejaba sus cómodos cuarteles en Itálica, en la orilla occidental del Betis, y se ponía en marcha hacia el río Anas. Llevaba sus seis legiones -treinta y cinco mil hombres- y mil soldados númidas de caballería ligera. Como el aristocrático fluido que corría por sus venas no tenía mezcla alguna de sangre rural, no se percató de que los campos de cultivo por los que pasaba no exhibían aquel verdor de otros años ni las mieses eran tan pujantes. Él llevaba trigo en abundancia, y todas las demás provisiones necesarias para alimentar y mantener la buena salud de sus tropas.

No encontró un muro de lusitanos aguardándole en el Anas cuando lo cruzó a unos doscientos cuarenta kilómetros de su desembocadura; cosa que le complació, pues eso significaba que no les había llegado noticia de su ruta y aún esperaban verle llegar por mar. Aunque en aquel alto curso del río no había grandes asentamientos, sí se veían aldehuelas y terrenos cultivados en las riberas. Sin duda la noticia de su llegada viajaría río abajo hasta los caudillos tribales, pero cuando les llegase él ya estaría lejos del Anas. ¡ Podían perseguirle, pero no le darían alcance!

La serpiente de la columna romana avanzaba a buen paso por las ondulantes llanuras camino del Tagus en Turmuli, cuando en aquellos parajes se produjeron escaramuzas con algunas tribus, pero fueron rechazadas como moscas de las ancas de un caballo. Como Segovia era su penúltimo punto de destino, el Meneitos no continuó aguas arriba del Tagus, sino que cruzó a campo través hacia el noroeste.

La carretera que seguía no era más que un rudimentario camino de carros, pero, como era habitual, su trazado seguía la línea de menor resistencia de la meseta, cuya altitud variaba sólo un centenar de pies y nunca sobrepasaba los dos mil quinientos; como era una región desconocida para él, el Meneitos la contemplaba fascinado, instando a su equipo de cartógrafos y geógrafos a registrarla con todo lujo de detalles. Habitantes vieron pocos, y los pocos que vieron fueron inmediatamente eliminados.

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