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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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No, Diana no había aparecido.

En cuanto hubo luz suficiente se reanudó el combate. Pompeyo seguía al mando en unas parihuelas llevadas en hombros por sus hombres más altos. Recuperada la formación durante la noche, ahora su ejército atacaba más cohesionado y era evidente que había dado orden de reducir al mínimo las bajas evitando riesgos; la clase de combate que más detestaba Sertorio.

Y poco después de la salida del sol, un nuevo ejército fresco y una nueva cara hicieron su aparición en escena: Quinto Cecilio Metelo Pío apareció por el oeste, cruzando las filas de Perpena como si no existiesen. Por segunda vez en menos de una jornada, el campamento de Perpena caía en manos del adversario, y Metelo Pío siguió avanzando hacia el campamento de Sertorio. A huir tocaban.

Conforme él y Perpena emprendían rápida retirada, se le oyó decir desalentado:

– ¡Si esa maldita vieja no hubiese aparecido habría obligado a patadas a ese muchachito a retirarse hasta la misma Roma!

La retirada se detuvo en las estribaciones de las montañas al oeste de Saetabis. Allí Sertorio volvió una vez más a restablecer la disciplina, y, haciendo caso omiso de Perpena, contó sus bajas -unos cuatro mil hombres- e incorporó los hombres de las cohortes más destrozadas (la mayor parte de Perpena) a otras unidades que requerían cierto refuerzo. Perpena quiso protestar en voz alta por aquel atentado a su autoridad, pero una mirada al serio rostro tuerto le disuadió plenamente. Y esperó a mejor ocasión.

Allí fue donde Sertorio se enteró de que Lucio y Cayo Hirtuleyo habían caído en Segovia con todo el ejército hispano. Un duro golpe que él jamás había esperado. ¡Y menos de un enemigo como la vieja de la provincia Ulterior! ¡Qué astuto hacer una marcha indirecta para ocultar sus verdaderas intenciones, y pasar de largo lejos de Miaccum y Sertobriga fingiendo ser Hirtuleyo, y continuar a la luz de la luna para que no se vea el polvo y no le avisten!

Los hispanos tienen razón, pensó. Al desaparecer Diana me ha abandonado la suerte. Ya no me favorece la Fortuna.

Le dijeron que el muchachito y la vieja habían decidido que no valía la pena seguir hacia el sur; una vez limpiado el campo de batalla y después de pillar cuantas provisiones había en la desventurada Saetabis, sus ejércitos habían emprendido marcha hacia el norte. Era lógico; estaban en sextilis y tenían un largo trecho que cubrir para que el muchachito alcanzase los cuarteles de invierno. Pero, ¿qué pretendería hacer la vieja? ¿Regresaba a la provincia Ulterior o seguía hacia el norte con Pompeyo? Acosado por un desánimo que no sabía cómo superar, Quinto Sertorio decidió arrancarse aquella espina y seguir a la vieja y al muchachito hacia el norte, y hacerles el mayor daño posible arriesgándose a otro enfrentamiento.

Ya había levantado el campamento y puesto en marcha a sus tropas con las guerrillas en vanguardia, cuando a su presencia acudieron un niño y una niña de pies más curtidos que sus ennegrecidos cuerpos, y con anillos de oro en nariz y orejas, que traían, atada a un trozo de cuerda, una corza marrón llena de barro. Las lágrimas brotaron del único ojo de Quinto Sertorio. Los pequeños se habían enterado de que había perdido su preciosa corza blanca enviada por la diosa y venían a ofrecerle la suya.

Se puso en cuclillas, con la cara vuelta para que le vieran el lado bueno y no impresionarles, y, para gran sorpresa suya, el animal comenzó a saltar y rebullirse contento. ¡A Quinto Sertorio no le huían los animales!

– ¿Me la traéis a mí? -inquirió afable-. ¡Gracias, gracias! Pero no puedo aceptarlo porque tengo que ir a luchar contra los romanos y es mucho mejor que la guardéis vosotros.

– Es la tuya… -dijo la niña.

– ¿La mía? ¡Oh, no; la mía era blanca!

– Si es blanca -replicó la niña, escupiéndose en la palma de la mano y frotando al animal-. ¿No ves?

En aquel momento la corza se soltó de la cuerda y se lanzó sobre Sertorio, quien, con lágrimas en la mejilla del lado bueno, la abrazó besándola-. ¡Diana! ¡Mi Diana! ¡Es mi Diana!

Una vez que hubo despedido a los niños con el trozo de cuerda y una bolsa de oro, cargada por un esclavo para que se la entregara a los padres, Quinto Sertorio bañó a la corza en un manantial y la contempló extasiado. No sabía a qué se habría debido su desaparición, pero era evidente que no le había ido muy bien; debía de haber sufrido el ataque de algún gato montés, pues tenía señales de zarpazos en las ancas. Sólo los dioses sabrían cómo había podido escapar. Tenía las pezuñitas desgastadas y ensangrentadas, las orejas desgarradas y el hocico herido. Los niños la habían visto al sacar las ovejas a pastar, y el animal se les había acercado para en seguida arrimar el morro a la niña, temblorosa.

– Bueno, Diana -dijo Sertorio, poniéndola en una caja encima de un carro-, espero que te hayas dado cuenta que no te va bien la vida campestre. ¿Es que oliste a algún ciervo? ¿Fue eso? A partir de ahora viajarás así. No quiero volver a perderte.

La noticia corrió rápidamente entre la tropa. ¡Había vuelto Diana! Quinto Sertorio volvía a tener la suerte de su lado.

Pompeyo y Metelo Pío dejaron atrás Valentia y continuaron hacia Saguntum. Las provisiones que habían saqueado en Saetabis (otra cosa no había) fueron un verdadero regalo para sus mermados aprovisionamientos, del mismo modo que el acopio que Pompeyo había ocultado en la cantera abandonada en las afueras de Valentia. Habían acordado efectuar juntos la marcha hasta Emporiae, y que Metelo Pío invernase en la Galia Narbonense. Aunque sus hombres no habían rechistado por aquel rodeo de mil seiscientos kilómetros en auxilio de Pompeyo, el Meneitos pensó que aquel año ya tenían bastante con otra marcha de ochocientos. Además, quería volver a entrar en acción en primavera, pues sabía que aniquilando al ejército hispano la provincia Ulterior quedaría a salvo de las incursiones de lusitanos.

Saguntum les había enviado una embajada para informarles que harían lo posible por ayudarles, pues seguía siendo fundamentalmente partidaria de Roma. No era de extrañar, habían sido los romanos de Saguntum (y los masilienses) los que habían causado el estallido de la segunda guerra púnica contra Cartago siglo y medio antes. Pocas reservas tenía la ciudad, y eso lo sabían los dos; la cosecha era escasa por falta de lluvia en invierno y la tardanza de las de primavera.

Por lo tanto, era obligado que los dos ejércitos alcanzaran lo antes posible el Iberus, donde la cosecha era más tardía y mejor. Si podían llegar a él a finales de sextilis, se apoderarían de ella, arrebatándosela a Sertorio. Y dieron las gracias a la embajada de Saguntum, despidiéndola y diciéndoles que no iban a quedarse allí.

La pierna de Pompeyo iba curándose; las lengüetas del venablo habían roto nervios y tendones, y músculos y piel tenían que regenerarse para que pudiera apoyarla. Al Meneitos le parecía que la pérdida del caballo público era para él peor que quedarse cojo o dejar de ser guapo. Desde luego, un caballo era más hermoso que una pierna de hombre, y Pompeyo no podría encontrar uno igual. Los caballos hispanos eran pequeños y de mala raza.

Volvía a estar deprimido, y con razón. No sólo el factor determinante de la victoria en el Sucro había sido Metelo Pío, sino que además había acabado con el mejor general y el mejor ejército de Sertorio. Incluso Lucio Afranio, Marco Petreyo y su nuevo legado, Lucio Titurio Sabino, habían brillado más que él. Lo más que podía decirse es que sobre Pompeyo había caído lo más fuerte del ataque de Sertorio, pero sabía que no había estado a la altura. Y ahora sus exploradores le decían que el renegado partidario de Mario les seguía los pasos hacia el norte, sin duda aguardando la ocasión. Ya se dejaban ver sus guerrillas, acosando a las incursiones de aprovisionamiento, pero Pompeyo había adquirido tanta experiencia como el Meneitos, y los dos ejércitos tuvieron muy pocas bajas. Aunque tampoco consiguieron muchas provisiones.

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