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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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Mi colega Pío y yo creemos que venceremos. No es que lo diga yo. Venceremos. Pero para ello necesitamos un poco de ayuda vuestra. Necesitamos más legiones. Necesitamos dinero. No digo «más dinero» porque hasta ahora no he recibido nada. Ni creo que mi colega Pío haya recibido más que su estipendio del primer año de gobernador. Sí, ya sé que diréis: gana unas cuantas batallas y saquea unas cuantas ciudades, y ya tienes dinero. Pero no es así. En Hispania no hay dinero. Lo máximo que se puede esperar al conquistar una ciudad es algo de comida. No hay dinero. Por si no os habéis enterado bien al leerlo, lo repito: NO HAY DINERO. Cuando me enviasteis aquí me disteis seis legiones y mil quinientos soldados de caballería, y dinero suficiente para pagar a la tropa y comprar provisiones para medio año aproximadamente. Pero eso fue hace dos años. Mis arcas de campaña estaban vacías al cabo de seis meses. Es decir, hace año y medio. Y no tengo más dinero ni más tropas.

Sabéis -sé que lo sabéis porque mi colega Pío y yo os lo comunicamos en los despachos- que Quinto Sertorio ha hecho un pacto con el rey Mitrídates del Ponto, y ha acordado confirmar todas las conquistas de Mitrídates y autorizar más conquistas a Ponto cuando él sea dictador de Roma. Así que ya sabéis que Quinto Sertorio no va a contentarse con ser rey de Hispania; pretende ser rey de Roma al margen del título que se dé. Sólo hay dos personas que pueden impedírselo. Mi colega Pío y yo. Os lo digo porque estamos aquí y tenemos ocasión de impedírselo. Pero no podemos impedírselo con lo que tenemos. Él dispone de todas las fuerzas indígenas y cuenta con los conocimientos romanos para transformar a los bárbaros hispanos en buenos soldados. Si no contase con esas dos cosas hubiera sido derrotado hace dos años. Pero sigue aquí y no deja de reclutar hombres y entrenarlos. Mi colega Pío y yo no podemos reclutar hispanos porque ninguno que esté bien de la cabeza se uniría a nuestro ejército. No podemos pagar a la tropa. Ni siquiera podemos alimentarla. Y, por los dioses, que no hay botín que podamos compartir.

Puedo derrotar a Sertorio. Aunque sea como lo hace la gota de agua que desgasta de tal manera una piedra que un niño acaba por romperla de un golpecito. Mi colega Pío piensa igual. Pero no puedo derrotar a Sertorio si no me enviáis más soldados, más caballería Y ALGO DE DINERO.

Hace año y medio que no han cobrado mis tropas, y debo a muertos y vivos. Traje mucho dinero mío, pero lo he gastado comprando provisiones.

No me quejo de las bajas. Fueron consecuencia de falsos cálculos agravados por la información que se me dio en Roma. Es decir, que seis legiones y mil quinientos soldados de caballería eran más que suficientes para enfrentarse a Sertorio. Habría debido tener diez legiones y tres mil soldados de caballería. Así le habría vencido el primer año y Roma sería más rica en tropas y dinero. Más vale que os lo penséis, tacaños.

Y os digo otra cosa para que la penséis. Si no puedo quedarme en Hispania y mi colega Pío no puede salir de su provincia, ¿qué creéis que sucederá? Volveré a Italia con las tropas de Quinto Sertorio a la zaga como la cola de un cometa. Así que pensáoslo bien. Y enviadme unas legiones, algo de caballería Y ALGÚN DINERO.

Por cierto, Roma me debe un caballo público.

La carta llegó a Roma a finales de noviembre, una época de continuos cambios en el Estado reorganizado por Sila. Los cónsules del año se hallaban casi al término de su mandato, y los cónsules electos a punto de alcanzar el poder. Debido a la perenne mala salud de Lucio Octavio, sólo su colega Cayo Aurelio Cotta ocupaba la silla curul. Fue Mamerco, príncipe del Senado, quien leyó la carta de Pompeyo a los silenciosos senadores, por ser un privilegio del que Sila no había privado al portavoz de la camara.

Y fue Lucio Licinio Lúculo, primer cónsul electo para el siguiente año, quien se puso en pie para replicar; su colega consular era el hermano mediano del cónsul en ejercicio Marco Aurelio Cotta, y ninguno de los Cottas deseaba contestar aquella carta escueta e incómoda.

– Padres conscriptos, acabáis de oír un informe militar más que la misiva amañada de un político.

– ¿Un informe militar? ¡Yo más bien diría que es una carta tan mal escrita como su autor es militarmente incompetente! -dijo Quinto Hortensio, cogiéndose la nariz como para protegerse de un hedor.

– ¡Ah, calla, Hortensio! -replicó Lúculo con gesto de hastío-. ¡No necesito que lo que voy a decir vaya acompañado de los ingeniosos comentarios de un militar de camilla! ¡Cuando saltes de tu camilla y dejes tus preciados pececitos para servir en las fuerzas de Quinto Sertorio, no sólo te cederé la palabra sino que echaré pétalos de rosa a tus regordetes pies planos! ¡ Pero hasta que tu espada sea tan afilada como tu lengua, métetela donde le corresponde… detrás de tus golosos dientes!

Hortensio puso cara avinagrada y no dijo nada más.

– No es la misiva amañada de un político. Ni se anda con contemplaciones con nosotros, los políticos. Por otra parte, tampoco se anda con contemplaciones con el autor. No es una carta llena de excusas, y lo que dice de batallas ganadas y perdidas lo corroboran completamente los despachos que regularmente hemos recibido de Quinto Cecilio Metelo Pío.

»Bien, yo no he estado en Hispania. Algunos de los que estáis aquí sentados sí que conocéis el país, pero a la mayoría os sucede lo que a mi: que no lo conocéis. En el pasado, la provincia Ulterior tuvo fama de ser un buen destino para un gobernador; una provincia rica, civilizada, pacífica, pero rodeada de bárbaros en dos fronteras, por lo que las guerras que decidían emprender los gobernadores solían desarrollarse sin dificultades. La provincia Citerior nunca ha tenido la misma fama. Los gobernadores hacen pocas ganancias y los indígenas siempre están sublevándose. Por consiguiente, el gobernador de la Hispania Citerior sólo podía aspirar a una magra bolsa y a no pocas complicaciones por parte de las tribus.

»Sin embargo, todo eso cambió con la llegada de Quinto Sertorio. El ya conocía Hispania debido a sus misiones por cuenta de Cayo Mario y por su tribunado militar con Tito Didio, durante el cual, quiero recordároslo, se ganó la corona de hierba siendo aún un muchacho. Y cuando este hombre notable y extraordinario volvió a Hispania como rebelde partidario de Mario, huyendo de las represalias, la provincia Citerior se volvió prácticamente ingobernable y la provincia Ulterior se hizo ingobernable al oeste del Betis. Como dice la carta de Cneo Pompeyo, al excelente gobernador de la Hispania Ulterior le costó casi tres años ganar una batalla contra uno de los partidarios de Sertorio, Hirtuleyo, no contra el propio Sertorio. Lo que la carta no nos reprocha es el hecho de que debido a las luchas internas en Italia hayamos dejado de nombrar gobernador para la Hispania Citerior casi dos años. ¡Eso, padres conscriptos, es como regalarle a Sertorio esa provincia!

Lúculo hizo una pausa para mirar la cara a Filipo, que estaba reclinado en su asiento, muy sonriente. A Lúculo le mortificaba estar haciendo el papel de Filipo, pero él era un hombre ecuánime y era mejor que lo dijese el cónsul electo que no aquel que hasta el más tonto de los senadores sabía ya que era el paniaguado de Pompeyo.

– Bien, padres conscriptos, encomendasteis la misión especial a Cneo Pompeyo; yo estaba gobernando la provincia de Africa y no pudisteis encontrar a nadie capaz de llevar a cabo la tarea de aplastar a Quinto Sertorio. Enviasteis a Cneo Pompeyo con seis legiones y mil quinientos soldados de caballería… las cifras que da Cneo Pompeyo en su carta, consideradas adecuadas para la empresa. ¡ Las cifras correctas!

»Si examinamos la hoja de servicios de Cneo Pompeyo, resulta impresionante. Y Pompeyo es lo bastante joven para ser flexible, adaptable a todas las cualidades que los hombres pierden con el entusiasmo juvenil. Contra cualquier otro enemigo de Roma, lo más probable es que seis legiones y mil quinientos soldados de caballería hubiesen bastado, pero Quinto Sertorio es un caso muy particular. No le hemos vuelto a ver desde la época de Cayo Mario, y yo personalmente le considero mejor general que Mario. Así pues, las primeras derrotas de Pompeyo no son de extrañar. Le abandonó la suerte y ya está. Porque se ha enfrentado a uno de los mejores estrategas que ha tenido Roma. ¿Acaso lo dudáis? ¡ Pues no lo dudéis porque es la verdad!

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