La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
Dos marineros que escaparon de la matanza con la ayuda de los rebeldes irlandeses, y que lograron huir a Escocia primero y a Flandes después, habían relatado sin ningún género de dudas el asesinato del duque y de su hijo. Según contaron, una brigada del ejército inglés había detenido al duque y a sus hombres mientras éstos vagaban por tierras irlandesas, después de ganar la costa a nado tras el naufragio. Sin hacer el menor caso a la calidad de don Alfonso, que trató de hacer valer su condición de noble ante el sheriff, obligaron a desnudarse a todos los españoles y los ahorcaron en una colina como a vulgares delincuentes.
Hernando no se hallaba presente la mañana en que el secretario de palacio, don Silvestre, dio lectura a la carta ante todos los hidalgos, tras haberlo hecho antes en privado frente a doña Lucía. Llevaba dos días acudiendo al alcázar de los reyes cristianos, solicitando audiencia al relator, al notario o al propio inquisidor, esperando a que alguno de ellos le recibiera. Tardó casi diez días en tener conocimiento de la detención de su madre por parte de la Inquisición, hecho del que supo cuando Juan Marco, el maestro tejedor, le mandó recado devolviéndole el dinero que cada mes le hacía llegar el morisco puesto que su madre no se presentaba a trabajar en el taller. Fue el mismo aprendiz que le llevó el dinero, tan sólo un niño, quien, en presencia de varios criados de palacio, le escupió la noticia con rencor:
– Tu madre invocó al Dios de los herejes al paso de los penitentes de la rogativa. -Las monedas escaparon de la mano de Hernando y cayeron al suelo produciendo un extraño tintineo. Sintió que le flaqueaban las piernas. ¡Le habría visto en la procesión! No podía ser otra cosa-. ¡Es una sacrílega! -afirmó el niño al cesar el ruido de los dineros.
Uno de los criados asintió a las palabras del muchacho:
– Merece la máxima pena que le pueda imponer el Santo Oficio: la hoguera será poco castigo para quien es capaz de blasfemar ante una sagrada procesión.
Lo más que consiguió Hernando de la Inquisición fue que aceptaran su dinero para la alimentación de Aisha, aunque poco imaginaba que ella había decidido no comer y que rechazaba las exiguas e infectas raciones que los carceleros arrojaban a su celda.
Don Esteban fue el primero en caer de rodillas cuando el secretario puso fin a la lectura de la carta del rey. Don Sancho se santiguó en repetidas ocasiones mientras otros hidalgos imitaban al viejo sargento de los tercios. El murmullo de oraciones inconexas empezó a asolar la estancia hasta que la voz potente del capellán se alzó por encima de éclass="underline"
– ¿Cómo iba Cristo a atender nuestras súplicas si al tiempo que nosotros rogábamos su intercesión, la madre de aquél a quien don Alfonso beneficiaba con su favor y amistad invocaba al falso dios de la secta de los musulmanes?
Doña Lucía, que hasta entonces había permanecido hundida en un sillón, alzó el rostro. Le temblaba el mentón.
– ¿De qué sirve una rogativa en la que se comete sacrilegio?
La duquesa desvió sus ojos llorosos hacia el hidalgo que acababa de expresarse en tales términos. En el momento en que asintió a sus palabras, otro de ellos se sumó al ataque contra Hernando.
– ¡Madre e hijo lo tenían preparado! Yo vi al morisco hacer una señal…
A partir de ahí, la corte de ociosos nobles se ensañó con Hernando.
– ¡Blasfemia!
– ¡Dios se ha sentido ofendido! -Por eso nos ha negado su gracia.
Los ojos de doña Lucía se cerraron en finas líneas. ¡No iba a permitir que el hijo de una sacrílega que había ultrajado la rogativa continuara viviendo en palacio y disfrutando del favor de quien ya no podía concedérselo!
Esa misma noche, cuando Hernando, ignorante de la muerte de don Alfonso, volvía derrotado del tribunal de la Inquisición tras esperar infructuosamente durante todo el día a que alguien le atendiese, el secretario le abordó en la misma puerta de palacio.
– Mañana por la mañana -le anunció don Silvestre- deberás abandonar esta casa. Así lo ha ordenado la duquesa. No eres digno de vivir bajo este techo. Su Excelencia, el duque de Monterreal, y su hijo han muerto defendiendo la causa del catolicismo.
El chasquido de las cadenas que unían sus tobillos cuando don Alfonso, herido, descargó su acero toledano sobre ellas junto a un riachuelo de las Alpujarras, resonó de nuevo en su cabeza. Hernando entornó los párpados. El duque, con su muerte, volvía a liberarle de una servidumbre a la que él no se atrevía a poner fin.
– Transmitidle mis condolencias a la duquesa -dijo.
– No creo que sea oportuno -se negó el secretario con acidez.
– Pues os equivocáis -replicó Hernando-. Quizá sean las únicas sinceras que vaya a recibir en esta casa.
– ¿Qué insinúas?
Hernando hizo un gesto al aire con la mano.
– ¿Qué puedo o no puedo llevarme? -inquirió.
– Tus ropas. La duquesa no quiere verlas. El caballo…
– El caballo y su equipo son míos. No necesito que nadie me permita llevármelos -dijo Hernando con firmeza-. En cuanto a mis escritos…
– ¿Qué escritos? -preguntó el secretario, con sorna.
Hernando exhaló un suspiro de fastidio. ¿Iban a humillarlo hasta el final?
– Lo sabéis bien -contestó-. Los que estoy preparando para el arzobispo de Granada.
– De acuerdo. Tuyos son.
Sentía la muerte de don Alfonso. Llegó a confiar en su pronto regreso. Apreciaba sinceramente al duque, que tanto había hecho por él, y en esos momentos también habría querido contar con su ayuda para que intercediera por su madre ante la Inquisición. Cien veces mencionó su nombre para ser recibido, pero poco parecían importarle al Santo Oficio las referencias a los nobles o grandes de España. ¡Nadie, cualquiera que fuere su calidad, estaba por encima de la Inquisición y podía presionar a sus miembros! Se dirigió deprisa hacia la torre del alminar donde tenía escondidos el evangelio de Bernabé y sus demás secretos. Silvestre era capaz de registrarle a su salida del palacio, así que decidió llevarse pocas cosas. Sacó la mano de oro de Fátima… La sostuvo en la palma de su mano unos instantes, tratando de recordar cómo brillaba allí donde nacían los pechos de su esposa, acompañándolos en sus movimientos; la joya se había oscurecido con la muerte de Fátima, pensó, igual que su vida. Por lo que respectaba a los libros y escritos, la decisión fue rápida: sólo se llevaría la copia en árabe del evangelio de Bernabé; todo lo demás, incluida la transcripción del evangelio que había realizado, sería destruido. El tratado de caligrafía de Ibn Muqla correría la misma suerte. No podía arriesgarse a que le pillaran y se lo sabía de memoria; las imágenes de las letras y los dibujos de sus proporciones aparecían ante sus ojos nada más acercar el cálamo al papel.
Por último volvió a sus aposentos y abrió el arcón para coger la bolsa en la que guardaba sus ahorros, pero no la encontró. Rebuscó entre sus pocas pertenencias. Se la habían robado. ¡Perros cristianos!, murmuró. Poco habían tardado en lanzarse a la rapiña, igual que en las Alpujarras. Sólo le quedaban los pocos dineros que llevaba encima.
Maldiciéndose por no haber puesto sus ahorros a buen recaudo, preparó un hatillo con sus ropas y escondió los pergaminos del evangelio entre sus escritos sobre el martirologio. Pasaban inadvertidos. Dejó la deslustrada mano de Fátima encima de las ropas: llevaría la joya escondida en su cuerpo. Por último se lavó para rezar. Luego, al poner fin a sus oraciones, se quedó parado en el centro del dormitorio, ¿qué haría a partir de entonces?
– Necesito dinero.
Pablo Coca no se inmutó ante las palabras de Hernando. La casa de tablaje estaba vacía; una esclava negra guineana limpiaba y ponía orden tras una noche de juego.
– Todos lo necesitamos, amigo -le contestó-. ¿Qué ha sucedido?
Hernando recordó a aquel niño que forzaba sus rasgos para conseguir mover el lóbulo de su oreja como hacía el Mariscal, y decidió confiar en él y contarle su situación. Evitó, no obstante, explicarle cómo esa misma mañana había logrado burlar la inspección a la que le sometió Silvestre.