La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
Varios días antes del 18 de octubre, festividad de San Lucas, los alguaciles de Córdoba fijaron carteles por toda la ciudad en los que se anunciaba la gran rogativa por el retorno de los navíos de la armada de los que todavía no se tenía noticia. ¡Aún faltaban setenta por llegar! Al mismo tiempo, pregoneros del cabildo municipal leyeron en los lugares más concurridos el bando por el que se convocaba a todos los cordobeses a acudir a la procesión, confesados y comulgados, cada cual con su cruz, su disciplina o su fuego. La comitiva debía salir de las puertas de la catedral, una hora después del mediodía, por lo que los cordobeses dedicaron la mañana a confesarse y comulgar como si fuese Jueves Santo.
En el palacio del duque de Monterreal, doña Lucía, sus hijas y su hijo pequeño se hallaban dispuestos, vestidos de negro riguroso, cada uno con un cirio en las manos. Los hidalgos y Hernando, también de negro, se procuraron hachones para acompañar a la rogativa y empezaron a reunirse en el salón de doña Lucía, a la espera del tañido de todas las campanas de la ciudad. El obispo había ordenado que tocaran hasta las de los conventos y ermitas de la sierra y lugares cercanos. Una macilenta doña Lucía, sentada junto a sus hijos, murmuraba oraciones al tiempo que pasaba las cuentas del rosario; los demás se hallaban sumidos en una tensa espera. Entonces apareció don Esteban, descalzo, desnudo de cintura para arriba, con sólo unos calzones y una gran cruz de madera sobre su hombro sano, se acercó a la duquesa y la saludó con una leve inclinación de cabeza. El viejo sargento impedido mostraba todavía un torso fuerte, surcado por numerosas cicatrices, algunas en forma de simples líneas en su piel, más o menos gruesas y mal cosidas; otras, como la que nacía de su hombro izquierdo, eran surcos que le atravesaban la espalda. Doña Lucía contestó al saludo del sargento, con los finos labios apretados y los ojos repentinamente humedecidos. Al instante, uno de los hidalgos salió de la estancia en busca de otra cruz que portar en la procesión. Los demás se miraron entre sí y al cabo siguieron los pasos del primero.
– Ahora, encomendándote a Dios, puedes volver a salvar la vida de don Alfonso. -Don Sancho se dirigió a Hernando por primera vez en mucho tiempo-. ¿O te da igual que muera?
¿Quería que muriese el duque? No. Hernando recordó los días en la tienda de Barrax y su huida. Era cristiano, pero era su amigo; quizá el único con quien podía contar en toda Córdoba. Además, ¿acaso no era él, Hernando, quien defendía la existencia de un único Dios, el Dios de Abraham? Siguió al hidalgo decidido a sufrir penitencia por don Alfonso. ¿Qué más daba ya todo? Sus hermanos en la fe ya estaban convencidos de su traición, nada de lo que hiciera podía empeorar el desprecio que sentían hacia él.
– ¿Cómo conseguimos ahora una cruz de madera? -oyó que preguntaba uno de los hidalgos-. No tenemos tiempo de…
– Sirven espadas, barras de hierro o simples maderos para atárnoslos por la espalda a los brazos extendidos. La cruz la formarán nuestros brazos -le interrumpió el que iba a su lado.
– O una penitencia -intervino otro-: un látigo o un cilicio.
No faltaban espadas en el palacio del duque. Sin embargo, Hernando recordó la gran y antigua cruz de madera que colgaba arrinconada en las cuadras. Según le había explicado el mozo, el duque decidió mudar el magnífico Cristo de bronce que presidía el altar de la capilla de palacio por una cruz trabajada en costosa madera de caoba traída de la isla de Cuba y la vieja, ya sin figura, fue a parar a los establos.
Era un día soleado pero frío. Al tañido de todas las campanas de la ciudad y de los lugares cercanos, la gran procesión rogativa salió de la catedral de Córdoba por la puerta de Santa Catalina: la rodeó en dirección al río, y cruzó bajo el puente entre el obispado y la catedral hasta el palacio del obispo, donde éste la bendijo desde el balcón. La procesión iba encabezada por el corregidor de la ciudad y el maestre de la catedral, a quienes seguían los veinticuatros y jurados del municipio provistos de sus pendones. Tras ellos, con los miembros del cabildo catedralicio, sacerdotes y beneficiados, iba el Santo Cristo del Punto en unas andas; los frailes de los numerosos conventos de la ciudad portaban pasos con imágenes de sus iglesias, algunas bajo palio. Más de dos mil personas con cirios o hachones encendidos en las manos, con doña Lucía y sus hijos al frente, consolados por los nobles que se habían hecho un sitio al lado de la familia del duque.
Y, por detrás de todos ellos, la procesión había congregado a cerca de un millar de penitentes. Cargado con su cruz, Hernando los observó mientras esperaban a ponerse en marcha. Igual que él, casi todos caminaban descalzos y con los torsos descubiertos. A su alrededor vio más hombres con cruces al hombro. Otros iban aspados: con los brazos en cruz, atados a espadas o hierros. Había penitentes con cilicios en piernas y cintura, hombres con los torsos envueltos en zarzas y ortigas, o con sogas en la garganta dispuestas para que otro penitente tirara de la cuerda durante el camino. Los murmullos de las oraciones de todos ellos resonaron en sus oídos y Hernando sintió un inquietante vacío interior. ¿Qué pensarían los moriscos que le viesen? Quizá entre tanta gente no llegaran a reconocerle y, en todo caso, se repitió, ¿qué importaba ya?
La procesión, con los cordobeses cayendo de rodillas a su paso, trazó el recorrido previsto por las calles de la ciudad en busca de iglesias y conventos. Cuando pasaba por algún templo de dimensiones suficientes, la rogativa cruzaba su interior, acompañada por los cánticos del coro. La fila era tan larga que la cabeza de la procesión quedaba a varias horas del paso de los penitentes. En los templos de menores dimensiones era recibida por la comunidad religiosa, que había salido a la calle con las imágenes, y entonaba misereres desde las puertas; las monjas lo hacían escondidas, desde los miradores de los conventos.
Había transcurrido un larguísimo trecho de una marcha que según el bando debía prolongarse hasta el anochecer, Hernando empezó a notar que el peso de la cruz sobre su hombro aumentaba de forma insoportable. ¿Por qué no se habría limitado a asparse como los demás hidalgos? Es más, ¿qué demonios hacía allí, destrozándose los pies, pisando los charcos de barro y sangre, rezando y cantando misereres? El viejo sargento de los tercios, por delante de él, empleando sólo su brazo útil, se encalló cuando el extremo de la cruz que arrastraba se introdujo en un hoyo de la calle. Aunque don Esteban tiró de la cruz, fue incapaz de extraerla del hoyo; los penitentes lo adelantaron, pero los que portaban cruces no pudieron hacerlo y se vieron obligados a detenerse. Un joven que presenciaba la procesión saltó de entre el público y levantó el extremo de la cruz. El sargento se volvió hacia él y se lo agradeció con una sonrisa. La rogativa continuó, con los dos portando la cruz. Tendrían que ayudarle también a él, temió Hernando al volver a iniciar la marcha haciendo un esfuerzo para tirar de los pesados maderos cruzados. ¡Le quedaba toda la tarde!
– Dios te salve María, llena de gracia, el Señor es contigo… -se sumó Hernando a los murmullos.
Ave Marías, padrenuestros, credos, salves… el murmullo de oraciones era incesante. ¿Qué hacía allí? Misereres cantados. Millares de velas, cirios y hachones. Incienso. Bendiciones. Santos e imágenes por doquier. Hombres y mujeres arrodillados a su paso, algunos gritando y suplicando con los brazos extendidos hacia el cielo en arrebatos místicos. Flagelantes con la espalda ensangrentada a su alrededor. De pronto se sintió fuera de lugar… ¡Él era musulmán!
Si la piadosa feligresía de Córdoba había sido convocada mediante anuncios y pregones, no lo fue así la comunidad morisca. Días antes de la festividad de San Lucas, párrocos, sacristanes y vicarios, jurados y alguaciles, echaron mano de los detallados censos de los cristianos nuevos y, casa por casa, los conminaron a que se presentaran en la rogativa. Como si se tratase de un domingo, el día de San Lucas, a primera hora de la mañana, con los censos en las manos, se apostaron en las puertas de las iglesias para comprobar que no faltaba ninguno a confesar y comulgar. Nadie podía permanecer en su casa; todos debían acudir a ver la procesión y a rezar por el retorno de los barcos de la gran armada que aún no habían arribado a puerto. ¡Toda España rogaba al unísono por su regreso!