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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Danton: Digamos que experimento ciertos sentimientos hacia su hija.

Señora Gély: ¿Por qué no dice claramente que está enamorado de ella?

Danton: Creo que eso es algo que uno no descubre hasta pasados unos años.

Gély: Debería casarse con una mujer más adecuada para usted.

Danton: Eso debo decidirlo yo, ¿no le parece?

Gély: Mi hija tiene quince años.

Danton: Y yo treinta y tres. La edad no constituye un impedimento.

Gély: Parece usted mayor.

Danton: No se casa conmigo por mi aspecto.

Gély: ¿Por qué no se casa con una viuda, con una mujer más experimentada?

Danton: ¿Experimentada? ¿En qué sentido? Si cree usted que tengo un gigantesco apetito sexual, debo confesarle que se trata de un mito. En realidad, soy muy normal.

Señora Gély: Le ruego que modere su lenguaje.

Danton: ¿Por qué no obliga a su esposa a salir de la habitación?

Gély: Me refería a una mujer que tuviera experiencia en criar a unos hijos, en ocuparse de su familia.

Danton: Mis hijos la quieren mucho. Lo mismo que Louise a ellos. Pregúnteselo usted mismo. Por otra parte, no quiero casarme con una mujer madura, deseo tener más hijos. Mi esposa enseñó a Louise a ser una excelente ama de casa.

Gély: Pero usted tiene muchas amistades, recibe a gente importante. Mi hija no sabría desenvolverse en ese ambiente.

Danton: Todo cuanto yo hago, a mis amigos les parece bien.

Señora Gély: Es usted el hombre más arrogante que he conocido jamás.

Danton: De todos modos, si teme que mis amigos no se sientan a gusto, puede usted bajar y ayudar a su hija. Suponiendo que esté capacitada para ello. Si Louise lo desea, puede disponer de un ejército de sirvientes. Nos mudaremos a una vivienda más grande. No sé por qué he permanecido en ésta; supongo que por inercia. Soy un hombre rico. Puedo satisfacer todos los caprichos de Louise. Sus hijos heredarán la parte que les corresponda de mi patrimonio, lo mismo que los hijos de mi primera esposa.

Gély: Louise no está en venta.

Danton: Podrá hasta disponer de una capilla privada y de un sacerdote, siempre y cuando éste sea leal a la constitución.

Louise: Le advierto que no me casaré con usted en una ceremonia civil, señor.

Danton: ¿Cómo dices, amor mío?

Louise: Bueno, no me importa celebrar esa estúpida ceremonia en el Ayuntamiento. Pero quiero una boda por la Iglesia, oficiada por un sacerdote que no haya pronunciado ese ridículo juramento.

Danton: ¿Por qué?

Louise: Porque de lo contrario no estaríamos casados. Viviríamos en pecado, y nuestros hijos serían ilegítimos.

Danton: No seas boba. ¿Aún no sabes que Dios es un revolucionario?

Louise: Insisto en que nos case un auténtico sacerdote.

Danton: ¿Sabes lo que me pides?

Louise: De otro modo, me niego a casarme con usted.

Danton: Reflexiona.

Louise: Deseo hacer lo correcto.

Danton: Cuando seas mi esposa harás lo que yo diga, de modo que ya puedes empezar a obedecerme.

Louise: Es la única condición que le impongo.

Danton: No estoy acostumbrado a que me impongan condiciones, Louise.

Louise: Pues ya puede irse acostumbrando.

Tras haber fracasado en su ofensiva contra Marat, los diputados girondinos establecen otro comité para investigar a las personas que -según dicen- tratan de manipular la autoridad de la Convención Nacional. Al cabo de unos días, dicho comité arresta a Hébert. La presión de las Secciones y de la Comuna fuerza su liberación. El 29 de mayo, el comité central de las Secciones inicia una «sesión permanente», término que pone de relieve la crisis por la que atraviesa el país. El 31 de mayo suena el toque a rebato a las tres de la mañana y cierran las puertas de la ciudad.

Robespierre:

– Invito al pueblo a manifestarse dentro de la misma Convención y a expulsar a los diputados corruptos… Afirmo que he recibido del pueblo la misión de defender sus derechos, y considero mi opresor a cualquiera que me interrumpa o me impida hablar, y que dirigiré una revuelta contra el presidente y todos los miembros de la cámara que traten de silenciarme. Asimismo, me comprometo a castigar personalmente a los traidores, y a considerar a todo conspirador como mi enemigo personal…

Isnard, un girondino, presidente de la Convención:

– En caso de producirse un ataque contra los representantes de la nación, declaro en nombre de todo el país que París será totalmente destruida. La gente tendrá que rastrear las orillas del Sena para averiguar si París existió alguna vez.

– Últimamente la gente no se atreve a dormir en su casa -dijo Buzot-. Tienen miedo. ¿Has pensado en marcharte?

– No -respondió Manon-. No lo he pensado.

– Tienes una hija.

Manon apoyó la cabeza en el cojín, mostrando su blanco y delicado cuello, y cerró los ojos.

– No puedo permitir que eso influya en mis decisiones -contestó.

– La mayoría de las mujeres no opinarían como tú.

– Yo no soy como la mayoría de las mujeres. Lo sabes de sobra -replicó Manon, abriendo los ojos-. ¿Crees acaso que no tengo sentimientos? Te equivocas. Pero existen otras cosas más importantes que mis sentimientos. Me niego a abandonar París.

– Las Secciones se han sublevado.

– ¿Tienes miedo?

– Me avergüenza que las cosas hayan llegado a este extremo después de todos nuestros esfuerzos y esperanzas.

Tras haberse disipado el momento de languidez, Manon se incorporó y exclamó con vehemencia:

– ¡No te rindas! No hables de ese modo. Contamos con la mayoría en la Convención. Robespierre no puede hacer nada contra nosotros.

– No subestimes a Robespierre.

– Me arrepiento de haberle ofrecido mi casa para ocultarse durante los acontecimientos del Campo de Marte. Yo le apreciaba. Lo consideraba la ciudadela de todo cuanto era lógico, razonable y decente.

– Eres la única persona a la que ha conseguido engañar -respondió Buzot-. Robespierre jamás ha olvidado el daño que ha causado a sus amigos, ni los favores que ha recibido de ellos, ni el talento que poseen algunos. Te has equivocado, amor mío, debiste ofrecerle la mano a Danton.

– Ese canalla me repele.

– No me refería en un sentido literal.

– ¿Quieres que te diga lo que piensa Danton? Al parecer, ninguno os habéis dado cuenta. A sus ojos, mi marido, Brissot, todos vosotros no sois más que una pandilla de afectados y trasnochados intelectuales. Para él, los auténticos hombres son unos cínicos, unos brutos, unos carnívoros, unos hombres que destruyen por el puro placer de destruir. Por eso os desprecia.

– No, Manon, te equivocas. Nos ofreció negociar. Nos ofreció una tregua. Nosotros rechazamos su propuesta.

– Sabes que es imposible negociar con él. Él siempre impone las condiciones y te obliga a aceptarlas. Al final siempre se sale con la suya.

– Es posible que tengas razón. De todos modos, ¿qué podemos hacer? En cuanto a nosotros, Manon… no nos queda nada.

– Si no nos queda nada -contestó ella-, Danton no podrá arrebatárnoslo.

Estallaron violentas manifestaciones frente a la Convención. Algunos delegados de las Secciones, portando la lista de los diputados que debían ser expulsados y proscritos, penetraron en el interior. Sin embargo, la mayoría no se daba por vencida. Robespierre, blanco como la cera, apoyado en la tribuna, se detenía entre cada frase para recuperar el aliento. Vergniaud le gritó: «¡Acaba de una vez!», a lo que Robespierre le espetó: «Sí, acabaré contigo.»

Dos días más tarde, una inmensa muchedumbre, en su mayoría armada, compuesta por unas ochenta mil personas, rodeó la Convención; en las primeras filas estaban los guardias nacionales, con las bayonetas caladas y un cañón. La gente exigía la expulsión de veintinueve diputados. Entre ellos se encontraban Buzot, Vergniaud, Pétion, Louvet y Brissot. Al parecer, los guardias y los sansculottes se proponían encarcelar a los diputados hasta que éstos capitularan. Hérault de Séchelles, que aquel día presidía la sesión, condujo a un grupo de diputados al exterior, confiando con ese gesto apaciguar los ánimos. Los guardias permanecían junto al cañón, listos para abrir fuego. Su comandante, montado a caballo, arengó al presidente de la Convención. Hérault trató de hacerle comprender que era un patriota, a lo que el comandante replicó que no podía contener a la multitud.

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