Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3) - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
1 ... 162 163 164 165 166 167 168 169 170 ... 293
Перейти на страницу:

Finalmente vio lo que buscaba: las tiendas de los oficiales. Aunque no se habían tomado la molestia de izar sus banderas, se distinguían por su tamaño. Fuera de la mayor de ellas se había colocado una mesa cerca de una rugiente hoguera en la que se asaba carne. Un círculo de faroles colocados sobre postes iluminaban a los allí congregados.

Al aproximarse vio a un hombretón sentado con los pies encima de la mesa, que chillaba:

— … y ahora mismo, o te cortaré la cabeza! ¡Que esté lleno! ¡Tráeme un barril lleno o clavaré tu cabeza en una pica!

Cuando el soldado salió disparado, los hombres sentados a la mesa estallaron en carcajadas.

Kahlan detuvo el enorme caballo de guerra justo al borde de la mesa. Entonces observó en silencio a la media docena de hombres sentados. Cuatro eran oficiales de D’Hara, uno de los cuales era el de los pies encima de la mesa, otro era un oficial de Kelton ataviado con un elegante uniforme desabrochado que dejaba a la vista una mugrienta camisa manchada de vino y jugos de carne, y el último era un hombre vestido con una sencilla túnica color canela.

El hombre que tenía los pies encima de la mesa se cortó una larga tira de carne de un hueso usando un cuchillo de grandes dimensiones. A continuación arrojó por encima del hombro el hueso a un grupo de perros de fiero aspecto. Entonces desgarró la tira de carne con los dientes y señaló con el cuchillo hacia la derecha, al joven vestido con sencillez, mientras tomaba un sorbo de cerveza para ayudarse a tragar. Pese a tener la boca llena, habló:

— El mago Slagol ya me dijo que le parecía oler a una Confesora. Por cierto, ¿y tu mago? —El hombretón la miraba con los ojos inyectados en sangre. Todos rieron con él. La cerveza le corría por su espesa barba blonda—. ¿Has traído algo de bebida, Confesora? Casi se nos ha acabado. ¿No? Bueno, no importa. —Con el cuchillo señaló al oficial kelta y añadió—: Karsh dice que hay una bonita ciudad a más o menos un semana de marcha, en un valle, y después de darnos la bienvenida y jurarnos lealtad estoy seguro que tendrán algo de cerveza para remojar unas gargantas secas.

Kahlan entrecerró los ojos en dirección al mago. Era por él por lo que estaba allí. Fríamente calculó si podría saltar del caballo y tocarlo con su poder antes de que ese enorme cuchillo lo impidiera. El hombre que lo blandía no parecía ser de reacciones rápidas. Pero se dio cuenta de que tenía muy pocas probabilidades de lograrlo. Ella estaba dispuesta a dar la vida para eliminar al mago, pero solamente si podía estar razonablemente segura del éxito.

Era por él por quien había ido al campamento. El mago era los ojos de ese ejército; veía cosas antes que los demás y asimismo cosas que ellos no podían ver, por ejemplo, ella misma. Y los d’haranianos temían todo lo relacionado con la magia y los espíritus. El mago era su defensa contra ello.

La mirada de Kahlan se apartó de los ojos hundidos del hechicero y de su lasciva sonrisa de borracho para fijarse en lo que estaba haciendo con las manos. Tallaba algo. Delante de él, sobre la mesa, vio un montón de virutas. La mujer recordó las pilas de virutas de madera que había visto fuera de las alcobas de las muchachas en el palacio real de Ebinissia.

El mago agitó lo que había tallado. Fue entonces cuando Kahlan se dio cuenta de lo que era: un falo de tamaño exagerado. La sonrisa del nigromante se hizo más amplia.

El hombre del cuchillo señaló con él al mago y dijo:

— Slagol tiene algo para ti, Confesora. Lleva dos horas trabajado en ello, desde que supo que te acercabas para hacernos una visita. —El hombretón hizo un débil intento por reprimirse, pero al fin estalló en carcajadas.

Dos horas. Acababa de revelarle los límites del poder de ese hechicero. Hacía cuatro horas que se había alejado de los galeanos, pero se había pasado casi una en las crestas, preparándose. Eso significaba que los jóvenes soldados de Galea aún no estaban lo suficientemente cerca para que el mago los descubriera, pero únicamente los salvaba un estrecho margen. Si se acercaban un poco más, el mago los percibiría y arruinaría todos sus planes de atacar por sorpresa.

Kahlan esperó que las carcajadas del d’haraniano cesaran antes de replicar:

— Me habéis puesto en desventaja.

— Aún no. ¡Pero lo estarás! —Los hombres rugieron y rieron de nuevo.

Cada latido del corazón retornaba a Kahlan la calma. Se echó la capucha hacia atrás y puso cara de Confesora.

— ¿Cómo te llamas, soldado?

— ¡Soldado! —El hombretón se impulsó bruscamente hacia adelante y clavó el cuchillo en la mesa—. No soy ningún soldado. Estás hablando con el general Riggs, comandante supremo de todas las tropas. Todos nuestros hombres, los de antes y los recién incorporados, me obedecen.

— ¿Y en nombre de quién luchas, general Riggs?

— ¡Vaya pregunta! —exclamó, abarcando con un gesto de la mano a todos—. La Orden Imperial está en guerra para defender a todos quienes se unan a nosotros. Hemos declarado la guerra a todos los opresores. Quien no está con nosotros, está contra nosotros y será aplastado. Luchamos por imponer el orden.

»Todos aquellos que se unan a la Orden Imperial hallarán protección y a su vez contribuirán a defender la Orden. Los países que nos planten cara serán arrasados. Luchamos por imponer un nuevo orden: el Orden Imperial. Estos hombres someterán a todos los países, y yo soy su comandante.

Kahlan frunció el entrecejo, tratando de comprender lo que oía.

— Soy la Madre Confesora y yo gobierno en la Tierra Central, no tú.

— ¿La Madre Confesora? —El oficial dio un manotazo al mago en la espalda—. No me dijiste que fuera la Madre Confesora. Bueno, no te pareces a ninguna madre que haya visto antes, pero puedes estar segura de que después de esta noche serás madre. Te doy mi palabra. —El hombre se rió a carcajadas.

— Rahl el Oscuro ha muerto. —Las palabras de Kahlan acallaron las risas—. El nuevo lord Rahl ha puesto fin a la guerra y ha ordenado el regreso a casa de todas las tropas de D’Hara.

— Rahl el Oscuro era un hombre falto de previsión —sentenció el general Riggs, poniéndose de pie—. Le importaba demasiado la antigua magia y se despreocupaba del orden. Estaba obsesionado con sus propias búsquedas, sus antiguas religiones. Hasta que sea erradicada, la magia debe estar al servicio de los hombres, no a la inversa.

»Rahl el Oscuro perdió su oportunidad. Pero nosotros no fracasaremos. El mismo Rahl el Oscuro, desde el inframundo, lo sabe y se arrepiente. Ahora es aliado de nuestra lucha. ¡Los buenos espíritus así lo han declarado! Ya no nos inclinamos ante la casa de Rahl sino que es ella, al igual que todas las casas reinantes, todos los países y todas las aldeas, la que se inclina ante nosotros. El nuevo lord Rahl deberá unirse a nosotros o lo aplastaremos. A él y a todos los perros infieles que lo sigan. ¡Destruiremos a todos los perros infieles!

— En otras palabras, general, sólo luchas por ti mismo. Tu único propósito es asesinar.

— ¡No lucho por mí mismo! Me mueve un propósito mucho más grande que la ambición de un solo hombre. Ofrecemos a todos la oportunidad de que se unan a nosotros. Si no aceptan, es porque están aliados con nuestros enemigos y debemos matarlos. Es inútil tratar de explicar cuestiones de estado y derecho a una mujer. Las mujeres no sirven para gobernar.

— Los hombres no tienen la exclusiva de ello, general.

— Es una blasfemia que los hombres se dobleguen ante una mujer en busca de protección. Un hombre como es debido tratará de meterse bajo las faldas de una mujer, no esconderse detrás de ellas. Las mujeres son el descanso y el solaz del guerrero varón que impone su voluntad por la fuerza. Los hombres dictan las leyes y las hacen cumplir. Son el sostén y la protección de las hembras.

»A todos los reyes y los patricios se les ofrecerá la oportunidad de unirse a nosotros para poner a su tierra y a sus súbditos bajo nuestra protección. Y a todas las reinas se les ofrecerá la oportunidad de vender su mercancía en un burdel, o tal vez casarse con un humilde campesino que no sea dueño ni de las tierras que cultiva. De un modo u otro, por fin servirán para algo.

1 ... 162 163 164 165 166 167 168 169 170 ... 293
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)