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El Destino del Corazón

Электронная книга - «El Destino del Corazón». Краткое содержание книги:

Sí, Annie, tu príncipe azul existe…
Sola y embarazada de seis meses, Annie Torres ya no creía que ningún caballero andante fuera a acudir en su ayuda. Por eso cuando aquel día se desmayó, lo último que esperaba era caer en los brazos del hombre más guapo que había visto en su vida… el doctor Matt Allman. Y menos aún que su generoso salvador le ofreciera un empleo e insistiera en que viviera en la mansión de su familia. Con todas aquellas atenciones, de pronto la independiente Annie no sabía cómo podría arreglárselas sola. De la noche a la mañana, su increíble jefe se había convertido en la personificación de todos los sueños que durante tanto tiempo se había negado a sí misma.
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Matt la miró con incredulidad, sin poder aceptar lo que estaba oyendo.

– Recuerdo cuando había gente acampando aquí. Ya no está permitido. Ahora tienen que acampar cerca de las vías del tren. En un campamento del gobierno -dijo mirándola con cariño-. Recuerdo ver a esas personas, pero pensaba que casi todas eran gitanos.

– Había algunos, conocía a muchos de ellos -dijo ella con una sonrisa dulce.

– Pero tú no eres gitana.

– No. Mi madre era hispana y mi padre… -dijo sin terminar la frase.

– ¿Sí?

– No importa. Mi padre nunca estuvo presente. Él no cuenta -explicó quitándole importancia.

Un rastro de dolor atravesó la cara de Matt y ella se preguntó por qué sus palabras tenían esa reacción en él. Al momento, cambió de expresión y se acercó a donde ella estaba, en el centro del puente. Se apoyaron en la barandilla para observar el pequeño riachuelo.

– ¡Qué pena que el agua no dure en el verano! -dijo Matt-. Es un río bastante importante en primavera.

– Sí, me acuerdo. Algunos veranos sí que había caudal suficiente. Supongo que eran los años de las inundaciones.

Miró alrededor tratando de ubicarse y recordar dónde acamparon la última vez, cuando ella tenía trece años. Había sido junto a la caseta con los baños y una sala multiusos. Algunos veranos, el Ayuntamiento organizaba allí manualidades para los niños. Disfrutaba mucho con ellas. Durante un segundo le pareció oír el eco de las voces infantiles entre los árboles. Había sido divertido, como un campamento de verdad que duraba todo el verano. Había muchos niños allí y poco tiempo para el aburrimiento.

– Estás sonriendo -le dijo Matt-. ¿Tienes buenos recuerdos?

– Buenos y malos -dijo ella mirándolo-. Los buenos son de cuando era pequeña. Pero años después no pude evitar sentir vergüenza por tener que vivir aquí.

– ¿Por qué veníais aquí? ¿Dónde estabais el resto del año? -le preguntó.

A Annie le gustó ver interés en los ojos de Matt y decidió que no era mala idea contarle su historia. Sería como quitarse un peso de encima.

– Verás. Mi madre, Marina Torres, era hija de jornaleros. Era una joven muy guapa que quería salir de esa vida y conocer mundo, viajar y valerse por sí misma. Comenzó trabajando como asistenta en el rancho de una familia adinerada. Fue su gran oportunidad. Le pagaban bastante y la trataban bien. Creyó que estaba en el buen camino. Estaba ahorrando para poder ir a Dallas a estudiar.

– Bien pensado.

– Sí, pero, por desgracia, había un apuesto joven en esa familia que la rondaba. Se enamoró de él y acabó sin trabajo, sin amor y sin futuro. Sólo conmigo.

– ¿Qué pasó? -preguntó asombrado-. ¿Consiguió ayuda del padre?

Annie apartó la mirada y se quedó hipnotizada observando las colinas del parque.

– ¿Sabes qué? Ni siquiera sé si lo intentó. Nunca me lo dijo. Dejó el trabajo y se esfumó un tiempo hasta que nací. Desde entonces, conmigo a cuestas, fue muy complicado para ella encontrar otro buen empleo. Su vida fue de mal en peor desde entonces. Trabajó como limpiadora, camarera… un poco de todo. Durante un tiempo vivimos en una habitación de una clínica veterinaria porque había conseguido trabajo paseando a los perros. Siempre nos estábamos mudando de un sitio a otro. Pero casi todos los veranos los pasábamos aquí.

– ¿Por qué?

Annie dudó un momento. No podía contestar sin desvelar su secreto.

– Supongo que quiso darme un poco de sentido de hogar. Éramos los mismos los que volvíamos aquí cada verano. Así empezó la tradición -dijo ella sin contar que era la cercanía con su padre el principal motivo-. Este era el único lugar seguro en un mundo que era muy hostil con nosotras.

– Así que ver este parque te hace recordar tu infancia.

– Sí, es más que eso. Es como vivirlo todo de nuevo.

Intentó decir algo perspicaz y alegre para dejar el terna y volver al coche, pero no pudo. Estaba siendo honesta con Matt, aunque le dolía, y no podía parar.

– Crecí odiando nuestra forma de vivir. Me prometí que nunca" acabaría como mi madre. Que yo lo haría mejor -dijo riendo con amargura-. Y mírame. Es patético. He acabado como ella.

Sus palabras hicieron que Matt se rebelara. La tomó por los hombros para obligarla a mirarlo.

– Tú no has acabado de ninguna forma, todo lo contrario. Eres joven y estás empezando. Esto no es como la vida de tu madre.

Annie se sorprendió al ver cuánto le importaba a Matt todo aquello, al ver fuego en su mirada.

– No es distinto. Estoy cometiendo los mismos errores. Es como si estuviera destinada a repetir su historia -dijo intentando hacerle entender-. ¿No lo ves? Por eso creo que sería mejor dar este bebé a una buena pareja. Tengo que intentar cambiar el rumbo de mi destino.

– No vas a revivir su historia -protestó él con gran seguridad-. Tú tienes a alguien que te ayudará a que no pases por lo mismo.

– ¿Quién? -preguntó atónita.

– Yo.

Sabía que iba a decirle eso, pero no lo creía.

– Pero Matt, ¿quién soy yo para ti? ¿Por qué harías eso por mí?

Se quedó mirándola, sin poder o sin querer darle una respuesta.

– Tengo mis propias razones -dijo finalmente mientras se volvía de nuevo hacia el coche.

Annie lo siguió, decidida a conseguir una respuesta más convincente, pero tropezó con una madera del puente que estaba medio levantada. Matt se volvió justo a tiempo para agarrarla.

– ¡Aaaah! -gritó ella.

Sus brazos la rodeaban. Estaban muy cerca, más de lo necesario. Annie sentía con claridad los fuertes músculos de sus brazos y su torso.

– ¿Tú de nuevo por aquí? -le dijo Matt con media sonrisa-. Siempre cayendo en mis brazos, ¿eh?

Pero de pronto su mirada cambió. Pasó de cómica a. intensa y Annie dejó de respirar. De repente fue consciente de cómo sus pechos tocaban el torso de Matt. Ambos eran conscientes de ello. Sabía que iba a besarla. Estaba segura. Debería haberse apartado para evitarlo, pero no pudo moverse. Se dio cuenta de que quería que ocurriera.

Deseaba su protección y agradecía su ayuda. Pero había mucho más. Había electricidad, deseo y misterio entre ellos. Sólo un beso podía sellar el momento. Levantó la cara hacia él y separó los labios. Vio cómo los ojos de Matt respondían a su gesto. Él también la deseaba. Annie no podía respirar.

Pero no pasó. Despacio, Matt se separó de ella y se deshizo de su abrazo. Miró el reloj sin disimulo.

– ¡Vaya! Es tarde y tengo una reunión -dijo mientras se dirigía hacia el coche.

Annie comenzó a andar de manera automática, sin pensar en lo que hacía. Matt estaba charlando y comentando cosas, pero ella no podía oír nada de lo que le estaba diciendo. Tenía la cara colorada y el pulso aún acelerado. No podía creer que no la hubiese besado. Se había ofrecido a él y Matt la había rechazado. Debería sentirse agradecida con él por cumplir su promesa pero, por dentro, estaba furiosa.

La tarde pasó lentamente. Fue duro volver a pensar en archivos cuando lo único que quería era una explicación de Matt. Quería saberlo, pero no podía preguntar. En el fondo, sabía que quería más que una explicación; quería ese beso que había quedado en el aire.

La reunión fue breve y Matt pasó en el despacho las siguientes dos horas. Cada vez que levantaba la vista allí estaba él, y su corazón temblaba. Se convenció de que se sentía así porque estaba furiosa con él. No estaba dispuesta a dejarse manejar por ningún hombre. Nadie iba a tomar las riendas de su destino. Ella estaba a cargo de todo y nadie le iba a decir lo que tenía que hacer.

Claro que Annie no podía culparlo de estar intentando conquistarla ni mucho menos. Su actitud estaba siendo meramente profesional. Casi demasiado fría y distante. Tanto que Annie pensó que en cualquier momento comenzaría a llamarla señorita Torres y a tratarla de usted.

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