Seducida por el millonario
- Автор: Mallery Susan
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Seducida por el millonario». Краткое содержание книги:
Consiguió que Annie se hiciera pasar por su amante, pero ahora necesitaba que lo fuera en la vida real. ¿Lograría el ejecutivo gruñón desplegar el encanto necesario para seducir a la mujer a la que casi había destruido?
– ¿Por qué? ¿Porque en tu mundo los matrimonios duran para siempre?
– Claro que sí -Annie parecía sorprendida-. Mi padre murió cuando yo era muy joven y mi madre hablaba de él todo el tiempo. Hizo que fuese real para Tim y para mí. Era como si no hubiera muerto… como si se hubiera ido de viaje. Y cuando enfermó nos dijo que no nos pusiéramos tristes porque iba a volver con mi padre, que era lo que quería de verdad.
– Ese tipo de amor no existe.
– No todas las mujeres son como Valentina.
– ¿Tú has encontrado al hombre de tus sueños?
– No -Annie se encogió de hombros-. Siempre me enamoro del hombre equivocado. Aún no sé por qué, pero ya lo averiguaré.
Era exageradamente optimista, pensó él.
– ¿Cuántas veces te han roto el corazón?
– Dos.
– ¿Y por qué crees que la próxima vez será diferente?
– ¿Y por qué no va a serlo?
Porque estar enamorado significaba ser vulnerable.
– ¿Le darías todo a un hombre, sólo para que él se aprovechara y luego te dejase plantada? La vida es una pelea… mejor ganar que perder.
– ¿Son las únicas opciones? ¿Qué tal si ganan los dos? ¿Es que no enseñan eso en la escuela de negocios?
– Tal vez. Pero no en la escuela de la vida -contesto Duncan, apretando los puños sin darse cuenta.
Annie tomó su mano entonces e intentó abrir el puño.
– Debe ser muy frustrante saber que no puedes usar esto para salir de todas las situaciones.
– Lo es, sí.
Ella no sabía mucho sobre la ex mujer de Duncan, aparte de lo que Cameron le había contado, pero ahora lo entendía todo. Valentina le había hecho más daño del que quería admitir. Había destrozado su confianza en el amor, en los demás. Para un hombre acostumbrado a usar la fuerza física cuando se le acorralaba, la situación debió ser devastadora. Duncan le había entregado el corazón, tal vez por primera vez en su vida, sólo para que esa mujer se lo rompiera.
– ¿No ha habido nadie importante en tu vida después de Valentina?
– Ha habido alguna que lo ha intentado -contestó él.
– Pues tarde o temprano tendrás que volver a confiar en alguien. ¿No quieres formar una familia?
– Aún no lo he decidido.
Annie sacudió la cabeza.
– Ironías de la vida. A mí me encantaría encontrar a alguien, casarme y tener hijos. La cuestión es que no he encontrado a nadie a quien le parezca atractiva en ese sentido. Tú, por otro lado, tienes mujeres pegándose por ti, pero no estás interesado -le dijo, mirando sus ojos grises-. Pero no deberías rendirte, Duncan.
– No creo que necesite tus consejos.
– Te debo algo por el congelador.
– La pizza es suficiente.
– Muy bien. ¿Quieres buscar una película violenta en televisión mientras yo la meto en el horno?
– De acuerdo -tuvo que sonreír él.
Annie lo vio salir de la cocina y contuvo un suspiro.
Conocer su pasado explicaba muchas cosas. Pero de lo que Duncan no parecía darse cuenta era de que bajo ese duro exterior había una buena persona. Él no querría ni oírlo, claro. Pero lo era.
¿Cómo habría sido antes de Valentina? Un hombre fuerte, dispuesto a confiar en los demás y a entregar su corazón, imaginó. ¿Podía haber algo mejor?
Sus pensamientos fueron interrumpidos por el timbre del horno y Annie colocó la pizza en una bandeja.
¿La ex de Duncan lamentaría haberlo dejado?, se preguntó. ¿Se habría dado cuenta de lo que había perdido? No la conocía, de modo que no podía saberlo. Sólo sabía que si ella tuviera la oportunidad de estar con Duncan se agarraría a ella con las dos manos y no la dejaría escapar.
La fiesta de Navidad de los empleados de Industrias Patrick fue un completo desastre. Annie odiaba ser crítica, pero era imposible no darse cuenta de los incómodos silencios, las miradas entre unos y otros y las risas falsas de los nerviosos empleados.
Era evidente el miedo que le tenían a Duncan. Nadie comía o bebía y casi todos miraban el reloj, desesperados por marcharse.
– Una fiesta interesante -murmuró, en la puerta del salón del hotel. Aunque le parecía bien que Duncan quisiera saludar a todo el mundo, su presencia no estaba ayudando nada. Era un muy poderoso y relajarse con él era difícil.
– Estas cosas son siempre aburridas.
– Tal vez si hubiera música…
– Tal vez -Duncan miró por encima de su cabeza-. Ahí está Tom, de contabilidad. Tengo que hablar con él, vuelvo enseguida.
Annie se escondió tras una enorme planta y sacó el móvil para llamar a su casa. Jenny contestó de inmediato.
– ¿Podrías traerme la máquina de karaoke? Pídele a Kami que te ayude.
– ¿Para qué la quieres?
– Estoy en una fiesta que necesita ayuda urgente.
Annie le dio el nombre del hotel.
– Ah, qué elegante -dijo Jenny.
– Sí, pero la fiesta es un desastre. Daos prisa.
– Muy bien, tú toma una copa de vino.
– No sé si eso me ayudará -suspiró Annie, guardando el móvil en el bolso.
Al otro lado del salón, Duncan estaba charlando con un grupo de hombres. Probablemente ejecutivos, pensó.
Tres noches atrás, se había marchado antes de que la pizza se calentase, arguyendo que tenía que trabajar. Y seguramente era cierto. El trabajo era un escape para él y lo entendía. Aunque ella no trabajaba tantas horas, era una experta en no examinar sus problemas. Sus primas y Kami la mantenían ocupada, por no hablar de los proyectos del colegio. Si estaba todo el día corriendo, no tenía que pensar que hacía seis meses que no salía con nadie, por ejemplo. Sin contar a Duncan, claro.
Después de las navidades, se prometió a sí misma. Entonces empezaría a salir otra vez y buscaría a alguien que la viese como algo más que una hermana o una amiga.
Tim había dicho que iba a presentarle a un par de amigos… aunque eso había sido antes de que ingresara en la clínica. Se preguntó entonces si seguiría enfadado con ella. Como no podía hablar por teléfono con él o ir a visitarlo durante las primeras semanas, no tenía forma de saberlo.
Durante los primeros veinte minutos, Annie tomó su copa de vino e intentó hablar con la gente, pero todos estaban demasiado tensos como para contestar con algo más que monosílabos. Hasta que, por fin, aparecieron Jenny y Kami con la máquina de karaoke.
– He traído canciones de los ochenta -dijo Jenny mientras la ayudaba a enchufarla-. Me imaginaba que la gente de la fiesta sería muy mayor.
– Qué bonito. No lo dirás en serio, ¿verdad?
– Tú te lo tomas todo en serio. Claro que estoy de broma, tonta. He puesto música navideña -Jenny miró alrededor-. ¿Pero cómo vas a hacer que canten?
– He decidido sacrificarme a mí misma.
Kami hizo una mueca.
– Tim no te merece.
– Dímelo a mí.
Cuando la música empezó a sonar, todos se volvieron para mirarlas. Habían elegido Jingle Bell Rock. Tal vez esa canción lograría hacer que entrasen en el espíritu navideño.
– Buena suerte -dijo Kami.
Annie tomó el micrófono y empezó a cantar. Tenía una voz modesta, por decir algo. Suave, sin muchos registros, pero alguien tenía que salvar aquella fiesta. De modo que intentó no pensar en el temblor de su voz o en el calor que sentía en la cara.
Jenny y Kami se unieron valientemente a ella y luego una pareja que estaba al fondo del salón se apuntó también. Unos cuantos más se atrevieron entonces con el estribillo y en la tercera ronda la mayoría de la gente estaba cantando.
Un par de chicas decidieron tomar el micrófono y cuando terminaron de cantar había una cola esperando. Annie suspiró, agradecida, y se terminó la copa de vino de un solo trago.
Aún estaba temblando. La buena noticia era que los empleados de Duncan habían empezado a charlar y a pasarlo bien.
– Has cantado -dijo él.
– Lo sé.