Última Oportunidad
- Автор: Кларк Мэри Хиггинс, Clark Carol Higins
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Última Oportunidad». Краткое содержание книги:
Cuando Dennis se marchó, Billy dijo:
– ¿Propinas navideñas? De eso nada. Lo que pasa es que quiere estar cerca por si surge algún problema.
– Ya. ¿Vas a ver si duermes un poco, Billy? No olvides que esta noche tenemos otros dos pases.
– De momento miraré si tengo mensajes. Había quedado con un par de amigos para comer juntos esta semana.
Nor se dispuso a ponerse la chaqueta.
– Oír el mensaje de Kramer es la razón de que estemos en este lío. Una cosa habría sido impedir el incendio, pero la perspectiva de testificar contra esos dos me da miedo.
– Pero recuerda que ellos no saben que les oímos -dijo Billy poniendo en funcionamiento su contestador.
Sterling meneó la cabeza pensando en Charlie Santoli. A lo mejor, se dijo, no menciona que vio a Nor y a Billy. Pero teniendo en cuenta lo que ya sabía de los acontecimientos futuros, Sterling estaba seguro de que algo iría mal.
«Tiene dos mensajes nuevos», dijo la voz.
El primero era de un amigo que estaba organizando una comida para el día siguiente. «No hace falta que me llames, a no ser que mañana no te vaya bien.» El segundo era del ejecutivo de la discográfica que le había ofrecido un contrato.
– Billy, hay novedades: resulta que Chip Holmes, uno de los peces gordos de la casa, va a venir a la ciudad. Dice que le encantaría charlar contigo hoy mismo. Se hospedará en el Saint Regis. ¿Quedamos para tomar una copa sobre las cinco y media? Dime algo.
– ¿Por qué será que huelo a éxito? -dijo Nor cuando el mensaje terminó-. Chip Holmes, nada menos. Esto es estupendo, Billy. Si le gustas, vas a tener todas las puertas abiertas en esa compañía. Ya no serás otro cantante con posibilidades. Holmes invertirá lo que haga falta para darte publicidad.
– Que es justo lo que yo necesito -dijo Billy, mientras hacía un redoble con los dedos sobre la mesa-. No quiero tener un éxito y luego nada. Tú sabes mejor que yo cuántos tipos consiguen un número uno al principio de su carrera y luego acaban implorando una gala a los treinta y cinco años. He de admitir que para este negocio ya no soy un chaval.
– Sé lo que quieres decir, pero estoy segura de que lo conseguirás -le tranquilizó Nor-. Bueno, ahora sí que me marcho. Te veré esta noche.
Nor se volvió al llegar a la puerta.
– Siempre juro que no te daré consejos, pero no puedo evitarlo. Será mejor que salgas con tiempo para ir a Nueva York. Hay bastantes atascos con lo de las fiestas.
– Iré en tren -dijo Billy distraído, mientras cogía su guitarra.
– Buena idea.
Cuando Nor partió, Sterling volvió a sentarse en la butaca y estiró las piernas. BiIIy se puso a tocar y cantar lo que había escrito en un pedazo de papel pautado.
Está ensayando una nueva letra, pensó Sterling.
Suena optimista, pero con un ligero toque quejumbroso. Billy es realmente bueno. Yo siempre tuve buen oído para la música, recordó.
El teléfono sonó tres cuartos de hora después.
Billy contestó, escuchó un rato y luego dijo, nervioso:
– ¿Llama de parte de Empresas Badgett? ¿Qué puedo hacer por usted?
Sterling se levantó al instante y de dos zancadas se situó al lado de BilIy, con la oreja pegada al auricular.
Al otro extremo de la línea, Charlie Santoli se encontraba en su despacho, odiándose más y más con cada palabra.
– Soy un representante de la compañía. El motivo de mi llamada es que, como usted quizá sabe, los hermanos Badgett son personas filantrópicas y tienen un amplio programa de becas para niños de la zona. Les gustó mucho su actuación de ayer noche, y saben que usted tiene una hija pequeña.
Sterling vio que la frente de BilIy se tensaba.
– ¿Qué tiene que ver mi hija en todo esto?
– Su futuro tiene mucho que ver. Los Badgett entienden también que el futuro de usted como artista podría ser incierto. Les gustaría hacer una provisión de fondos para asegurarse de que Marissa pueda ir a un buen centro dentro de diez años.
– ¿Y por qué querrían hacer una cosa así? -preguntó Billy, conteniendo la ira.
– Porque a veces alguien puede oír comentarios hechos en broma que, una vez repetidos, pueden tergiversarse. A los Badgett les sabría muy mal que eso pasara.
– ¿ Me está amenazando?
Por supuesto que sí, pensó Charlie. Ese es mi trabajo. Carraspeó un poco.
– Lo que le estoy ofreciendo es convertir a su hija en una de las beneficiarias de un fondo fiduciario de cien mil dólares. A Junior y Eddie Badgett les encantaría que usted aceptase. Por otro lado, les sentaría muy mal que repitiera comentarios hechos a la ligera que podrían ser mal interpretados.
BilIy se puso en pie. El auricular chocó con la mandíbula de Sterling y le hizo parpadear.
– Oiga, representante de Empresas Badgett, quienquiera que sea, dígales a esos dos que mi hija no necesita ningún fondo fiduciario. Yo me ocuparé de su educación sin ayuda de ellos… y en cuanto a esos comentarios hechos «en broma» o «a la ligera», no tengo ni idea de qué me está hablando.
Colgó el teléfono, se hundió en el sofá y cerró los puños.
– Saben que les oímos -dijo en alto-. ¿Qué vamos a hacer ahora?
El Consejo celestial estaba observando los acontecimientos con atención absoluta. La llamada de Charlie Santoli a Billy Campbell provocó una reacción inmediata.
– Charlie Santoli tendrá que andarse con ojo -dijo muy serio el monje.
– Será mejor que no nos venga a llorar cuando le llegue la hora -dijo el pastor echando fuego por los ojos.
– Eso no es lo que las hermanas le enseñaron en San Francisco Javier -dijo con tono triste la monja.
La reina estaba muy seria.
– Tendrá que reaccionar antes de que sea demasiado tarde -dijo.
– Él quiere ser bueno -terció la monja.
– Pues digo yo que Santoli tendrá que enmendarse y hacer algo rápido -rugió el almirante.
– Creo que Sterling querrá conferenciar con nosotros otra vez -reflexionó el indio americano-. Tiene una gran humildad. Quiere cumplir su misión, y no le da miedo pedir ayuda.
– Siempre fue capaz de mostrar amor e interés -observó el pastor, ahora más sosegado-. Me ha gustado la expresión de sus ojos cuando estaba mirando a Marissa.
Sterling alcanzó a Marissa justo cuando ésta estaba guardando los patines en su bolsa y corría hacia el coche. Al darse cuenta de que Billy iba a tratar de dormir unas horas, Sterling había ido a casa de Marissa para ver cómo estaba.
Llegó a tiempo de subir al coche con Roy cuando éste llevaba a Marissa a la pista de patinaje, acompañado de los gemelos. Encajonado entre los dos niños, Sterling tuvo que esquivar los manotazos que le venían de ambos lados. Le dolía un poco la mandíbula del golpe que había recibido con el teléfono mientras escuchaba la conversación entre Santoli y Billy, y con apenas un año, Roy Junior tenía ya un derechazo temible.
Pero son unos críos monísimos, concedió con cierta renuencia. Es fascinante ver cómo lo miran todo. Mi problema fue que no tuve hermanos. Quizá si hubiera tenido alguna experiencia con niños no habría querido evitarlos toda mi vida.
Se acordó de la vez en que fue padrino en un bautizo y el crío le había dejado la camisa perdida de baba. Aquel día estrenaba la camisa, además.
En el asiento de delante Roy le estaba diciendo a Marissa:
– Tengo entendido que la abuela quiere enseñarte a hacer pastel de manzana.
Menuda noticia, pensó Sterling, y vio que Marissa reaccionaba exactamente de la misma manera.
Sin embargo, la niña respondió educadamente:
– Sí, ya lo sé. La abuelita es muy simpática.
Roy sonrió.
– Yo querré probar al menos dos pedazos.
– Vale, pero no olvides que he de guardar uno para papá y otro para NorNor.
No es nada fácil ser padrastro, pensó Sterling solidario. Marissa siempre lo mantenía a raya. Si yo hubiera conocido mejor a Roy antes del año que viene, no me habría dado tanta prisa en juzgarle como un pelmazo.