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Электронная книга - «Última Oportunidad». Краткое содержание книги:

Sterling Brooks no ha tenido una vida ejemplar. Por ello lleva esperando más de cincuenta años en la antesala del cielo. Unos días antes de Navidad, el consejo celestial decide proponerle un trato: entrará en el cielo si antes consigue hacer una buena obra en la tierra. Se trata de su última oportunidad. No le especifican cuál es su misión, y de pronto se ven en pleno Rockefeller Center, en medio de una multitud de patinadores, en busca de alguien que necesite un ángel. Así encuentra a Marissa, una niña de siete años, apenada por la desaparición de su padre y su abuela, que se han visto obligados a…
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Sofás rehenchidos, enormes alfombras persas, buenos muebles de anticuario y cuadros de primera clase ocupaban el resto de la estancia. En conjunto, tenía un ambiente de intensa serenidad (si es que existe tal cosa, pensó Sterling).

«Un chocolate caliente», murmuró Nor mientras se quitaba los zapatos. Fue a la zona de la cocina, dejó los libros sobre la mesa y abrió el frigorífico. Como no quería correr, Sterling se entretuvo mirando los cuadros. Son de gran valor, pensó. Ojalá tuviera ocasión de poder estudiarlos a fondo. Le intrigó especialmente una escena de caza.

Sterling tenía ojo para el buen arte debido a sus años de especialista en herencias y testamentos. La gente, recordó, me decía que podría haberme ganado la vida como tasador.

Vio la escalera que iba a la segunda planta. Una ojeada rápida y vuelvo a bajar, se prometió a sí mismo.

El cuarto de Nor era el más grande. Había fotos enmarcadas en el escritorio, el tocador y las mesitas de noche. Eran todas personales y en muchas de ellas aparecía una Nor muy joven con el padre de Billy. Había como media docena de Billy con sus padres, empezando por cuando era un bebé. En la última, donde se los veía a los tres juntos; el niño debía de tener unos seis años.

Sterling asomó la cabeza al primero de los otros dos dormitorios. Era pequeño pero agradable, con el aspecto despejado de una habitación para huéspedes.

La tercera puerta estaba cerrada. La pequeña placa de porcelana decía EL CUARTO DE MARISSA. Al abrir la puerta, Sterling notó que se le hacía un nudo en la garganta. Esta niña va a perder muchas casas en este año que viene, pensó.

La habitación era encantadora. Muebles de mimbre pintados de blanco. Papel azul y blanco en las paredes. Colcha y cortinas blancas de ganchillo.

Una estantería con libros. Una mesa con un tablón para pegar notas.

Oyó los pasos de Nor en la escalera. Era momento de irse. Volvió a cerrar la puerta y se quedó mirando a Nor, que entraba en su habitación.

Un momento después, can el cuello de su trinchera subido y el sombrero calado hasta las cejas, Sterling salió a la calle y se puso a andar a paso vivo.

Tengo varias horas por delante, pensó. Billy ya estará dormido. Quizá podría ir a ver qué está haciendo Marissa. Pero ¿dónde vive ella exactamente?

Hasta ahora había estado muy ocupado, pero con todo el mundo listo para acostarse, se sintió un poco solo mientras vagaba por las calles tranquilas.

¿Y si contactara con el Consejo Celestial?, se preguntó. ¿O habrán decidido que no puedo cumplir la misión? En tal caso, ¿qué vaya hacer?

De repente algo atrajo su atención.

¿Qué es eso?

Un pedazo de papel caía del cielo. Dejó de caer cuando estuvo justo delante de él. Sterling lo cazó al vuelo, lo desplegó y se acercó a la siguiente farola para leerlo.

Era un mapa del lugar. La casa de Marissa y el restaurante de Nor estaban claramente indicados.

Una línea de puntos empezaba en un lugar marcado como «estás aquí» y daba instrucciones específicas -«Cuatro manzanas al este… torcer a la izquierda y la primera a la derecha»- para llegar a donde vivía Marissa. Una segunda línea de puntos ilustraba el camino desde allí al restaurante.

Sterling alzó la vista y miró hacia la eternidad, más allá de la luna y de las estrellas. Gracias. Os estoy muy agradecido, susurró.

Aunque fuera muy tarde, Dennis Madigan siempre leía el New York Post antes de conciliar el sueño. Su mujer, Joan, ya estaba acostumbrada a dormir con la luz encendida.

Esta noche, sin embargo, Dennis no podía concentrarse en la lectura. Sabía que ni Nor ni Billy eran conscientes de que sus vidas podían correr peligro. Si los Badgett eran tan malos como los había pintado Sean O'Brien… Dennis meneó la cabeza. Cuando trabajaba en bares de Manhattan, había oído decir muchas cosas de esa clase de gente. Y ninguna buena.

«Próroga.» ¿A qué me recuerda esto?, se preguntó mientras pasaba página, un tanto molesto. Nor cree que ese hombre podría ser alguien que viene al restaurante. Pero no es posible que sea cliente habitual, o yo le conocería.

– «Próroga» -dijo en voz alta.

Joan abrió los ojos y pestañeó:

– ¿Qué?

– Nada. Perdona, cariño. Sigue durmiendo.

– Para ti es fácil decirlo -murmuró ella, dándole la espalda.

Dennis pasó a la sección de televisión y sonrió al leer la graciosa reseña de Linda Stasi sobre un malísimo programa navideño.

Todavía despierto a eso de las tres y media, se puso a mirar las páginas de restaurantes. La valoración de un nuevo establecimiento le llamó la atención. «Empezamos tomando una lasaña de espárragos», decía el columnista.

Parece un buen sitio, pensó Dennis. Habrá que ir a verlo. Joan y él gustaban de descubrir nuevos restaurantes en la ciudad.

Se quedó mirando la página. Espárragos. Le vino a la memoria un camarero de Nor's Place -no había durado mucho en el puesto- que hizo broma a costa de un cliente que había pedido «espáragos» la última vez y que ahora quería ensalada de «macarones» al limón.

¿Cómo se llamaba aquel cliente?, pensó Dennis. Recuerdo su cara. Él y su mujer siempre tomaban una copa en la barra. Buena gente. No he pensado en él de entrada porque ese es el único rasgo notable en su acento, y que yo sepa no ha vuelto por allí desde hace meses…

Mentalmente, reprodujo la cara. Vive por aquí, pensó Dennis. Y se llama… se llama… algo europeo…

¡Hans Kramer!

¡Exacto! ¡Ese es su nombre!

Dennis cogió el teléfono. Nor respondió a la primera.

– Ya lo tengo, Nor. El tipo del contestador automático. ¿No sería Hans Kramer?

– Hans Kramer -dijo ella despacio-. A mí no me suena. No sé…

– Piensa, Nor. Pidió «espáragos», y otro día ensalada de «macarones».

– Dios mío, sí… Tienes razón. -Nor se incorporó sobre un codo. La tarjeta de Sean O'Brien estaba sobre la mesita de noche, apoyada en la lámpara. Al cogerla notó que la adrenalina empezaba a recorrer todo su cuerpo.

– Me consta que Kramer trabaja en algo relacionado con la informática, Dennis. Puede que tenga un almacén. Voy a llamar a Sean O'Brien. Solo espero que no sea demasiado tarde.

Al llegar a las proximidades de la casa de Marissa, Sterling vio que todo parecía en calma. La casa estaba totalmente a oscuras, salvo por una luz tenue que iluminaba una ventana del piso de arriba.

Mi madre solía dejar encendida la luz del pasillo, recordó. Y también me dejaba la puerta ligeramente entornada para que pudiera ver luz. Yo era un gallina, pensó sonriendo. A pesar de la luz, hasta los diez años dormí siempre abrazado a mi osito.

Al reparar en un pequeño rótulo indicando que la casa estaba preparada contra intrusos, entró sin molestarse en abrir la puerta por si la alarma estaba conectada. Tenía la impresión de que los del Consejo querían que actuara como un humano cualquiera salvo cuando eso le impedía hacer su cometido, pero seguro que si algo no deseaban era que las alarmas empezaran a dispararse.

Subió la escalera de puntillas y salvó la cancela instalada por Roy, levantando una pierna. Pero ¿qué edad se ha creído que tienen sus hijos?, pensó al sentir que se le enganchaba la vuelta del pantalón. Un segundo después caía de bruces al suelo del pasillo.

Menos mal que yo no hago ruido, pensó mientras miraba al techo. El sombrero le había volado de la cabeza. Se levantó despacio, notando un leve tirón en la espalda. Una vez recuperado el sombrero, reanudó su intento de ver a Marissa.

Su dormitorio estaba al fondo del pasillo. Todas las puertas estaban un poco entornadas. Del dormitorio principal llegaba un suave ronquido. Al pasar por el cuarto de los mellizos, oyó que uno de ellos se agitaba en sueños. Sterling dudó y aguzó los oídos, pero le pareció que el niño se volvía a dormir.

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