Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Última Oportunidad». Краткое содержание книги:

Sterling Brooks no ha tenido una vida ejemplar. Por ello lleva esperando más de cincuenta años en la antesala del cielo. Unos días antes de Navidad, el consejo celestial decide proponerle un trato: entrará en el cielo si antes consigue hacer una buena obra en la tierra. Se trata de su última oportunidad. No le especifican cuál es su misión, y de pronto se ven en pleno Rockefeller Center, en medio de una multitud de patinadores, en busca de alguien que necesite un ángel. Así encuentra a Marissa, una niña de siete años, apenada por la desaparición de su padre y su abuela, que se han visto obligados a…
1 ... 16 17 18 19 20 21 22 23 24 ... 31
Перейти на страницу:

Sterling se situó junto al poste central mientras el metro daba bandazos por la vía. Llegaron a Jamaica con el tiempo justo de tomar el tren de las siete menos diez a Syosset.

Sterling no dejó de tener pensamientos lúgubres durante todo el trayecto: Lo sucedido en el andén del metro no ha sido un accidente, ¿qué van a intentar ahora los hermanos Badgett?

Lee Kramer estaba sola en la pequeña sala de espera del hospital reservada a familiares de ingresados en cuidados intensivos. Salvo los escasos minutos que había podido estar junto a la cama de Hans, no había salido de allí desde la madrugada, cuando había seguido a la ambulancia hasta el hospital.

Las palabras «ataque al corazón» no dejaban de resonar en su cabeza. Hans, que en veintidós años de matrimonio apenas se había resfriado un par de veces.

Intentó tranquilizarse con lo que le había dicho el médico: que Hans se estaba estabilizando. También dijo que Hans había tenido suerte. El hecho de que hubieran estado allí los bomberos, con el equipo necesario para reanimarle, le había salvado la vida.

Hans ha estado sometido a demasiada tensión, pensó Lee. Presenciar el incendio fue la gota que colmó el vaso.

Alzó la vista cuando se abrió la puerta, luego miró hacia otra parte. Varios amigos suyos habían pasado por allí para hacerle un rato de compañía, pero Lee no conocía a aquel hombre de pelo oscuro y rostro severo.

El agente Rich Meyers del FBI había ido al hospital confiando en poder hablar con Kramer unos minutos. Eso estaba descartado, le había dicho con firmeza la enfermera, pero añadió que la señora Kramer se encontraba en la sala de espera.

– ¿Señora Kramer?

Lee se dio la vuelta.

– Sí.

Se notaba que estaba muy tensa. Parecía como si hubiera recibido un puñetazo en el estómago. Su pelo corto, rubio ceniza, sus ojos azules y su cutis pálido le hicieron pensar a Meyers que, al igual que su marido Hans, debía de tener antepasados suizos.

Rich se presentó y le entregó su tarjeta. Ella se alarmó al instante.

– ¿FBI?

– Estamos investigando la posibilidad de que el incendio del almacén de su marido fuera intencionado.

– ¿Intencionado, dice usted? ¿Quién haría una cosa así?

Meyers se sentó en la silla de plástico enfrente de ella.

– ¿Sabe usted algo de unos préstamos?

Lee se llevó una mano a la boca, y los pensamientos que la habían torturado todo el día salieron a la luz.

– Cuando todo cambió y el negocio empezó a ir de mal en peor, hipotecamos de nuevo la casa por todo el dinero que el banco quiso prestarnos. El almacén también está hipotecado, pero es poca cosa.

Me consta que el seguro apenas cubre nada. Hans estaba convencido de que si podía aguantar un poco más, el negocio se recuperaría. Es muy bueno en su

Especialidad. Ese programa de software debería ser un éxito. -A Lee le falló la voz-. Y ahora ¿qué más da? Si al menos consigue sobrevivir…

– Señora Kramer, aparte de las hipotecas, ¿sabe si su marido pidió otros préstamos?

– Yo no sabía nada, pero esta mañana, después de recibir la llamada avisándonos del incendio, dijo algo como «He pedido prestado mucho dinero…».

Meyers no se alteró.

– ¿Le dijo a quién se lo había pedido?

– No.

– Entonces usted no debe de saber si ayer noche hizo una llamada telefónica y dejó un mensaje acerca de un préstamo…

– No sé nada de eso. Pero anoche estaba muy nervioso.

– Señora Kramer, ¿su marido tiene un teléfono móvil?

– Sí.

– Quisiéramos que nos autorizara a verificar su cuenta y sus llamadas personales para ver si anoche hizo alguna llamada.

– ¿A quién cree que pudo llamar?

– A personas que no dan prórrogas por un préstamo.

Sintiendo que se le removían las tripas, Lee tuvo miedo de hacer la siguiente pregunta.

– ¿Es que Hans está en un apuro?

– ¿Con la justicia? No. Solo queremos hablar con él acerca de ese préstamo. El médico nos dirá cuándo es posible verle.

– Si es que existe esa posibilidad -dijo Lee.

Charlie Santoli había salido del despacho de los Badgett a toda velocidad después de haber recibido una reprimenda por no salirse con la suya en su misión de sobornar a Billy Campbell, pero a las cuatro Junior le había mandado llamar otra vez.

Caminó apresuradamente por el pasillo y dobló la esquina hacia la suite que compartían Junior y Eddie Badgett. Su secretaria de muchos años estaba a su mesa. Tiempo atrás, Charlie había deducido que incluso de niña, Lil debía de haber tenido unos rasgos belicosos. Ahora que había rebasado los cincuenta, su rostro estaba permanentemente ceñudo. Con todo, le caía bien, y probablemente era la única persona en todo el edificio que no le tenía miedo a Junior.

Lil alzó los ojos, siempre protegidos por sus enormes gafas, e hizo una señal con el pulgar para indicarle que entrara enseguida. Luego, con una voz que los años de mucho fumar habían vuelto ronca, dijo:

– La cosa está un poco más calmada. -Y luego añadió-: No es asunto mío, ya lo sé.

Charlie sabía que no era preciso decir nada. Tomó aire y abrió la puerta del despacho.

Junior y Eddie estaban sentados en las butacas tapizadas de cebra, con sendos vasos en la mano. Hacia el final de la jornada solían tomar una copa juntos antes de subir a su limusina y volver a casa. Si Charlie estaba allí por casualidad, normalmente le decían que se sirviera algo del bar.

Hoy no era uno de esos días. No le ofrecieron una copa ni le invitaron a tomar asiento.

Junior le miró antes de decir:

– Por si Campbell cambia de opinión, tenemos que solucionar este asunto de las becas. Todo el mundo está al corriente de que solo hemos dado pasta a los viejos. Ahora haremos algo por los pequeños. Ocúpate tú de todo. Busca otros nueve niños que destaquen en la zona, todos de una edad similar a la de la hija de Campbell. Creemos que sería un detalle ofrecerles una beca también a ellos.

Esto tiene que ser una broma, pensó Charlie.

Indeciso, sugirió:

– Yo creo que estaría bien que alguno de esos niños fuera mayor. ¿Cómo vais a explicar a los medios de comunicación que queréis dar diez becas de estudios a niños tan pequeños cuando hay chicos y chicas de instituto que las necesitan ahora?

– Eso no nos interesa -gruñó Eddie-. Queremos construir para el futuro. Y si Campbell es lo bastante listo para subirse al tren, meteremos el nombre de su hija junto con los otros.

– Marissa saca buenas notas y es una excelente patinadora -observó Junior como si tal cosa mientras arrancaba de un mordisco la punta de un cigarro-. Tú búscanos otros niños que destaquen como ella.

Charlie sintió que su sistema digestivo volvía a darle problemas. «Una excelente patinadora.» ¿Cómo sabe Junior tantas cosas de Marissa Campbell?, se preguntó.

– Por supuesto, si no puedes convencer a ese cantante de que se retracte de cuanto haya podido decir acerca de nuestra bromita, no hará falta invertir ningún dinero -dijo Junior sin alterarse-. No queremos entretenerte, Charlie. Sabemos que estás muy ocupado.

De vuelta en su oficina, Charlie procuró tranquilizarse pensando que, por muy malos que fueran, Junior y Eddie jamás hacían nada a los hijos de sus enemigos.

Pero esos dos… No pudo pensar más. De repente estaba rezando para que Campbell fuera listo y aceptara la beca para su hija.

Preocupado, alcanzó una carpeta con la información sobre el concesionario de coches que los Badgett querían comprar. Su intención había sido dedicarse a ello, pero no había podido concentrarse en el asunto.

A las seis y media cerró el archivo y se levantó. Se había puesto la chaqueta y tenía el maletín en la mano cuando el teléfono sonó. Fue a contestar de mala gana.

1 ... 16 17 18 19 20 21 22 23 24 ... 31
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)