Última Oportunidad
- Автор: Кларк Мэри Хиггинс, Clark Carol Higins
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Última Oportunidad». Краткое содержание книги:
Pese a que la noche empezaba a nublarse, todavía había luz para permitirle ver la cara de Marissa. Estaba hecha un ovillo en la cama, con el pelo sobre una mejilla.
Un montón de cajas que había en una esquina daba fe de que Marissa había tenido muchos regalos por Navidad y por su cumpleaños. No era de extrañar, se dijo Sterling. También a mí me gustaría regalarle alguna cosa.
Se sentó en la misma silla que ocuparía al cabo de un año, cuando hablara con Marissa por primera vez. Parece un ángel, pensó tiernamente mientras la contemplaba. Ojalá no tuviera que pasar por lo que se le avecina. Ojalá tuviera yo el poder de que nada alterara su mundo de ahora. Pero no es así, de modo que el año que viene haré lo posible por enmendar la situación. Por las buenas o por las malas, decidió.
Y no solo porque yo quiera entrar en el cielo. Deseo realmente ayudarla. Se la ve tan pequeña, tan vulnerable. Cuesta creer que sea la misma niña que hoy estaba intentando llevar la voz cantante en Nor's Place, y que no perdió tiempo en telefonear a su padre para que le contara cómo había ido la fiesta.
Con una sonrisa que terminó en suspiro, Sterling se levantó y salió de la habitación. Yendo por el pasillo oyó llorar a uno de los mellizos. El otro le hizo coro poco después.
Menos mal que no me necesitan, pensó. Un instante después Roy salía del dormitorio y entraba en el cuarto de los pequeños.
– Roy Junior, Robert, tranquilos: papá está aquí.
Denise lo tiene bien entrenado, pensó Sterling.
Mis amigos solían hacerse el sueco cuando sus hijos empezaban a berrear en mitad de la noche. Los tiempos han cambiado.
Yo era hijo único, pensó mientras bajaba las escaleras. Mis padres tenían más de cuarenta años cuando vine al mundo. Me convertí en el centro de su universo. Ellos ya estaban en el cielo mucho antes de que yo llegara a la sala de espera.
Cuánto me gustaría volver a ver a mis padres, pensó, mirando de nuevo hacia el cielo.
Sterling consultó el mapa antes de salir de la casa y se encaminó al restaurante de Nor. Mientras andaba por las calles, experimentó una súbita sensación de apremio. Pese a que no parecía venir de ningún lugar cercano, estaba empezando a oler a humo.
¡Lo han hecho!, pensó. Acaban de prender fuego al almacén.
Sean O'Brien había trabajado veinte años en el departamento de policía del condado de Nassau. En ese tiempo había aprendido que podía recibir llamadas de madrugada si surgía alguna novedad importante en el caso que él estuviera llevando.
Cuando el teléfono sonó a las tres y cuarenta minutos, Sean se despertó al instante y contestó.
Tal como esperaba, era Nor.
– Sean, acabo de hablar con Dennis, Ha conseguido el nombre del hombre que buscamos, y estoy totalmente convencida de que no se equivoca.
– ¿De quién se trata?
– Se llama Hans Kramer. Vive en Syosset y tiene una empresa de software informático. De vez en cuando viene al restaurante.
– Bien, Nor. Pondré manos a la obra.
Totalmente despierto ya, Sean se sentó en el borde de la cama. Estaba a solas en la habitación. Su esposa, Kate, trabajaba en el turno de noche de la sala de pediatría del hospital local. Era enfermera.
Su primera llamada fue a la comisaría de Syosseto Había la posibilidad de que ellos conocieran a Kramer.
Resultó una suposición correcta. Nick Amarerro, el teniente que estaba de servicio, sabía muy bien quién era Kramer.
– Un buen tipo. Lleva viviendo aquí unos veinte años. Estuvo un tiempo en la junta de urbanismo. Hace un par de años llevaba el puesto de la Cruz Roja. Tiene una empresa de software.
– ¿Sabes si tiene algún almacén?
– Sí. Compró unos terrenos en la zona de la autopista donde había aquellos moteles de mala muerte. Construyó un bonito complejo con una oficina y un almacén.
– Me he enterado de que van a prenderle fuego. Algo que tiene que ver con un préstamo que le hicieron los hermanos Badgett.
– Vaya. Nos pondremos en camino ahora mismo. Llamaré a la brigada de bombas y al cuerpo de bomberos.
– Voy a telefonear al FBI. Luego hablamos.
– Un momento, Sean -le cortó el teniente-. Me está llegando algo gordo por la radio.
O'Brien supo, antes de que Amaretto volviera a ponerse al teléfono, que era demasiado tarde. Las instalaciones de Kramer ya estaban ardiendo.
Hans Kramer recibió una llamada de su servicio de seguridad a las 3.43 de la madrugada. Los detectores de humo del almacén se habían activado. Los bomberos estaban en camino.
Desesperados y sin decir palabra, Hans y su mujer se vistieron a toda prisa, se calzaron sin ponerse calcetines, agarraron las chaquetas y corrieron al coche.
Rebajé mucho la cobertura del seguro, pensó Hans desesperado. No podía permitirme las primas. Si los bomberos no pueden salvar el almacén, ¿qué voy a hacer?
Notó una presión en el pecho. Aunque el coche no se había calentado aún, él sudaba a mares.
– Hans, estás temblando -dijo Lee, preocupadísima-. Sea lo que sea, lo solucionaremos. Te lo prometo, no te apures.
– Tú no lo entiendes, Lee. Pedí dinero prestado, mucho dinero. Pensé que podría devolverlo. Estaba seguro de que el negocio se remontaría. -La calle estaba casi desierta. Pisó el acelerador a fondo y el coche salió despedido hacia adelante.
– Hans, el doctor te lo ha advertido. La última prueba que te hiciste no dio buenos resultados. Haz el favor de calmarte.
Les debo trescientos mil dólares, pensó Hans. El almacén está valorado en tres millones, pero mi seguro solo cubre la hipoteca. No tendré suficiente para liquidar el préstamo.
Al torcer por la calle que llevaba a sus instalaciones, Hans y Lee se quedaron de piedra. A lo lejos vieron las llamas que iluminaban la oscuridad de la noche, llamas furiosas rodeadas por espesas nubes de humo.
– ¡Dios santo! -exclamó Lee.
Hans, conmocionado, no dijo nada. Han sido ellos, pensó. Los Badgett. Es su respuesta a mi petición de una prórroga.
Cuando llegaron al almacén, vieron que había varios coches de bomberos. Las mangueras de alta potencia estaban arrojando litros y litros de agua a aquel infierno, pero estaba claro que el incendio no se podía sofocar.
Cuando Hans abrió la puerta del coche, se sintió invadir por una tremenda oleada de dolor.
Cayó a la calzada.
Momentos después notaba que le introducían algo por la nariz, una sacudida en el pecho, y que unas manos fuertes lo levantaban. De alguna manera se sintió aliviado.
Ya nada dependía de él.
Sterling llegó al restaurante y no se sorprendió al ver a Nor apeándose del coche en el aparcamiento. Ya estarán enterados del incendio, pensó mientras apresuraba el paso.
Entró detrás de Nor y subió con ella al apartamento de Billy, que abarcaba toda la segunda planta del edificio. Dermis estaba ya allí y Billy había preparado café.
– Sean viene de camino -le dijo Nor a Billy.
No se había maquillado. Llevaba el pelo recogido en la nuca de cualquier manera, y largos mechones le rozaban el cuello y la cara. Se había puesto un chándal azul claro y unas zapatillas de deporte.
Billy llevaba unos vaqueros arrugados, una camisa de algodón igual de arrugada y unos mocasines viejos. Parecía cansado, y le hacía falta afeitarse.
Dennis llevaba una sudadera gris con el emblema de Madison Village y un pantalón de pana muy gastado.
– Sean ha dicho que quería hablar con nosotros enseguida -dijo Nor mientras Billy servía café, y los tres se trasladaron a la mesa del comedor.
Desde la silla que había elegido, Sterling podía ver la sala de estar. El ambiente era de piso de soltero, confortable y un poco desastrado, con zapatillas asomando bajo la mesita de centro y un montón de periódicos encima. El sofá y las sillas eran básicamente mediocres, pero parecían cómodos.