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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Hablaban de todo un poco: de los maridos, de los hijos, de los curas, de las chachas… y del doctor Chaos. Sí, nombraban a menudo al doctor Chaos, sobre todo porque Sólita, su experta enfermera, había ido a poner unas inyecciones a María del Mar y ésta se había dado cuenta de que Sólita bebía los vientos por el doctor.

– Sería gracioso que tuviéramos un idilio en puertas, ¿no os parece? A veces, esos hombres, cuando llegan a cierta edad…

– Pero… -preguntaba Esther-. ¿En serio crees que Sólita se ha enamorado?

– ¡Toma! Tan seguro como que Manolo y tú fumáis tabaco rubio…

– ¡Ja! Esto es divertido.

María del Mar se percató muy pronto, con viva satisfacción, de que no se producían jamás situaciones tensas, ni siquiera entre Carlota y Esther, eternas rivales en cuestiones de buen gusto y elegancia. Incluso cuando se ponían a comparar sus respectivos lugares de origen procuraban esforzarse en no chocar. Tal vez, al respecto, la más beligerante, o la más rígida, fuese Carlota. Ésta, en efecto, les reprochaba a sus amigas que en el fondo se encontraran poco a gusto en Cataluña y las acusaba de no haberse tomado la molestia de conocerla bien.

– ¿A que no habéis estado nunca en Poblet y Santes Creus? ¿Ni habéis ido nunca al Valle de Aran? ¿Lo veis? Así no hay manera…

Esther, como siempre, se arrellanaba en el sillón, en actitud indolente.

– ¿Es que te has recorrido tú toda Andalucía? ¿Cómo? ¿Que no has estado nunca…? ¡Pues anda! Y me acusas a mí… que me casé con un catalán.

– Pero ¡si toda España es hermosa! -exclamaba doña Cecilia-. ¿A qué hacer distingos?

No eran distingos. Pero cada cual estaba orgullosa de lo suyo. Esther, por ejemplo, se pirraba por la crianza de reses bravas. "Os encantaría visitar una ganadería. Os lo aseguro". María del Mar, que no soportaba los toros, excepción hecha de los bisontes pintados en las cuevas de Altamira, se jactaba en cambio de la gran cantidad de coros y orfeones que había en el Cantábrico. "Desde Guipúzcoa hasta Asturias… ¡hay que ver!". Carlota simulaba escandalizarse. "Pero, ¡por Dios, cómo vamos a comparar! ¡En Barcelona tenemos ópera, el Liceo! Por cierto que esta temporada están dando todo Wagner…" "¿Y el flamenco? -preguntaba doña Cecilia, haciendo como que palmeaba-. ¡Y ole!". "Eso, no -rechazaba con energía la viuda de Oriol-. El flamenco destroza los oídos".

Nunca llegaba la sangre al río… Y cuando María del Mar o Esther se quejaban de cualquier cosa, Carlota las interrumpía súbitamente diciendo:

– Y pensar que si yo tuviera, como vosotras, un par de hijos, sería feliz…

María del Mar y Esther la miraban, con expresión de sorpresa.

– Pero… ¡hija! ¡Si acabas de casarte!

– Ya lo sé, ya lo sé… Pero querría tenerlos ya… y creciditos. Poder hablar con ellos. Es mi ilusión.

María del Mar pensaba en Pablito.

– Desde luego, dan mucho quehacer. Y muchos sobresaltos… Pero dan también muchas alegrías.

Esther se mostraba también encantada con su parejita. "Cada día son más salados".

– No te preocupes, Carlota. Todo llegará.

Doña Cecilia solía lamentarse de que su hijo, el capitán Sánchez Bravo, anduviera mariposeando sin mostrar el menor deseo de casarse.

– ¡Ese bribón -decía-, va a privarme del gustazo de ser abuela!

A veces pasaban revista a las mujeres hermosas de la ciudad, como en los concursos de belleza que se celebraban antes de la guerra. "Si se organizasen ahora -bromeaba la viuda de Oriol-, el obispo se moriría del susto". "Pero ahora el obispo no está aquí. ¿Así, pues, a quién elegiríamos Miss Gerona?".

El envite daba lugar a vivas controversias. Descartada Esther, por su condición de casada -Esther esbozaba una reverencia-, la lucha quedaba entablada entre Silvia, la manicura, y la hija del jefe de Obras Públicas, que era un primor pero que parecía destinada a quedarse para vestir santos. Un día Carlota se pronunció sin remilgos… ¡por Paz Alvear! Hubo protestas. "Pero… es una chica muy vulgar ¿no?". Carlota opinó: "Tal vez. Pero que se lleva a los hombres de calle, eso seguro. Empezando por mi marido, no creáis…" Entonces la viuda de Oriol recordó que en el año 1933 una muchacha gerundense había obtenido nada menos que el título de Miss Europa.

A María del Mar le gustaba plantear el problema del feminismo. Aseguraba que las mujeres españolas eran las más femeninas del mundo. "Entonces -objetaba Esther-, ¿cómo te explicas que en el país, y salvo excepciones, los maridos se pasen la vida en los cafés?". Carlota estimaba que los hombres eran muy superiores en todo, incluso en generosidad. "Nosotras somos egoístas, hay que reconocerlo. A veces me pregunto para qué servimos… Ellos son arquitectos, ingenieros, abogados, ¡alcaldes! Escriben, inventan… Con sólo mujeres viviríamos todavía en la Edad de Piedra". La viuda de Oriol abundaba en la misma opinión. "Parece ser que tienen el cerebro más desarrollado que nosotras, que su cerebro pesa más". Doña Cecilia se reía. "¡Eso sí lo creo! son más pesados que los sermones del señor obispo".

Las tardes volaban en el caserón del Gobierno Civil. No, no había acritud entre aquellas mujeres. A veces la merienda que les ofrecía María del Mar era tan suculenta que, pensando en las cartillas de racionamiento, les remordía un poco la conciencia. "Supongo que es un abuso ¿verdad? ¡Pero las tartas de nata son tan ricas!". Cuando jugaban a las cartas ponían tal pasión en el juego que doña Cecilia, que actuaba de espectadora, acababa tomándoles el pelo. "¡Ni el general pone esa cara cuando juega ante los mapas a hacer la guerra!".

No era raro que, a mitad de la sesión, entrase Cristina, llevando alguno de los graciosos pijamas que solía usar para andar por casa. Entonces todo se paralizaba y la pequeña se convertía en la reina de la reunión.

– ¡Cristina! ¡Encanto!

– ¡Anda, hija. Saluda a esas amigas de mamá… Dales un beso.

– Sí, mamá.

Doña Cecilia acariciaba el cabello de la niña y volvía a pensar que el capitán Sánchez Bravo era un bribón, puesto que no la obsequiaba con una nieta como Cristina.

Al término de esas reuniones, cuando las amigas de María del Mar se habían marchado -Carlota, que conducía ella misma su coche, coche negro, precioso, las acompañaba a todas a sus respectivos domicilios-, la mujer del Gobernador suspiraba satisfecha. Y se sentaba en su sillón preferido a descansar. A veces sentía celos de la juventud de Esther y de Carlota y, repentinamente, se entristecía. Rehuía los espejos, que le hubieran devuelto demasiadas arrugas. Entonces, a escondidas de Pablito y de sí misma tomaba un paquete de tabaco que guardaba en un cajón y encendía un pitillo… rubio. Las espirales de humo dibujaban palabras en el aire: Santander, gripe, feminidad; o frases enteras: orfeones del Cantábrico, cerebros masculinos, que pesaban más, monasterios de Poblet y Santes Creus, que ella, ¡por simple pereza!, no había visitado nunca.

CAPÍTULO LI

Lo menos que podía decirse de Pilar es que vivía feliz. El piso de la plaza de la Estación, pese a las mejoras hechas en él, especialmente en la cocina, y pese a la hermosa alcoba con cama antigua, altísima, era modesto, pero un vivo testimonio de Paz. Pilar y Mateo se entendían a las mil maravillas. Según expresión de don Emilio Santos, "eran dos tórtolos". Don Emilio Santos afirmaba que quien mejor lo pasaba era él. "He ganado una hija, que me cuida como me cuidaba mi mujer, que en paz descanse. Al menor descuido, una golosina en la mesa. La ropa, limpia. Pilar cada mañana me pone la inyección para mis piernas y por la noche, antes de irme a la cama, me calienta la botella de agua. En fin, que me ha tocado la lotería…"

Tal vez la nota discordante fuera Teresa, una chiquilla de quince años recién cumplidos que Pilar había tomado en concepto de criada. Era torpona, no daba una a derechas y Pilar a menudo se enfadaba con ella. Pero tampoco llegaba la sangre al río y Teresa, que por otra parte era muy graciosa, le decía a su "señorita", a Pilar, que tuviera un poco de paciencia, que lo que ella quería era aprender.

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