Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
1 ... 159 160 161 162 163 164 165 166 167 ... 219
Перейти на страницу:

– ¡Vaya, menos mal! El Gobernador, pese a todo, me cae simpático.

En el interior del hogar del Gobernador la marcha de éste había traído, en el plano psicológico, considerables repercusiones, de modo especial por lo que se refiere a Pablito. "Bien, Pablito… Cuida de mamá. Quedas al mando de la casa. No olvides que eres el varón". Pablito había contestado: "Descuida, papá".

Pero ocurrió que, apenas el coche estuvo fuera, Pablito se sintió súbitamente desamparado. Encerrado en su cuarto, rodeado de libros de texto, de revistas y con un par de dibujos de su amigo Félix clavados en la pared, pensó en su madre, María del Mar, tosiendo en la cama; en Cristina, su hermana, más irresponsable que nunca; en aquel enorme caserón del Gobierno Civil, y le pareció que todo en conjunto iba a ser un peso excesivo para sus espaldas. Sintióse ridículo, sentado en su silla de estudiante de Bachillerato, sin arrestos para encender un pitillo, como había imaginado. "Eres el varón…" Parecióle que el incendio de Santander lo señalaba con el dedo, que era una suerte de aviso destinado a demostrarle que no había cumplido aún dieciséis años, que era un crío y nada más, un crío con muchas preguntas en el alma y en la punta de la lengua, pero sin ninguna respuesta.

Pablito procuró reponerse. Se fue al lavabo. Se friccionó con agua de colonia, se peinó, se ciñó fuerte el nudo de la corbata, y hecho un pimpollo se dirigió al cuarto de su madre, a la que oía toser. "He de consolarla -se decía-. He de consolarla". Pero las piernas le temblaban mucho más que si tuviera que examinarse.

Por fin alcanzó la alcoba, sumida en una media luz tibia.

– Mamá…

– Hola, hijo… ¡Pasa! ¿Por qué te quedas ahí?

Pablito se acercó. El muchacho capaz de preguntarle a su padre quién era Noab y por qué los mayores se dedicaban sistemáticamente a hacer la guerra, apenas si tuvo valor para acercarse al lecho en que su madre, María del Mar, yacía, con el termómetro puesto.

– Ya voy, mamá… Ya estoy aquí.

Pablito llegó junto a la cama. Y, pese a la penumbra, consiguió ver a su madre, tapada hasta el cuello. ¡Qué hermosa le pareció! Los ojos le brillaban, debido a la fiebre, y los labios, un poco resecos, tenían una tristeza especial. Su madre estaba pálida, pero bien peinada. No llevaba pendientes y olía a agua de colonia; sin duda acababa también de friccionarse. Las manos le asomaban por el embozo de la sábana. Manos blancas, de asombrosa virginidad.

– Pero ¿ocurre algo, hijo? No te asustes… ¿Estoy segura de que recibiremos buenas noticias!

Pablito no acertó a contestar. Sintió en el corazón que amaba tanto a aquella mujer que le había dado la vida, que inesperadamente se le echó al cuello.

– ¡Cuidado, hijo, que llevo puesto el termómetro! Daba igual… ¡Que se partieran por la mitad todos los termómetros del mundo, puesto que ninguno podría dar la medida de la fiebre de amor que se había apoderado de Pablito en aquella tarde de febrero!

– Te quiero, mamá… Te quiero muchísimo…

– ¡Hijo…!

– Te quiero, mamá… Y estás guapísima… Sí, guapísima…

María del Mar pasaba alternativamente del asombro a la ternura. Con su mano derecha acariciaba la juvenil cabellera de su hijo, el cual iba hundiendo poco a poco la cabeza en el pecho materno.

– Pablito, hijo… ¿Qué te ocurre? ¡Estás asustado!

– No, no estoy asustado… Pero te quiero… Y papá está fuera…

María del Mar se declaró vencida, comprendió. Y sonrió y lloró de felicidad, pese a la zozobra que la embargaba y a que la cabeza le daba vueltas.

– Tranquilízate, cariño… Tu padre volverá pronto… -Pablito sollozaba-. Acuérdate de cuando la guerra… Siempre volvía… Siempre volvió.

La escena se prolongó por espacio de cinco minutos, que parecieron también una eternidad. Hasta que Pablito reaccionó. Hasta que el muchacho se dio cuenta de que apenas si le permitía a su madre respirar… Se incorporó.

– Perdona, mamá… No sé lo que me ha pasado…

– ¿Perdonarte yo? ¡Llevaba meses sin sentir una alegría tan grande…!

Pablito se sentó en el borde de la cama. Se pasó por los ojos el dorso de la mano. Sacó un pañuelo y se sonó. Hubiérase dicho que iba a sonreír, pues también una inmensa dulzura había invadido su pecho, absolutamente independiente del drama de Santander.

Pero en aquel momento tuvo plena conciencia de que la cama en que estaba sentado era el lecho conyugal. Entonces oscuras imágenes cruzaron su mente; aquellas imágenes que el doctor Andújar denominaba "relámpagos de intimidad". No era la primera vez que ello le ocurría. Y habitualmente había reaccionado mal, casi con hostilidad con respecto a su padre. Pero en esta ocasión todo era distinto. Dios sabía por qué. Todo le pareció… normal. Con la lógica de las estrellas que a la noche aparecían en el cielo; con la misteriosa lógica de la naturaleza, lógica necesaría para que él estuviera allí y Cristina anduviera cerca haciendo diabluras.

Tal vez notara, en lo más hondo, un poco de celos…; nada más. Pero su madre, que ahora le estrechaba con amor la mano izquierda, se convirtió para él en la imagen perfecta de la pureza…

– De veras, mamá… Perdóname… Qué crío soy todavía, ¿verdad?

– Al contrario, hijo… Es hermoso que los hombres lloren. Tu padre, ¿sabes?, también llora de vez en cuando…

"Todos bien. Alegría inmensa. Abrazos". Este telegrama, puesto por Miguel Rosselló, contribuyó a acelerar la recuperación de María del Mar, quien, pese a todo, tuvo que pasarse unos días sin salir de casa.

En esos días fueron tantas las pruebas de afecto que recibió, que se sintió abrumada. Todo el mundo quería saber si el incendio había afectado directamente a su familia o a la del Gobernador y cómo andaba ella de su gripe. "Bien, bien. En medio de todo, hemos tenido mucha suerte. Juan Antonio me ha llamado ya dos veces por teléfono, desde Torrelavega. Aquello ha sido pavoroso, pero nuestras familias están a salvo. Y yo me siento ya mucho mejor".

Sus amigas -Esther, doña Cecilia, la viuda de Oriol y Carlota, la cual había entrado en aquella casa por la puerta grande- acudían a menudo a hacerle compañía a María del Mar, mientras Mateo había dispuesto, a través de Amanecer, la consabida suscripción pro damnificados de Santander, suscripción a la que contribuyó toda la población, sin excluir al cónsul inglés, míster Edward Collins. Las listas de los donantes iban saliendo en el periódico y naturalmente las cifras variaban mucho. El Banco de España contribuyó con cinco mil pesetas; la gente modesta, con una peseta o con dos.

Las tertulias de María del Mar con sus amigas resultaron muy agradables.

– ¿Sabéis que casi me apetecía que Juan Antonio se fuera unos días por ahí? Necesitaba pensar un poco… De vez en cuando resulta agradable quedarse sola, ¿no creéis?

Era raro que María del Mar hablara así, pues siempre se quejaba de que su marido tenía que estar viajando. Pero en esta ocasión se lo tomó por el lado bueno. Y es que, realmente, necesitaba reflexionar. Desde la escena con Pablito había decidido poner mejor voluntad aún en aceptar la vocación política del Gobernador. Cuando éste regresara… procuraría interesarse más por sus problemas.

Sus amigas la animaron a ello.

– Claro que sí, mujer. Los hombres lo necesitan.

Esther dijo:

– También yo a veces he de aguantar largos discursos de Manolo sobre el artículo tal del código cual.

María del Mar iba recuperándose -la ausencia del Gobernador iba a durar una semana- y la mujer se daba cuenta de que esos desahogos con sus amigas, en la sala de estar del caserón del Gobierno Civil, en cuya chimenea los leños ardían, le hacían mucho bien.

Doña Cecilia, por ejemplo, tenía la santa virtud de ponerlas a todas de buen humor, especialmente porque al aludir a las cuestiones internacionales y a la guerra se armaba unos líos con los nombres que era para reírse. "¿Cómo se llama ese general chino que odia tanto a los japoneses?". "Chiang Kai-Shek", le informaba Carlota. "¡Ay, hija! Con ese nombre no se puede ganar, ¿verdad?".

1 ... 159 160 161 162 163 164 165 166 167 ... 219
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)