El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
El cardenal Vittorio le contó toda la historia, sin darle tiempo a preguntarse por qué no se habría puesto Justine en contacto con él.
– Él vino a verme y me preguntó si sabía que Dane era hijo suyo -dijo aquella voz amable, mientras las suaves manos acariciaban el lomo gris azul de Natacha.
– ¿Y qué le dijo usted?
– Le dije que lo sospechaba. No pude decirle más. Pero, ¡oh, su cara! ¡Su cara! Me hizo llorar.
– Esto le mató, sin duda alguna. La última vez que le vi, pensé que no se encontraba bien, pero él se echó a reír cuando le aconsejé que se hiciese reconocer por un médico.
– Ha sido voluntad de Dios. Creo que Ralph de Bricassart era el hombre más atormentado que he conocido en mi vida. En la muerte, encontrará la paz que nunca conoció en el mundo.
– Y el hijo, Vittorio. ¡Qué tragedia!
– ¿De veras lo cree así? Yo prefiero pensar que fue una muerte hermosa. Creo que Dane debió de recibirla de buen grado, y no es de extrañar que Nuestro Señor quisiera llamarte pronto a Su seno. Lo siento, sí, pero no por él. Lo siento por su madre, ¡que debe sufrir tanto! Y por su hermana, por sus tíos, por su abuela. No, no lloro por él. El padre O'Neill vivió en una pureza casi total de mente y de espíritu. ¿Qué pudo ser la muerte para él, si no la entrada a la vida eterna? Para nosotros, el paso no es tan fácil.
Desde su hotel, Rainer envió un telegrama a Londres, disimulando todo enojo, resentimiento o disgusto. Sólo decía: DEBO VOLVER A BONN PERO ESTARÉ FIN DE SEMANA EN LONDRES STOP POR QUÉ NO ME LO DIJISTE STOP CON TODO MI AMOR RAIN.
Sobre la mesa de su despacho de Bonn, había una carta urgente de Jüstine y un paquete certificado que, según le informó su secretaria, procedía de los abogados del cardenal De Bricassart en Roma. Abrió primero éste y se enteró de que, según el testamento de Ralph de Bricassart tendría que añadir otra compañía a la larga lista de aquellas cuya dirección ejercía. «Michar Limited». Y Drogheda. Contrariado, pero curiosamente conmovido, comprendió que de esta manera quería decirle el cardenal que, en definitiva, confiaba en él, y que las oraciones de los años de guerra habían dado fruto. Ponía en manos de Rainer el futuro bienestar de Meggie O'Neill y su familia. Al menos, así lo interpretó Rainer, porque los términos del testamento del cardenal eran muy impersonales. No podían ser de otra manera.
Dejó el paquete en la cesta de correspondencia no secreta, para su contestación inmediata, y abrió la carta de Jüstine. Ésta empezaba mal, sin ninguna clase de saludo.
Gracias por el telegrama. No tienes idea de lo mucho que me alegré de que no estuviésemos en contacto estas dos últimas semanas, pues no habría podido soportar tenerte cerca de mí. Lo único que se me ocurría pensar, cuando me acordaba de ti, era que debía dar gracias a Dios de que no lo supieses. Tal vez te cueste comprenderlo, pero no quiero que estés conmigo. El dolor no tiene nada de agradable. Rain, y el hecho de que presenciases el mío no podría aliviarlo. Desde luego, tal vez dirás que esto demuestra lo poco que te amo. Porque, si te amase de veras, me volvería instintivamente a ti, ¿no es cierto? En cambio, lo que hago es apartarme.
Por consiguiente, quisiera que lo dejásemos correr de una vez para siempre, Rain. No tengo nada que darte, ni quiero nada de ti. Esto me ha enseñado lo que significa una persona con la que se ha convivido durante veintiséis años. No podría soportarlo otra vez, y tú mismo lo dijiste, ¿recuerdas? O matrimonio, o nada. Pues bien, yo elijo nada.
Mi madre me dice que el viejo cardenal murió a las pocas horas de salir yo de Drogheda. Es curioso. Mamá está muy trastornada por su muerte. No es que me lo haya dicho, pero yo la conozco. No entiendo por qué ella y Dane y tú le apreciabais tanto. Yo nunca pude hacerlo. Pensaba que se pasaba de listo. Y no voy a cambiar de opinión porque se ha muerto.
Y esto es todo. Te lo digo en serio, Rain. Puesta a elegir, me quedo con nada. Cuídate mucho.
Firmaba como siempre: «Justine», en trazos negros y firmes, y había escrito la carta con la nueva pluma de punta de fieltro que había recibido con tanta satisfacción cuando él se la había regalado, como instrumento grueso, negro y lo bastante rotundo para ella.
No dobló la carta ni la metió en la cartera, ni la quemó; hÍ2o con ella lo que hacía con toda la correspondencia que no requería contestación: rasgarla en cuanto acabó de leerla y tirarla al cesto de los papeles. Mientras tanto, pensaba que la muerte de Dane había interrumpido definitivamente su despertar emocional, y se sentía muy desgraciado. No había derecho. Aunque quizás él había esperado demasiado.
De todos modos voló a Londres el fin de semana, pero no para verla, aunque la vio. En el escenario, como Desdémona, la adorada esposa del Moro. Formidable. Nada podía hacer por ella que no pudiese hacerlo el escenario, al menos por ahora. ¡Buena chica! Viértelo todo en la escena.
Sólo que ella no podía verterlo todo en la escena, porque era demasiado joven para representar a Hécuba. El escenario era simplemente el único lugar que la brindaba paz y olvido. Sólo podía decirse: «El tiempo cura todas las heridas»; pero no lo creía. Y se preguntaba por qué seguían doliéndoie tanto. Cuando Dane vivía, no había pensado realmente mucho en él, salvo cuando estaban juntos, y, cuando se habían hecho mayores, estos momentos se habían visto limitados por sus vocaciones casi opuestas. Pero la muerte de él había creado un vacío tan enorme que desesperaba de poder llenarlo algún día.
La impresión de tener que sobreponerse a esta reacción espontánea: «Tengo que hablarle de esto a Dane; él sabrá lo que he de hacer», era lo que le dolía más. Y, como ocurría tan a menudo, prolongaba su dolor. Si las circunstancias que habían rodeado su muerte hubiesen sido menos' horribles, tal vez se habría recobrado más rápidamente, pero la pesadilla de aquellos pocos días permanecía vivida. Le encontraba a faltar de un modo insoportable; su mente volvía una y otra vez al hecho inverosímil de la muerte de Dane, del Dane que nunca volvería.
Además, tenía la convicción de que no le había ayudado como debía. Todos, menos ella, parecían creer que Dane era perfecto, que no experimentaba las angustias que sentían otros hombres, pero Justi-ne sabía que le habían afligido las dudas, que se había atormentado con su propia indignidad, que se había preguntado qué podía ver la gente en él, aparte de su cara y de su cuerpo. ¡Pobre Dane, que nunca parecía comprender que la gente le quena por su bondad! Era terrible pensar que ahora era demasiado tarde para ayudarle.
Y también se afligía por su madre. Si esta muerte la apenaba tanto a ella, ¿qué debía ser para mamá? Esta idea hacía que quisiera alejarse, gritando y llorando, de los recuerdos, del conocimiento. La imagen de los tíos en Roma, el día de la ordenación, sacando el pecho como palomos orgullosos. Esto era lo peor de todo: imaginar la desolación vacía de su madre y de los otros seres de Drogheda.
Sé sincera, Justine. Sinceramente, ¿era esto lo peor? ¿No había algo que las trastornaba mucho más? No podía borrar de su mente el recuerdo de Rain, ni lo que ella consideraba como una traición a Dane. Para satisfacer sus propios deseos, había dejado que Dane se marchase solo a Grecia, cuando, si le hubiese acompañado, tal vez le habría salvado la vida. No había alternativa. Dane había muerto por culpa de su pasión egoísta por Rain. Ahora era tarde para recobrar a su hermano, pero, si el no volver a ver a Rain podía atenuar un poco su culpa, el ansia y la soledad valdrían la pena.