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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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No sólo sus palabras, sino también la angustia de su voz, le dijeron por qué había atormentado tanto a la madre de Justine la ausencia de ésta en los dos últimos años. La importancia de su propia misión disminuyó; ahora tenía otra: calmar los temores de Meggie.

– Yo tengo la culpa de esto -declaró con firmeza.

– ¿Usted? -preguntó, asombrada, Meggie.

– Justine había proyectado ir a Grecia con Dane, y está convencida de que, si lo hubiese hecho, Dane estaría vivo.

– ¡Tonterías! -replicó Meggie.

– De acuerdo. Pero, aunque nosotros sepamos que es una tontería, Justine no lo sabe. Es usted quien debe hacérselo ver.

– ¿Yo? Usted no lo comprende, señor Hartheim. Justine no me ha escuchado en toda su vida, y, en la actualidad, cualquier influencia que pudiese tener sobre ella ha desaparecido por completo. Ni siquiera quiere verme.

Su tono era desolado, pero no abyecto.

– Yo caí en la misma trampa que mi madre -si-

Ció diciendo, sin ambages-. Drogheda es mi vida… casa, los libros… Aquí soy necesaria; aquí, mi I vida tiene un objeto. Hay personas que confían en mí. Mis hijos no confiaron nunca, ¿sabe? Nunca.

– Esto no es verdad, señora O'Neill. Si lo fuese, Justine podría venir a usted sin ningún escrúpulo. Menosprecia usted la calidad del amor que ella le tiene. Cuando digo que yo tengo la culpa de lo que le pasa a Justine, es porque ella se quedó en Londres por mi causa, para estar conmigo. Pero sufre por usted, no por mí.

Meggie se irguió.

– ¡Ella no tiene derecho a sufrir por mí! Que sufra por ella misma, si tiene motivos, pero no por mí. ¡Nunca por mi!

– Entonces, ¿me cree cuando le digo que ella no sabe nada de lo de Dane y el cardenal?

La actitud de ella cambió, como si hubiese recordado que otras cosas estaban en juego y que la estaba perdiendo de vista.

– Sí -dijo-, le creo.

– Yo he venido a verla porque Justine necesita su ayuda y no puede pedírsela -declaró él-. Debe convencerse de que ella necesita empuñar de nuevo las riendas de su vida…, no de una vida en Drogheda, sino de la vida que le es propia y que nada tiene que ver con Drogheda.

Se retrepó en el sillón, cruzó las piernas y encendió otro cigarrillo.

– Justine se ha puesto una especie de cilicio, pero por razones equivocadas. Si alguien puede hacérselo ver, es usted. Sin embargo, quiero advertirle que, si lo nace, ella no volverá nunca a casa, mientras que, si sigue como ahora, es posible que acabe volviendo aquí para siempre.

»El escenario no es suficiente para una persona como Justine -siguió diciendo-, y llegará un día en que ella se dará cuenta de esto. Entonces querrá tener compañía y optará, bien por su familia y Drogheda, bien por mí. -Le sonrió, con profunda comprensión-. Pero las personas tampoco son suficientes para Justine, señora O'Neill. Si Justine opta por mí, podrá tener también el escenario, cosa que Drogheda no puede ofrecerle. -Ahora la miraba severamente, casi como un adversario-. He venido a pedirle que haga que ella me elija a mí. Puedo parecerle cruel al decir esto, pero la necesito más de lo que podría necesitarla usted.

Meggie volvió a adoptar una actitud envarada. -Drogheda no es una alternativa tan mala -replicó-. Habla usted como si esto tuviese que ser el fin de su vida; pero no lo sería en modo alguna, ¿sabe? Podría continuar en el teatro. Ésta es una verdadera comunidad. Aunque se casara con Boy King, como el abuelo de éste y yo deseamos desde hace muchos años, sus hijos estarían tan bien cuidados en su ausencia como podrían estarlo si se casara con usted. ¡Ésta es su casa! Conoce y comprende esta clase de vida. Si la eligiese, sabría muy bien lo que esto entrañaría. ¿Puede usted decir lo mismo de la clase de vida que le ofrecería?

– Ño -dijo él, impasible-. Pero a Justine le gustan las sorpresas. En Drogheda, se quedaría estancada.

– Quiere usted decir que sería desgraciada.

– No, no exactamente. No me cabe duda de que, si optase por regresar aquí y se casara con ese Boy King… A propósito, ¿quién es ese Boy King?

– El heredero de una propiedad vecina, Bugela, y. un viejo amigo de la infancia que quisiera ser más que amigo de ella. Su abuelo desea este matrimonio por razones dinásticas; yo lo deseo porque creo que es lo que le conviene a Justine.

– Comprendo. Bueno, si ella volviese y se casara con Boy King, aprendería a ser feliz. Pero la felicidad es un estado relativo. No creo que tuviese nunca la clase de satisfacción que encontraría conmigo. Porque Justine me ama a mí, señora O'Neill, no a Boy King.

– Entonces, tiene una manera muy rara de demostrarlo -dijo Meggie, tirando del cordón de la campanilla para que trajesen el té-. Además, señor Har-theim, creo que, como le dije antes, calcula usted en más de lo que vale mi influencia cerca de Justine. Esta no ha hecho nunca el menor caso de lo que le he dicho, ni quiere que le diga nada.

– Usted no es tonta -replicó él-. Sabe que, si quiere, puede hacerlo. Ahora, sólo quiero pedirle que piense en lo que le he dicho. Tómese tiempo, pues no hay prisa. Soy un hombre paciente.

Meggie sonrió.

– Entonces, es usted una rareza -dijo.

Rainer no volvió a tocar el tema, y tampoco lo hizo ella. Durante la semana de su estancia se portó como un invitado cualquiera, aunque Meggie tuvo la impresión de que trataba de mostrarle qué clase de hombre era. Estaba claro que sus hermanos le habían tomado simpatía; en cuanto se enteraron de su llegada, estando en la dehesa, volvieron en seguida y se quedaron en la casa hasta que él partió para Alemania.

A Fee también le gustó; su nsta se había deteriorado hasta el punto de que ya no podía llevar los libros, pero, por lo demás, estaba muy lejos de la senectud. La señora Smith había muerto mientras dormía, el invierno pasado, a edad muy avanzada, y, para no imponer una nueva ama de llaves a Minnie y Cat, viejas las dos pero todavía fuertes, Fee había traspasado los libros a Meggie y ocupaba, más o menos, el sitio de la señora Smith. Fue Fee la primera en advertir que Rainer era un eslabón directo en aquella parte de la vida de Dane que nadie había tenido nunca, en Drogheda, la oportunidad de compartir, y le pidió que le hablase de ella. Él accedió gustoso, pues en seguida se había dado cuenta de que nadie en Drogheda rehuía hablar de Dane, antes se alegraban de oír nuevas cosas de él.

Detrás de su máscara cortés, Meggie pensaba continuamente en lo que Rainer le había dicho, no podía dejar de reflexionar sobre el dilema que él le había planteado. Hacía tiempo que había renunciado a toda esperanza en el regreso de Justine, y, ahora, él casi se lo aseguraba y, además, confesaba que Justine sería feliz si volvía. Aparte de esto, le estaba profundamente agradecida por otra cosa: había alejado el fantasma de su miedo de que, de alguna manera, hubiese descubierto Justine el lazo que había existido entre Dane y Ralph.

En cuanto a casarla con Rain, Meggie no sabía qué podía hacer para empujar a Justine a hacer algo que, por lo visto, se negaba a hacer. ¿O era que no quería saberlo? Había acabado por tomarle muchísima simpatía a Rain, pero la felicidad de éste no podía importarle tanto como el bien de su hija, de la gente de Drogheda y de la propia Drogheda. La cuestión crucial era ésta: ¿hasta qué punto era Rain vital para la futura felicidad de Justine? A pesar de la afirmación de él de que Justine le amaba, Meggie no recordaba que su hija hubiese dicho nunca nada que pudiese indicar que Rain tenía para ella la misma importancia que Ralph había tenido para Meggie.

A mediados de abril, hacía dos años y medio que había muerto Dane, y Justine experimentó el ardiente deseo de ver algo que no fuese hileras de casas y montones de gente malhumorada. De pronto, aquel hermoso día de primavera, de aire templado y sol frío, la ciudad de Londres le resultó insoportable. Por consiguiente, tomó un tren de cercanías hasta Kew Gardens, contenta de que fuese martes y tuviese el vagón casi para ella sola. Además, aquella noche no trabajaba, por lo que no importaría si se cansaba correteando por los caminos.

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