El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
Y fueron pasando las semanas, y los meses. Un año, dos años. Desdémona, Ofelia, Porcia, Cleopatra. Desde el primer momento se jactó de comportarse exteriormente como si no hubiese ocurrido nada capaz de arruinar su mundo; tenía un cuidado exquisito en hablar, reír y relacionarse con la gente con toda normalidad. Si mostraba algún cansancio, era que ahora se portaba más amablemente que antes, pues las penas de la gente la afectaban como si fuesen propias. Pero, en general, era exteriormente, la misma Justine de siempre: impertinente, exuberante, impetuosa, despegada, agria.
Dos veces quiso hacer una visita a Drogheda, y la segunda, pagando incluso el pasaje en avión de su bolsillo. Pero cada vez se lo impidió una razón terriblemente importante, surgida en el último momento; sin embargo, ella sabía que la verdadera razón era una mezcla de culpabilidad y de cobardía. Sencillamente, no se atrevía a enfrentarse con su madrfe; de hacerlo, toda la historia saldría a la luz, quizás en medio de una ruidosa tormenta de dolor que, hasta el momento, había logrado evitar. La gente de Drogheda, y en particular su madre, debía seguir absolutamente convencida de que Justine estaba bien, que Justine había sobreviyido relativamente incólume. Por consiguiente, era mejor mantenerse apartada de Drogheda. Mucho mejor.
Meggie iba a suspirar, pero se contuvo. Si los huesos no le hubiesen dolido tanto, tal vez habría montado a caballo y dado un paseo; pero, hoy, sólo el pensarlo le producía dolor. Lo dejaría para otro día, cuando el artritismo se dejase sentir menos cruelmente.
Oyó el ruido de un coche y el golpe de la aldaba en la puerta principal, y un murmullo de voces, entre ellas la de su madre, y pisadas. No era Justine; por tanto, ¿qué importaba?
– Meggie -dijo Fee; desde la entrada de la galería-. Tenemos una visita. ¿Quiere usted pasar?
El visitante era un hombre distinguido y de edad madura, aunque tal vez era más joven de lo que parecía. Muy diferente dejo? hcmbres que ella conocía, aunque mostraba la misma energía y el mismo aplomo que había tenido Ralph. Que había tenido. El' más remoto de los tiempos pasados, y, ahora, realmente definitivo.
– Meggie, éste es el señor Rainer Hartheim -dijo Fee, plantándose junto al sillón de aquélla.
– ¡Oh! -exclamó involuntariamente Meggie, muy sorprendida al ver a aquel Rain que tanto figuraba en las cartas de Justine de los viejos tiempos. Después, recordando sus buenos modales-: Siéntese, señor Hartheim, por favor.
Él también la miraba sorprendido.
– ¡Justine no se le parece en nada! -dijo, en tono bastante casual.
– No; en nada.
Se sentó delante de él.
– Te dejaré a solas con el señor Hartheim, Meggie, pues dice que desea hablarte en privado. Llama, cuando quieras que traigan el té -ordenó Fee, y se marchó.
– Es usted el amigo alemán de Justine, naturalmente -dijo Meggie, desconcertada.
Él sacó su pitillera.
– ¿Me permite?
– Desde luego.
– ¿Quiere usted uno, señora O'Neill?
– No, gracias; no fumo. -Se alisó el vestido-. Está usted muy lejos de su casa, señor Hartheim. ¿Tiene negocios en Australia?
Él sonrió, preguntándose lo que diría ella si supiese que él era, en efecto, quien mandaba en Drog-heda. Pero no tenía la menor intención de decírselo, pues prefería que todos los de Drogheda creyesen que su bienestar estaba enteramente en las manos impersonales del caballero que empleaba como intermediario.
– Llámeme Rainer, señora O'Neill, se lo ruego -dijo, dando a su nombre la misma pronunciación que le daba Justine, y convencido de que aquella mujer acabaría llamándole así en un futuro próximo, pues no era de las que se andaba con remilgos con los desconocidos-. No, no tengo ningún asunto oficial en Australia, pero sí una buena razón para venir. Quería verla a usted.
– ¿Verme a mí? -preguntó ella, sorprendida. Y, para disimular su súbita confusión, cambió de tema-: Mis hermanos hablan con frecuencia de usted. Fue muy amable con ellos, cuando estuvieron en Roma para la ordenación de Dane. -Y pronunció el nombre de Dane sin tristeza, como si acostumbrase citarlo a menudo-. Espero que pueda quedarse unos días, y así podrá verlos.
– Lo haré -dijo él, con naturalidad.
Para Meggie, la entrevista iba resultando inesperadamente incómoda; él era un extraño, acababa de decir que había viajado veinte mil kilómetros sólo para verla, y, por lo visto, no tenia prisa en ilustrarla sobre el motivo. Pensó que acabaría simpatizando con él, pero le daba un poco de miedo. Quizás era la primera vez que veía un hombre como Rainer, y era esto lo que la intimidaba. De pronto, vio a Justine bajo una luz completamente nueva: ¡su hija podía relacionarse fácilmente con hombres como Rainer Moerling Hartheim! Y al fin pensó en Justine como en una mujer que podía ser su compañera.
Aunque de edad avanzada y cabellos blancos, era todavía muy hermosa, pensaba él, mientras ella le miraba cortésmente; todavía estaba sorprendido de que no se pareciese en absoluto a Justine, mientras Dane se había parecido tanto al cardenal. ¡Debía encontrarse terriblemente sola! Sin embargo, no podía compadecerla como compadecía a Justine; saltaba a la vista que sabía lo que se hacía.
– ¿Cómo está Justine? -preguntó ella.
Él encogió de hombros.
– No lo sé. No la he visto desde antes de la muerte de Dane.
Ella no pareció asombrada.
– Yo tampoco la he visto desde el entierro de Dane -dijo, y suspiró-. Al principio, esperé que volvería a casa; pero empiezo a creer que no lo hará jamás.
Él murmuró algo a modo de consuelo; pero ella no pareció oírle, pues siguió hablando, aunque en tono diferente, como si lo hiciese consigo misma.
– Actualmente, Drogheda parece un asilo de ancianos -dijo-. Necesita sangre joven, y Justine es la única que la tiene.
Él dejó de sentir compasión; se inclinó rápidamente hacia delante, brillándole los ojos.
– Habla usted de ella como si fuese un pedazo de Drogheda -dijo, ahora con voz dura-. Y puedo decirle, señora O'Neill ¡que no lo es!
– ¿Qué derecho tiene usted a juzgar lo que es o deja de ser Justine? -preguntó ella con irritación-. A fin de cuentas, usted mismo ha dicho que no la ha visto desde antes de la muerte de Dane, ¡y de esto hace dos años!
– Sí, tiene usted razón. Todo pasó hace dos años. -Su tono era ahora más amable, comprendiendo de nuevo lo que debía ser la vida, de aquella mujer-.
Lo soporta usted muy bien, señora O'Neill.
– ¿Lo cree usted así? -preguntó ella, tratando de sonreír y sin dejar de mirarle a los ojos.
De pronto, él empezó a comprender lo que debió ver en ella el cardenal para amarla tanto. Algo que no tenía Justine; pero él no era el cardenal Ralph; buscaba otras cosas.
– Sí, lo soporta usted muy bien.
Ella captó en seguida la intención oculta y vaciló.
– ¿Cómo sabe usted lo de Dane y Ralph? -preguntó, con voz temblorosa.
– Lo adiviné. Pero no tema, señora O'Neill, pues nadie más lo supo. Yo lo adiviné porque conocía al cardenal desde mucho tiempo antes de conocer a Dane. En Roma, todo el mundo pensaba que el cardenal era hermano de usted, tío de pane; pero Justine me desengañó el día que la conocí.
– ¿Justine? ¡No! -exclamó Meggie.
El le sujetó la mano con que golpeaba frenéticamente su rodilla.
– ¡No, no, no, señora O'Neill! Justine no tiene la menor idea de esto, y quiera Dios que no lo sepa nunca. Su indiscreción fue totalmente fortuita, puede creerme.
– ¿Está seguro?
– Sí; lo juro.
– Entonces, por el amor de Dios, ¿por qué no viene a casa? ¿Por qué no quiere venir a verme? ¿Por qué evita mirarme a la cara?