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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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– Siéntate, por favor.

– Gracias -dijo ella, con la misma rigidez.

Sólo cuando se hubo sentado y pudo él contemplar toda su persona, advirtió que tenía los pies y los tobillos muy hinchados.

– ¡Meggie! ¿Has volado desde Australia hasta aquí, sin descansar en el camino? ¿Qué sucede?

– Sí, he venido directamente -dijo ella-. Desde hace veintinueve horas, estuve sentada en aviones, desde Gilly hasta Roma, sin poder hacer nada más que mirar las nubes a través de la ventanilla, y pensar.

Su voz era dura, fría.

– ¿Qué sucede? -repitió él, con impaciencia, inquieto y temeroso.

Ella alzó la mirada y le observó fijamente.

Había algo horrible en sus ojos; algo tan hosco y halado que él sintió un escalofrío en la nuca y se llevó una mano a ella para borrar la sensación.

– Dane ha muerto -dijo Meggie.

El se dejó caer en un sillón, y su mano cayó flaccida, como la de un muñeco roto, sobre la falda escarlata.

– ¿Muerto? -dijo, lentamente-. ¿Dane, muerto?

– Sí. Se ahogó hace seis días en Creta, salvando a unas mujeres en el mar.

Él se inclinó hacia delante, cubriéndose la cara con las manos.

– ¡Muerto! -repitió, instintivamente-. ¿Dane, muerto? ¡Mi espléndido muchacho! ¡No puede estar muerto! Dane… era un sacerdote perfecto…, todo lo que yo no había podido ser. Tenía todo lo que me faltaba a mí. -Se le quebró la voz-. Siempre lo había tenido, y todos lo sabíamos…, todos los que no somos sacerdotes perfectos. ¿Muerto? ¡Oh, Señor!

– Deja en paz a tu Señor, Ralph -dijo la desconocida que se sentaba delante de él-. Tienes cosas más importantes que hacer. He venido a pedirte ayuda, no a contemplar tu desconsuelo. He tenido muchas horas para pensar cómo te daría la noticia; todas esas horas en el aire, mirando las nubes y sabiendo que Dane está muerto. Después de efeto, tu aflicción no puede conmoverme.

Sin embargo, cuando él levantó la cara, el frío y muerto corazón de la mujer se sobresaltó, se; retorció. Era la cara de Dane, con un sufrimiento escrito en ella que Dane no podría sentir nunca. ¡Oh, gracias a Dios! Gracias a Dios que ha muerto, que no tendrá que pasar lo que ha pasado ese hombre, lo que he pasado yo. Mejor estar muerto que sufrir de esta manera.

– ¿Qué puedo hacer, Meggie? -preguntó él en tono suave, reprimiendo visiblemente sus propias emociones, para adoptar el aire afectuoso del consejero espiritual.

– Grecia es un caos. Han enterrado a Dane en algún lugar de Creta, y na puedo saber dónde, ni cuándo, ni por qué. Sólo supongo que mis instrucciones para que lo enviasen a casa en avión se demoraron a causa de la guerra civil…, y en Grecia hace tanto calor como en Australia. Por consiguiente, cuando vieron que nadie lo reclamaba, se apresuraron a enterrarle. -Se inclinó hacia delante-. Quiero que me devuelvan a mi hijo, Ralph; quiero que lo encuentren y lo lleven a casa, a reposar donde le corresponde, en Drogheda. Le prometí a Jims que lo llevaría a Drogheda, y lo haré, aunque tenga que arrastrarme de rodillas entre todas las tumbas de Grecia. No pienses en una tumba romana para él, Ralph; no, mientras yo viva y pueda sostener una batalla legal. Tiene que volver a casa.

– Nadie va a negarte este derecho, Meggie -replicó el cardenal con dulzura-. Es tierra consagrada católicamente, y esto es lo único que exige la Iglesia. También yo he pedido que me entierren en Drogheda. -Yo no puedo realizar todas las gestiones -continuó diciendo Meggie, haciendo caso omiso de las palabras de él-. No conozco el griego, ni tengo poder o influencia. Por consiguiente, acudo a ti, para que emplees los tuyos. ¡Devuélveme a mi hijo, Ralph! -No temas, Meggie; lo conseguiremos, aunque tal vez necesitemos algún tiempo. Ahora manda la izquierda en Grecia, y son bastante anticatólicos. Sin embargo, tengo amigos en Grecia, y se hará. Pondré inmediatamente en marcha todos los resortes. Queda tranquila. El era sacerdote de la Santa Iglesia Católica; tendrán que devolvérnoslo.

Alargó una mano para tirar del cordón de la campanilla, pero la fiera y fría mirada de Meggie le contuvo.

– No lo entiendes, Ralph. No quiero que pongas en marcha unos resortes. Quiero que me devuelvan a mi hijo, no Ja próxima semana o el mes próximo, ¡sino ahora! Tú hablas griego, puedes conseguir visados para ti y para mí, y obtener resultados. Quiero que me acompañes a Grecia ahora, y que me ayudes a recobrar a mi hijo.

.Había muchas cosas, en los ojos de éclass="underline" ternura, compasión, emoción, dolor. Pero eran también los ojos de un sacerdote: serenos, lógicos, razonables. -Quería a tu hijo como si hubiese sido mío, Meggie; pero no puedo salir de Roma en este momento. No soy un hombre libre, y tú debes saberlo más que nadie. A pesar de cuanto puedo sentir por ti, de cuanto puedo seritir por mí mismo, no puedo salir de Roma en mitad de un congreso de vital importancia. Soy el ayudante del Santo Padre.

Ella se echó atrás, asombrada y ofendida; después, meneó la cabeza, sonriendo a medias, como ante el imprevisible comportamiento de un objeto inanimado en el que no pudiese influir, y luego, se estremeció, se humedeció los labios, pareció tomar una decisión y se irguió en su asiento.

– ¿De veras querías a mi hijo como si fuese tuyo, Ralph? -le preguntó-. ¿Qué harías por un hijo tuyo? ¿Podrías quedarte ahí sentado y decirle a su madre: «No, lo siento mucho, pero no tengo tiempo»? ¿Podrías decir esto a la madre de tu hijo?

Los ojos de Dane, pero no los ojos de Dane. Miy rándola pasmados, afligidos, impotentes.

– Yo no tengo ningún hijo -dijo él-, pero, entre las muchas, muchísimas cosas que aprendí del tuyo, está, por muy doloroso que sea, que mi supremo y único deber es servir a Dios Todopoderoso.

– Dane era hijo tuyo -dijo Meggie.

Él la miró sin comprender.

– ¿Qué?

– He dicho que Dane era hijo tuyo. Cuando salí de Matlock Island, estaba encinta. Dane era hijo tuyo, no de Luke O'Neill.

– ¡No… no… no es verdad!

– No quería que lo supieses, ni siquiera ahora -dijo ella-. ¿Crees que te mentiría?

– ¿Para recobrar a Dane? Sí -articuló débilmente él.

Ella se levantó, se irguió frente al sillón tapizado de brocado, tomó la mano fina y apergaminada del hombre entre las suyas, se inclinó y besó el anillo, empañando el rubí con el aliento de su voz.

– Por todo lo que es sagrado para íi, Ralph, juro que Dane era hijo tuyo. No era ni podía ser de Luke. Lo juro por su muerte.

Hubo un gemido, como de un alma cruzando las puertas del infierno. Ralph de Bricassart cayó de su sillón y lloró, hecho un ovillo Sobre la alfombra, en medio de un charco escalata como de sangre fresca, oculta la cara entre sus brazos cruzados, mesándose los cabellos con las manos.

– ¡Sí, llora! -dijo Meggie-. ¡Llora, ahora que lo sabes! Es bueno que uno de sus padres pueda verter lágrimas por él. ¡Llora, Ralph! Durante veintiséis años, tuve a tu hijo y tú no lo supiste; ni siquiera pudiste darte cuenta. ¡No supiste ver que era tu vivo retrato! Cuando mi madre lo vio nacer, lo supo en seguida; pero tú no lo supiste nunca. Eran tus manos, tus pies, tu cara, tus ojos, tu cuerpo. Sólo el color de los cabellos era suyo; en todo lo demás, era corno tú. ¿Comprendes ahora? Cuando te lo envié, te dije en mi carta: «Lo que robé, ahora lo devuelvo.» ¿Te acuerdas? Sólo que ambos robamos, Ralph. Robamos lo que tú habías consagrado a Dios, y ambos teníamos que pagarlo.

Volvió a sentarse en su sillón, implacable y despiadada, y observó la agonía de la forma escarlata en el suelo.

– Yo te amé, Ralph; pero tú nunca fuiste mío. Lo que tuve de ti, hube de robarlo. Dane era mi parte, lo único que podía obtener de ti. Juré que nunca lo sabrías, juré que nunca te daría la oportunidad de quitármelo. Y entonces, él se entregó a ti por su propia y libre voluntad. Decía que eras la imagen del sacerdote perfecto. ¡Qué risa me dio al oírlo! Pero por nada del mundo te habría dado un arma como saber que era hijo tuyo. Sólo por esto. ¡Sólo por esto! Por nada más te lo habría dicho. Aunque supongo que ahora ya no importa. Ya no nos pertenece a ninguno de los dos. Pertenece a Dios.

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