El susurro del diablo
- Автор: Миябэ Миюки
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
El viento soplaba con fuerza. La parte superior de la carpa dispuesta a un lado de la casa para recibir a los dolientes ondeaba con asombrosa violencia a merced de los caprichos del aire.
Una chica que se parecía bastante a Yoko aguardaba sentada y hacía una mecánica reverencia a cada asistente. «Esa debe de ser su hermana pequeña», pensó Kazuko. Sabía que ella también estaba impaciente por irse a vivir a Tokio, pero Yoko había intentado disuadirla alegando que no había nada que pudiera interesarle allí.
Kazuko traía el habitual sobre de dinero que se entregaba junto con las palabras de pesame, pero no lo había firmado con su nombre real. Había tantísima gente que pensó que todo el pueblo estaba allí. Dispusieron el altar y el ataúd en una especie de veranda cuyo suelo quedaba cubierto por tatamis y donde, entre sutras, un sacerdote budista oficiaba la ceremonia fúnebre. El habitáculo estaba dotado de altos ventanales que se alzaban desde el suelo hasta el techo y que fueron abiertos para que los dolientes pudieran prender sus barritas de incienso y ofrecer sus oraciones sin tener que entrar en la casa. Kazuko se puso en la cola, esperó a que llegara su turno y, cuando le tocó acercarse, permaneció a un lado para escuchar al sacerdote. En cuanto empezó a temblar de frío, los vecinos la invitaron a unirse a la hoguera que habían prendido para entrar en calor.
– ¿Es usted de Tokio? -preguntó una anciana con la distintiva entonación del dialecto local.
– Sí, he llegado aquí a las dos de la tarde. -Cuando Kazuko salió de la estación, reparó en el ancho río que se extendía ante ella. Quedó hechizada. Caminó durante un buen rato por la carretera que se alzaba en una suave pendiente, cruzó el puente y prosiguió su camino por la orilla hasta adentrarse en el bosque. Tenía la sensación de haberse quitado un peso de encima y podía notar que la tensión que crispaba sus hombros empezaba a disiparse. Cuando vino a darse cuenta, ya eran las cinco de la tarde y el cielo había adoptado un tono oscuro.
– ¿Estudiaba con Yoko? -continuó la anciana.
Kazuko asintió mientras se calentaba las manos. La mujer detuvo a una chica que pasaba cargada con una bandeja llena de tazas, tomó dos y dio una a Kazuko. La taza estaba llena hasta el borde de un té suave y bien caliente.
– Yoko tenía la misma edad que mi hija -apuntó la mujer-. Le fue muy bien en el colegio y era una chica preciosa. Los Sugano querían que decidiera libremente su futuro, por eso la mandaron a la universidad.
– Sí… Lo sé.
– Y ahora está muerta. Tantos esfuerzos para nada.
Kazuko, incapaz de encontrar nada qué decir, continuó dando sorbos a su té.
– Tokio es un lugar aterrador.
– Los accidentes de tráfico son muy comunes -dijo Kazuko-. Yoko solo tuvo mala suerte.
La mujer lanzó a Kazuko una mirada inquisitiva, pero ella se concentró en la hoguera, parpadeando cada vez que uno de los leños se quebraba y crepitaba conforme ardía.
«Eso es», se aseguró a sí misma. «Yoko tuvo mala suerte. Dos suicidios y un accidente. Tres muertes, pero ni un solo elemento que los vincule.»
La chica que aguardaba bajo la carpa, en la recepción, se puso en pie y se encaminó hacia la entrada de la casa. Kazuko hizo una leve y educada reverencia a la mujer, dejó la taza sobre la bandeja y se dirigió hacia la chica.
– ¿Eres la hermana de Yoko?
– Sí. Me llamo Yukiko.
– Vengo de Tokio. Era su amiga.
– Agradecemos que haya hecho un viaje tan largo para asistir al funeral. -Las dos se apartaron a un lado para no interrumpir el progreso de la fila de dolientes. Kazuko se arañó con las ramas de un árbol ya huérfano de hojas.
– ¿Cuándo hablaste con tu hermana por última vez? -preguntó.
Yukiko se encogió de hombros.
– La última llamada que recibimos fue hace un par de semanas. ¿Por qué lo pregunta?
– Por nada. -Kazuko intentó fingir que inquirió aquello de forma desinteresada, y esbozó una sonrisa contenida, la única permitida en una celebración de semejante naturaleza-. Ocurrió muy de repente, y hacía mucho que no había hablado con ella. Lo siento tanto…
– Yoko nos dijo que quería regresar a casa -añadió la chica.
– ¿A casa?
– Dijo que se encontraba sola. Mamá habló con ella y la convenció para que aguantara allí. Solo le quedaba un año para terminar sus estudios, y las vacaciones de invierno están encima. Mamá le aseguró que iría a visitarla para ver cómo le iban las cosas.
Kazuko recordó que Yoko le había confesado lo asustada que estaba.
– Yoko me dijo que tú también querías irte a vivir a Tokio.
– Quise hacerlo durante un tiempo, pero cambié de opinión.
– ¿Por qué?
– Por nada en especial. Tengo un trabajo aquí, y estudiar no entraba en mis planes. Yoko sí quería estudiar inglés y por eso se matriculó en la universidad. -Kazuko tuvo la sensación de que Yukiko estaba resentida-. Y mis padres no tenían dinero suficiente para mandarnos a las dos.
Se oía un constante murmullo y la fragancia del incienso se adueñaba del lugar.
– No puedo creer que muriera así. Qué muerte más estúpida. -Su voz sonó como la de una niña consentida; tenía los ojos llenos de lágrimas.
– De modo que no lo sabes… -dijo Kazuko en un tono apenas audible.
– ¿Saber qué?
Kazuko abrió el bolso, sacó un pañuelo y se lo dio a Yukiko.
– Nada. Nada en absoluto.
Kazuko se acercó una vez más para contemplar la fotografía de Yoko y decidió regresar a la estación. «Quiero volver a Tokio».
De repente, se percató del alboroto que venía desde la entrada de la casa. Oyó gritos y el sonido de un impacto. Alguien había caído sobre una de las coronas funerarias, volcándola, y la gente se apresuraba a enderezarla.
– Es la mujer del conductor -dijo Yukiko.
– ¿Te refieres al que atropello a Yoko?
– Sí, ha venido con su abogado. Oh, oh, ahí viene papá.
Yukiko echó a correr hacia ellos y Kazuko la siguió.
– ¡Váyanse de aquí! ¡Márchense! -vociferaban unas rabiosas voces que se alzaban por encima de las demás. Dos personas salieron a la puerta de la casa. El vestía un traje oscuro, ella era una mujer rolliza vestida de luto.
– ¡Solo queremos expresar nuestras condolencias!
– No puede devolvernos a nuestra hija. ¡Así que, fuera! -Como dando énfasis a esas palabras, algo salió volando e impactó contra la cara de la mujer.
– ¡Señora Asano! -El abogado se abalanzó sobre ella para evitar que se desplomara. Kazuko se acercó a ver lo que el padre de Yoko había lanzado. Era un zapato grande y pesado.
La mujer dio un paso hacia atrás mientras se presionaba el pómulo derecho con la mano. Estaba sangrando. Los vecinos se mantuvieron a una prudente distancia, observando la escena. Nadie acudió en su ayuda.
– ¿Se encuentra bien? -preguntó Kazuko.
– Está herida -dijo el hombre que no apartaba la mirada de la cara de la mujer. Parecía estar sufriendo mucho con todo aquello, como si fuese él quien hubiese recibido el proyectil. Kazuko reparó en la brillante insignia que lucía en la solapa; tal y como había dicho Yukiko, era abogado. Entre los dos, la llevaron a un lugar más tranquilo y la sentaron sobre el muro de la casa vecina.
Yoriko Asano, que pretendía quitar gravedad al asunto, hizo un gesto con su mano libre.
– Estoy bien.
– Pues a mí no me lo parece. -El abogado se volvió hacia Kazuko-. Discúlpeme, señorita. ¿Le importaría quedarse con ella hasta que regrese? Voy a llamar a un taxi. La llevaré al médico.
– Sí, desde luego.
El abogado salió disparado en dirección a la estación. Kazuko se sentía incómoda y rezó para que volviera pronto.
– Lo siento -empezó a decir la señora-. Ni siquiera la conozco y se está preocupando por mí. Por favor, márchese, me encuentro bien…