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El susurro del diablo

Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:

Tres muertes se suceden en un breve intervalo de tiempo: una chica salta desde la azotea de un edificio de seis plantas; otra, cae del andén al paso de un tren; y una tercera es atropellada de noche por un taxi. Pero ¿qué relación guardan estos tres casos? ¿Accidentes, suicidios… o asesinatos?
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
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Takano era una de las pocas personas con las que Mamoru había compartido la historia de su padre. Los menores de edad debían contar con el permiso de sus tutores para trabajar. Cuando Mamoru solicitó un puesto en Laurel, le comentó a Takano que sus padres habían fallecido y que vivía con su tía. Conforme fue conociendo a Takano, empezó a depositar su confianza en él y a considerarlo un amigo, pero aún albergaba sus dudas. ¿Cambiaría de actitud si conociera la verdad sobre Mamoru? Un día, se armó de valor, se preparó para afrontar la decepción y decidió contarle toda la historia. Sin embargo, Takano ni pestañeó.

– Escucha -había sentenciado-. Si es que estás considerando la idea de buscar a tu padre para que te inicie en las artes de la malversación, quizás debiera preocuparme. Claro que, en ese caso -y se echó a reír-, ¡yo también quiero mi parte!

En cuanto Mamoru empezó su turno, reparó en un cambio visible en la decoración del departamento. Se trataba de un imponente monitor de unos dos metros de alto por dos de ancho. La pantalla gigante, en la que ahora se proyectaban imágenes de un bosque teñido de colores otoñales, quedaba colocada frente a la escalera mecánica para captar de inmediato la atención de los clientes.

– Es una pasada, ¿verdad? Lo llaman «el último arma comercial» -dijo a Mamoru una de las chicas de la caja registradora al ver que este permanecía boquiabierto ante el aparato-. Está aquí desde el lunes.

– ¿Es lo que se conoce como «vídeo ambiental»?

– Me imagino que sí. Lo cierto es que queda mejor que las hojas de plástico pegadas a la pared. Y el caso es que a los clientes les gusta. Otra cosa es la inversión que supone… Dicen que es carísima.

– ¿Hay una en cada planta?

– Por supuesto. Un técnico las supervisa desde una sala de control. A los jefes les ha costado decidir el lugar donde iban a colocarla pero, mira tú por dónde, al final han decidido levantar un muro en el vestuario de mujeres e instalarla allí.

– Andémonos con ojo, ¡quizás el Gran Hermano esté detrás de todo esto! -Sato, ceñudo, emergió desde un pasillo donde había estado colocando las estanterías.

Mamoru y la chica intercambiaron una mirada. «Oh, oh. Ya está con la misma canción». A Sato le gustaba casi tanto la ciencia ficción como vagar alrededor del mundo. Y nadie ignoraba que 1984, de George Orwell, era su novela favorita.

– Reíros si queréis, pero están utilizando esos vídeos para vigilarnos. Esas bonitas imágenes no son sino camuflaje.

– ¡Pero si la semana pasada nos advertiste que llevásemos cuidado con lo que decíamos sobre los jefes porque, según tú, los lavabos estaban repletos de micrófonos! -replicó la chica.

– ¿Y acaso me equivocaba? Los encargados sabían perfectamente quién de las chicas había planeado ratear unas chocolatinas para el Día de San Valentín.

– ¡No me digas! Todo el mundo pagó sus chocolatinas. Tú también, si estoy en lo cierto.

– He dicho «ratear».

– ¿Y quién fue? -preguntó la cajera, inclinándose hacia adelante.

– Ve a preguntárselo a los encargados.

Mamoru pasó junto al monitor y echó un vistazo. Ningún interruptor ni panel de control quedaba visible. No se trataba más que de una pantalla gigante que, en ese preciso instante, mostraba a turistas recogiendo castañas. En la esquina inferior izquierda, Mamoru divisó las iniciales M y A unidas en un logo. Creyó reconocerlas de algún otro sitio, pero no podía recordar de dónde.

– Y ya que están proyectando vídeos, ¿por qué no nos dejan ver 2001: Una odisea en el espacio o alguna película interesante? -refunfuñó Sato.

– ¿Estás de coña? -rió Mamoru-. Los clientes se quedarían dormidos antes de comprar ningún artículo.

– ¡Kusaka, tienes visita! -Mamoru se volvió sobre sí mismo y encontró a Yoichi Miyashita, un compañero de clase.

El chico parecía incómodo. Cerraba y abría los puños convulsivamente, nervioso, como si intentara armarse de valor para decir algo. Se lo veía pálido y frágil, y tenía la piel clara y ese tipo de complexión delgada que tanto gustaba a las chicas.

Mamoru apenas lo había visto hablar con nadie a la salida del instituto. Sus notas rozaban la media y solía faltar a clase. Todos sabían que Miura y sus matones tenían algo que ver con su absentismo.

– Eh ¿has venido a comprar algo? -Yoichi aparentaba tal inquietud que Mamoru deseó que Anego estuviese allí para romper el hielo-. La Sección de Arte está por allí… -El chico sabía que Yoichi era miembro del club de arte, y lo había visto leyendo la revista Arte Moderno. Una publicación especializada en la que Mamoru no hubiese reparado de no ser porque trabajaba en la Sección de Libros.

Una vez miró la revista por encima del hombro de Yoichi. Este observaba un cuadro en el que aparecían figuras sin rostro y de sexo indeterminado que se hallaban ante lo que parecía una especie de coliseo.

– ¿Qué es eso? -inquirió.

A Yoichi se le iluminó la mirada.

– Las musas inquietantes, de Giorgio de Chirico. Es mi cuadro favorito.

Musas… Ahora que lo mencionaba, Mamoru se fijó en que las figuras llevaban togas. El título de la página señalada apuntaba a una muestra de la obra de Chirico en Osaka.

– Van a celebrar una exposición suya en la que han reunido numerosas obras repartidas por todo el mundo.

– Las mujeres pintan cuadros demasiado complicados -masculló Mamoru.

Yoichi, que se había dado cuenta de que su interlocutor confundía el apellido «Chirico» con el nombre japonés «Kiriko», estalló en carcajadas [4]. Aquello sorprendió a Mamoru que nunca lo había visto sonreír siquiera.

– ¡No es japonesa! Es un maestro italiano. Todo un vanguardista del surrealismo.

Yoichi empezó a charlar sobre Chirico como otro lo hubiese hecho de su estrella de rock favorita. Tras aquel encuentro, Yoichi y Mamoru se hicieron amigos, aunque Mamoru no compartía la pasión por el arte de su compañero. Estaba seguro de que Miura odiaba a Yoichi solo porque manifestaba abiertamente su amor por unas obras que otros eran incapaces de apreciar.

– Entonces, ¿qué pasa? ¿Quieres que hablemos? -inquirió Mamoru-. ¿Se trata otra vez de Miura? -Él sabía que el abusón aprovechaba cada oportunidad que se le brindaba para meterse con Yoichi por su delgadez y su aire distraído. Y por supuesto, al profesor Incompetente le traía sin cuidado.

– No, no tiene nada que ver con eso -negó Yoichi en el acto-. Pasaba por la zona y me acordé de que trabajabas aquí, de modo que he venido a hacerte una visita.

Mamoru se sintió tan sorprendido como agradado. Siempre supuso que Yoichi era de los que cambiaban de acera cuando se cruzaban con algún conocido, sin importar la relación que los uniese.

– Acabo en media hora. Si no te importa esperar, podemos dar una vuelta después.

– Hum… -Yoichi empezó a balancearse sin apartar la vista del suelo-. En realidad, he venido porque…

– ¡Disculpe! -Un cliente reclamaba la atención de Mamoru-. ¿Tiene el segundo tomo de esta novela?

– Mira, estás liado. Hablaremos más tarde -concluyó acuciado Yoichi y, sin esperar respuesta alguna, se apresuró hacia la escalera mecánica.

– ¡Disculpe! -El cliente insistía. Aún intrigado por lo que Yoichi quería comentarle, Mamoru se encaminó aprisa hacia la sección de novela romántica para buscar el libro.

* * *

La ceremonia ya había comenzado cuando Kazuko Takagi llegó a casa de Yoko Sugano. El pueblo era tan pequeño como Yoko lo había descrito. Kazuko siguió las señales enmarcadas en negro que anunciaban un velatorio celebrado por la familia Sugano. Ascendió por una estrecha carretera de montaña hasta culminar en un terreno plano en el que se alzaban tres casas. La de Yoko quedaba más alejada.

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[4] En la onomástica japonesa, el sufijo -ko viene a significar «niña». (N. de la T.)

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