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El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]

Электронная книга - «El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]». Краткое содержание книги:

Los comerciantes hani y sus antiguos enemigos, los kif, coexisten en precaria paz en la estación Punto de Encuentro. Hasta que el Extraño aparece y provoca la gran conmoción que acabará poniendo en peligro el pacto interestelar entre diversas especies. La capitana hani Pyanfar Chanur deberá afrontar la persecución de los kif, con la ayuda de los mahendo sat y la constante presencia de los misteriosos knnn. Y todo ello sin olvidar la defensa de la mismísima casa de Chanur en su planeta natal.
Una saga espacial que moderniza lo mejor de la clásica space opera y que da inicio a una tetralogía que hará historia dentro del genero.
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Pyanfar miró a Hilfy y luego a Geran y Chur, que lo observaban todo con rostro inexpresivo. Sabían muy bien cuál era el nivel de inteligencia de su pasajero, pero en cuanto a conocer las dificultades que había tenido con los kif, eso ya era otro asunto, aunque imaginó que debían tener una buena idea al respecto, dado lo que habían ido oyendo y las conjeturas que habían podido formarse a partir de tales datos.

—Un camarote de pasajeros —dijo—. Creo que le gustaría tener algo de ropa. Comida y agua, su libro. Una cama limpia para dormir en ella. Un alojamiento civilizado… pero eso no quiere decir que debáis descuidaros al tratarle. Llevémosle hasta allí y que descanse.

El intruso miró a Chur y Geran al acercársele éstas y pareció algo nervioso cuando Chur le cogió del brazo para indicarle que se pusiera en pie. Señaló de nuevo hacia la máquina: deseaba poseerla, tener a mano esa oportunidad de comunicarse. Seguramente estaba esperando que le devolvieran a su rincón en el lavabo, Pyanfar le tocó el hombro desde el otro lado y luego tocó el libro que sostenía entre sus dedos, cerrando éstos en torno al libro e indicándole así que podía conservarlo. En esos momentos le pareció el mejor modo de asegurarle que la conversación no había terminado para siempre. El intruso se tranquilizó lo bastante como para permitir que le ayudaran a levantarse y luego, algo más recuperado, que le sacaran de la sala.

Pyanfar contempló la máquina sobre la consola y luego, acercándose a ella, la desconectó. Hilfy seguía inmóvil junto a ella.

—Cógelo todo —dijo Pyanfar—, nos arriesgaremos a estropear el equipo —desconectó el módulo del teclado, que no pesaba demasiado pero resultaba incómodo de transportar—. Trae la pantalla.

—Tía —dijo Hilfy—, ¿qué haremos con él?

—Eso depende de cuáles fueran los planes que tenían los kif al respecto. Claro que no podemos preguntárselo ahora… ¿verdad? —Siguió al Extraño, conducido por Chur y Geran, recorriendo el pasillo lateral que conducía a uno de los tres cuartos que tenían para los ocasionales pasajeros de pago transportados en la Orgullo, los cuales se hallaban un poco más allá de los camarotes privados de la tripulación siguiendo por la curvatura del casco. Los camarotes eran muy cómodos y el escogido por Chur y Geran se hallaba decorado en tonos verdes, con las paredes de hierba entretejida y el mobiliario de un amarillo muy claro contrastando con el verde de la estructura. Pyanfar empezó a calcular los posibles daños en el mobiliario y frunció el ceño pero, después de todo, ya habían perdido mucho como para preocuparse por unos metros de tapicería desgarrada.

Y el Extraño pareció darse cuenta de que se había producido un giro radical en su situación. Se quedó inmóvil en mitad del cuarto con el libro bien cogido, envuelto en su manta, contemplando el lugar con una expresión algo menos abatida que antes. En sus rasgos, tan difícil aún de interpretar, parecía haber ahora algo parecido al asombro.

—Será mejor que le enseñemos primero el cuarto de baño —dijo Pyanfar—, y espero que nos entienda.

Chur le cogió del brazo y le llevó cuidadosamente hasta el cuarto de baño. Hilfy llegó con la pantalla y Pyanfar conectó el módulo a ésta, uniendo luego el conjunto al receptáculo auxiliar de comunicación/ordenador. Desde el cuarto de baño les llegó el fugaz sonido de la ducha funcionando y luego el del lavabo. Chur apareció nuevamente en el camarote con el Extraño, los dos con aspecto algo incómodo. Entonces el Extraño vio el traductor encima de la mesa y en sus ojos hubo un chispazo de interés.

Pero no de alegría. Hasta entonces, en esos ojos no habían visto nada que se le pareciera.

El intruso dijo algo, dos palabras bien separadas. Por un momento pareció como si les estuviera hablando en su propio idioma y luego les recordó vagamente el idioma kif. Pyanfar alzó las orejas e inspiró con fuerza.

—Dilo otra vez —le pidió en kif, señalando como en un gesto de ánimo su oreja, un signo que resultaba formar parte del lenguaje común en los muelles de carga.

—Kif… ¿compañero?

—No —esta vez la bocanada de aire que inspiró fue mucho más honda—, ¡Bastardo! Me estás entendiendo. —Y nuevamente en kif—. ¿Quién eres? ¿A qué especie perteneces?

El intruso sacudió la cabeza, aparentemente confundido. Estaba claro que ese quién no formaba aún parte de su repertorio. Pyanfar observó meditabunda al inquieto Extraño y luego extendió la mano para apoyarla en el hombro de Chur que, muy adecuadamente, estaba a su lado.

—Ésta es Chur —dijo en kif, y prosiguió en hani—. Prima, me harás un gran favor quedándote con el Extraño durante tu guardia. Hazle trabajar en esas identificaciones y cambia el módulo apenas lo haya identificado y tenga llena la banda de audio. Déjale trabajar mientras él quiera, pero no le obligues. ¿Sabes cómo funciona el aparato?

—Sí —dijo Chur.

—Ten cuidado. No sabemos lo que está pensando y los apuros que ha pasado antes, y no creo que sea incapaz de jugarnos una mala pasada llegado el caso. Quiero que se comunique con nosotras; así que no seas dura con él y nada de asustarle… pero tampoco corras peligro. Geran, te quedarás fuera y vigilarás tus operaciones en los controles mediante sensor remoto mientras Chur esté dentro, ¿entendido?

Geran agitó levemente las orejas, inquieta: en la oreja derecha había una pequeña herida, estropeando una curva que de otro modo habría sido considerablemente hermosa; los anillos de oro que llevaba en la oreja izquierda brillaron levemente.

—Lo he entendido claramente —le dijo.

—Hilfy… —Pyanfar le hizo una seña a su sobrina y las dos cruzaron la puerta. El Extraño hizo ademán de seguirlas pero Chur extendió el brazo para impedírselo y, no queriendo aparentemente pelea, se quedó inmóvil. Chur se apresuró a hablarle mientras que le tocaba con cautela el hombro: por primera vez en sus rasgos había una inconfundible expresión de puro y simple terror.

—Creo que te quiere, tía —observó Hilfy.

Pyanfar agachó las orejas, aborreciendo la sola idea de verse obligada a rechazar un asalto físico contra su persona y siguió andando seguida por Hilfy, sin apresurar el paso. Una vez se encontró fuera de la habitación miró hacia atrás.

—Tened cuidado con él —les dijo a Chur y Geran—. Puede que se porte de modo amable y encantador diez veces seguidas; y puede que a la undécima os salte al cuello.

Y luego se alejó, con el vello de los hombros erizado por el disgusto. Hilfy iba detrás de ella pero Pyanfar metió las manos en su cinturón y no le prestó la menor atención hasta que hubieron llegado al ascensor. Hilfy apretó el botón para abrir la puerta y las dos entraron en la cabina. Una presión en el botón central y el ascensor las llevó hacia arriba. Pyanfar, aún sin haber dicho palabra, salió de la cabina al corredor que llevaba al puente.

—Tía… —dijo Hilfy.

Pyanfar miró hacia atrás.

—¿Qué haremos con él?

—Ten la seguridad de que no lo sé —le respondió con cierta aspereza. Seguía teniendo las orejas agachadas. Con un esfuerzo de voluntad, logró ponerle mejor cara a Hilfy—. No es culpa tuya, sobrina. Todo este lío lo he montado yo misma.

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