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El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]

Электронная книга - «El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]». Краткое содержание книги:

Los comerciantes hani y sus antiguos enemigos, los kif, coexisten en precaria paz en la estación Punto de Encuentro. Hasta que el Extraño aparece y provoca la gran conmoción que acabará poniendo en peligro el pacto interestelar entre diversas especies. La capitana hani Pyanfar Chanur deberá afrontar la persecución de los kif, con la ayuda de los mahendo sat y la constante presencia de los misteriosos knnn. Y todo ello sin olvidar la defensa de la mismísima casa de Chanur en su planeta natal.
Una saga espacial que moderniza lo mejor de la clásica space opera y que da inicio a una tetralogía que hará historia dentro del genero.
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—Nada. Parece que después de todo es una estación mahendo’sat pero el lugar está lleno de naves. Eso es una ayuda para ellos, ¿no? Pensé que harían algo en vez de permitir que los kif obren a su antojo.

—Puede que también haya muchas naves kif-Pyanfar se inclinó hacia el tablero y comprobó las señales y el escaso flujo de datos que el ordenador conseguía obtener en recepción pasiva. Una roca golpeó la nave con un lento chirrido metálico; una pantalla se iluminó con un chispazo de estática para corregirse automáticamente: un impacto en las antenas—. Chiquilla, no pienso decirte lo cerca de perder las coordenadas que estuvimos en ese salto. Si ese kif llegó aquí antes que nosotros, entonces es considerablemente más fuerte. Debe de ser todo potencia con muy poco espacio para carga de gran valor. ¿Eso te dice algo?

—Que no es un carguero.

—Una nave rápida de los kif. Unos cuantos tanques falsos por encima, un casco y prácticamente una masa nula enmascarando lo que es en realidad. ¿Me entiendes? Esas naves son las que se encargan de la matanza y luego vienen los cargueros auténticos, las naves que se alimentan de carroña y que chupan la carga para hacer luego el comercio en algún puerto. Es probable que nos enfrentemos a este tipo de nave: rápida y dedicada a la caza. Han sobrestimado nuestra capacidad y han saltado en exceso, muy probablemente; quizás el tráfico de entrada en el sistema ha sido lo bastante numeroso como para confundirles aún más. Si se trata de eso puede que ya hayamos tenido toda la buena suerte que es legítimo esperar…

—¿Vamos a quedarnos aquí sentadas? —le preguntó Hilfy—. Una nave tras otra están entrando en el sistema sin saber dónde se meten… todas las naves de Punto de Encuentro que no hayan seguido la ruta stsho…

—Chiquilla, por el momento estamos ciegas. Hemos reducido la velocidad a casi cero… y es probable que algunas de esas naves que andan cazándonos no lo hayan hecho, con lo que aún puede llegar alguna. Ya sabes en qué clase de situación nos coloca eso: que somos un blanco inmóvil.

—Si todas se dirigen hacia el centro —sugirió Hilfy con cautela—, podríamos saltar otra vez… podríamos desaparecer antes de que les fuera posible atraparnos y de ese modo aliviaríamos la presión que sufren esos mahe antes de que haya más daños. Quizá podamos conseguirlo en el siguiente punto de salto, quizá podamos llegar a Kirdu… después de Urtur, ¿no podríamos llegar a Kirdu en dos saltos? Salir de aquí… Después de este lugar hay otras elecciones posibles, ¿verdad?

Pyanfar la observó en silencio.

—Has estado haciendo algunas investigaciones, ¿verdad?

—Examiné los datos.

—Ya… —era una idea bastante inteligente y a ella se le había ocurrido incluso antes de saltar, pero en el asunto quedaban demasiadas piezas por encajar, demasiados movimientos que no podían ser calculados. ¿Cuál era la fuerza real de los kif, y por qué razón estaban aquí?—. Es posible —apuntó con un dedo a Hilfy—. Primero debemos cuidar de nosotras mismas. Vamos abajo y veamos cuánta mercancía nos queda.

—Creí que la habíamos tirado toda.

—Oh, no, sobrina; al menos, no la que desean los kif —se apoyó en la consola comprobando la conexión del sensor—. Creo que podemos dejarlo reposar un poco. Ven. Todas las transmisiones que se reciben quedan grabadas automáticamente: luego las comprobaremos. No puedes quedarte a vivir aquí arriba —puso la mano en el hombro de Hilfy—. Vamos a hacer unas cuantas preguntas…

Su pasajero sin invitación había quedado bien instalado después del salto: estaba envuelto en un capullo protector de mantas y se le había dado un sedante; ahora estaba junto a la ducha convertido en un montón de tela arrugada. Tenía el cuerpo retorcido formando un nudo apretado y se había cubierto la cabeza con una manta: sólo se percibía el movimiento de su respiración.

—Está atado del tobillo —le dijo Chur mientras le observaban desde el umbral—. De momento ha estado muy dócil, pero será mejor que llame a Geran y nos aseguremos —Chur era la más pequeña de la tripulación, aún más que Geran, su hermana, cuya estatura ya no era muy elevada. Tenía una barba no muy cerrada y tanto su melena como su pelaje eran de un delicado tono amarillo, aunque el calificativo «delicado» no lo aplicaría nadie que la conociera bien.

—Ahora ya somos tres —dijo Pyanfar—, veamos cómo reacciona. —Entró en la estancia y se acercó al montón de mantas que respiraba lentamente. Tosió y algo se removió entre las mantas; una esquina se alzó levemente, revelando un ojo de color claro que la contemplaba. Pyanfar le hizo una seña.

Las mantas volvieron a quedar inmóviles.

—Creo que me entiende perfectamente —dijo—. Chur, creo que deberás llamar a Geran. Puede que tengamos que hacerle salir a la fuerza y no me gustaría que sufriera daño.

Chur se fue. Hilfy se quedó con su tía. Las mantas volvieron a removerse y el intruso hizo un vacilante esfuerzo para apoyar la espalda en el ángulo formado por el lavabo y el compartimiento de la ducha.

—Está demasiado débil —dijo Hilfy—. Tía, está demasiado débil para luchar.

—Yo me quedaré vigilándole —propuso Pyanfar—. Tenemos un traductor simbólico mahendo’sat y unos cuantos manuales y módulos; Haral dijo que los había puesto en la sala de operaciones del nivel inferior. Quiero el libro elemental, y ojalá los dioses no le dieran a nadie la idea de ponerlo con el resto de la carga.

Hilfy vaciló un instante, mirando de soslayo al intruso, y luego se fue a toda prisa.

—Bueno… —dijo Pyanfar, acuclillándose como ya había hecho antes y extendiendo un dedo para trazar con él los números del uno al ocho en el suelo. De vez en cuando alzaba los ojos para contemplar al intruso, que la observaba atentamente. Unos instantes después éste salió de su nido entre las mantas e hizo el gesto de escribir algo en el suelo pero retiró el brazo y se quedó mirándola hasta que ella llegó al dieciséis y se detuvo. El intruso se envolvió más apretadamente con las mantas y sus pálidos ojos azules se clavaron en ella. Lavado tenía mejor aspecto. Su melena y su barba podían incluso calificarse de magníficas: eran sedosas y doradas como polvillo de oro. Pero en el brazo desnudo que sobresalía de las mantas había las feas huellas amoratadas de los dedos que lo habían sujetado. Esa capa de suciedad debía de esconder un montón de golpes, pensó Pyanfar, con lo que después de todo había una razón para su actitud. No es que fuera dócil, es que ahora se encontraba debilitado. Había trazado otra línea fronteriza que abarcaba su esquina y en los ojos azules había una expresión rara, quizás analítica, como si pensara en algo difícil de elucidar.

Se puso en pie, oyendo a Chur y Geran que se aproximaban hablando por el pasillo. Al verlas llegar se volvió indicándoles que esperaran un instante. Vio cómo los pálidos ojos del Extraño tomaban buena nota de los refuerzos y en ese momento Hilfy volvió con el manual.

—Dámelo —le dijo Pyanfar, extendiendo la mano sin apartar la mirada del Extraño.

Hilfy se lo entregó y Pyanfar abrió el libro, volviendo las páginas hacia el Extraño, en cuyos ojos brilló un chispazo de asombro. Se inclinó hacia él, sin importarle ya su dignidad dado lo serio del asunto, y empujó el manual sobre las baldosas hasta un lugar donde el intruso pudiera cogerlo, pero éste ignoró el libro abierto ante él. Otro truco que había fallado. Pyanfar se quedó inmóvil un momento con los brazos en las rodillas y luego se incorporó, alisando sus pantalones de seda.

—Espero que el traductor simbólico se encuentre en buen estado.

—Está perfectamente —dijo Hilfy.

—Probaremos con eso. ¿Puedes manejarlo?

—Aprendí con uno de ellos.

—Pues anda —dijo Pyanfar, haciéndole una seña a Geran y Chur—. Ponedle en pie pero con suavidad.

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