La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Estaba de pie a un lado de la ventana, a�n desnudo, pero con la pistola cogida por la correa encima del hombro. Y, por un segundo, en el punto culminante de su tensi�n, ella imagin� la imagen espectacular de Joseph parado frente a El Jalil, iluminado al rojo por la estufa el�ctrica, separado de �l por s�lo la delgada cortina.
-��Qu� ves? -susurr� finalmente, incapaz de seguir soportando la tensi�n.
-�No hay vacas. Y no hay pescadores. Y no hay bicicletas. Veo demasiado poco.
Su voz estaba llena de acci�n contenida. Las ropas estaban junto a la cama, donde ella las hab�a arrojado en su frenes�. Se puso los pantalones oscuros y la camisa blanca, y se ci�� la pistola en su lugar, debajo de la axila.
-�No hay coches, ni luces en movimiento -dijo sin alterarse-. Ni un obrero camino de su trabajo. Y no hay vacas.
-�Las habr�n llevado a orde�ar.
El neg� con la cabeza.
-�No se orde�a durante dos horas.
-�Es la nieve. Las tienen dentro.
Algo en la voz de ella llam� su atenci�n; la actividad hab�a aguzado su conciencia.
-��Por qu� buscas excusas?
-�No es eso. S�lo trato�
-��Por qu� buscas justificaciones para la ausencia de toda vida alrededor de esta casa?
-�Para disipar tus temores. Para consolarte.
Una idea cobraba cuerpo en �l�, una idea terrible. Pod�a leer en el rostro de ella, y en su desnudez; y ella, a su vez, alcanzaba a percibir sus sospechas.
-��Por qu� quieres disipar mis temores? �Por qu� est�s m�s asustada por m� que por ti?
-�No lo estoy.
-�Eres una mujer buscada. �Por qu� eres tan generosa como para amarme? �Por qu� hablas de consolarme, y no de tu propia seguridad? �Qu� culpa tienes en el alma?
-�Ninguna. No me gust� matar a Minkel. Quiero salir de todo esto. �El Jalil?
-��Tiene raz�n Tayeh? �Muri� por ti mi hermano, despu�s de todo? Resp�ndeme - insisti�, muy serenamente-. Quiero una respuesta.
Todo el cuerpo de la mujer imploraba perd�n. El calor en su rostro era terrible. Arder�a para siempre.
-�El Jalil�, vuelve a la cama -susurr�-. Hazme el amor. Regresa.
�Por qu� estaba �l tan sereno si hab�an rodeado completamente la casa? �C�mo pod�a mirarla as�, mientras el c�rculo se cerraba a su alrededor cada segundo?
-��Qu� hora es, por favor? -pregunt�, sin dejar de mirarla-. �Charlie?
-�Las cinco y media. �Qu� importa eso?
-��D�nde est� tu reloj? Tu peque�o reloj. Quiero saber la hora, por favor.
-�No lo s�. En el cuarto de ba�o.
-�Qu�date donde est�s, por favor. De otro modo, es probable que te mate. Veremos.
Fue a buscarlo y se lo tendi� sobre la cama.
-�Ten la amabilidad de abrirlo para m� -dijo, y la observ� mientras ella luchaba con el broche.
-��Qu� hora es, por favor, Charlie? -volvi� a preguntar, con una terrible ligereza-. Ten la amabilidad de decirme, en tu reloj, qu� hora del d�a es.
-�Las seis menos diez. M�s tarde de lo que yo cre�a.
Se lo arrebat� y mir� la esfera. Digital, veinticuatro horas. Conect� la radio y �sta dej� o�r un gemido musical antes de que volviera a apagarla. Lo acerc� al o�do y luego lo sopes� en la mano.
-�Desde anoche, cuando te separaste de m�, no tuviste mucho tiempo para ti misma, me parece. �Es as�? Ninguno, en realidad.
-�Ninguno.
-��Y entonces c�mo hiciste para comprar pilas nuevas para este reloj?
-�No las compr�.
-��Y c�mo es que funciona?
-�No necesita� No estaban agotadas� Funciona durante un a�o con las mismas pilas� Son especiales�, de larga vida�
Ella hab�a llegado al final de su intervenci�n. Completa y definitivamente, aqu� y para siempre, porque acababa de recordar el momento en que, en la cumbre de la colina, �l la hab�a hecho detenerse junto a la furgoneta de Coca-cola para registrarla; y el momento en que �l hab�a dejado caer las pilas en su bolsillo, antes de devolver el reloj a la mochila y arrojarla en el interior del veh�culo.
El hab�a perdido todo inter�s por ella. El reloj acaparaba su atenci�n por entero.
-�Dame esa impresionante radio que hay junto a la cama, por favor, Charlie. Haremos un peque�o experimento. Un interesante experimento tecnol�gico relacionado con la radio de alta frecuencia.
-��Puedo ponerme algo? -susurr� ella. Se puso el vestido y le alcanz� la radio, un aparato moderno de pl�stico negro, con un selector como un dial telef�nico. Colocando uno junto al otro el reloj y la radio, El Jalil conect� esta �ltima y prob� todas las estaciones hasta que en una se oy� un gemido que se elevaba y descend�a como una alarma antia�rea. Entonces cogi� el reloj, levant� con el pulgar la tapa de la c�mara destinada a albergar las pilas, y dej� caer �stas al suelo, tal como deb�a haber hecho la noche anterior. El gemido dej� de o�rse. Como un ni�o que ha llevado a cabo con �xito un experimento, El Jalil volvi� la cabeza hacia ella y fingi� sonre�r. La muchacha trataba de no mirarlo, pero no pudo evitarlo.
-��Para qui�n trabajas, Charlie? �Para los alemanes? Ella neg� con la cabeza.
-��Para los sionistas?
Tom� su silencio por una respuesta afirmativa.
-��Eres jud�a?
-�No.
-��Crees en Israel? �Qu� eres?
-�Nada -dijo ella.
-��Eres cristiana? �Los ves como los fundadores de tu gran religi�n?
Ella volvi� a negar con la cabeza.
-��Es por dinero? �Te han sobornado? �Te han chantajeado?
Ella quer�a gritar. Apret� los pu�os y llen� de aire sus pulmones, pero el caos la estrangul� y, en cambio, se puso a sollozar.
-�Se trataba de salvar la vida. Se trataba de tomar parte. De ser algo. Yo le amaba.
-��Traicionaste a mi hermano?
Las obstrucciones desaparecieron de su garganta, para dar paso a una mortal uniformidad en el tono.
-�No le conoc�. Nunca en mi vida habl� con �l. Me lo mostraron antes de matarlo, el resto fue inventado. Nuestra relaci�n amorosa, mi conversi�n�, todo. Ni siquiera escrib� las cartas, lo hicieron ellos. Tambi�n escribieron la carta de �l para ti. La carta en que se hablaba de m�. Yo me enamor� del hombre que se ocupaba de m�. Eso es todo.
Lentamente, sin agresividad, �l extendi� la mano izquierda y le toc� el rostro, aparentemente para asegurarse de que ella era real. Luego se mir� las puntas de los dedos, y luego volvi� a mirarla, estableciendo alguna comparaci�n en su interior.
-�Y eres la misma inglesa que malvendi� mi pa�s -observ� con tranquilidad, como si le costara much�simo creer lo que ve�a con sus propios ojos.
Levant� la cabeza y, cuando lo hizo, ella vio c�mo su rostro era arrebatado por la desaprobaci�n y luego, bajo la potencia de aquello con que le hab�a disparado Joseph, encenderse. A Charlie le hab�an ense�ado a estarse quieta cuando apretaba el gatillo, pero Joseph no hizo eso. No confiaba en que sus balas hicieran el trabajo que les correspond�a, y corr�a tras ellas, tratando de llegar antes al blanco. Se precipit� por la puerta como un intruso cualquiera, pero, en vez de detenerse, se abalanz� hacia el interior al tiempo que disparaba. Y dispar� con los brazos completamente extendidos, para reducir a�n m�s la distancia. Ella vio encenderse el rostro de El Jalil, le vio dar una vuelta en redondo y arrojarse con los brazos abiertos hacia la pared, en busca de protecci�n. As�, los proyectiles penetraron en su espalda, destrozando su camisa blanca. Sus manos se abrieron ante el muro -una de cuero, la otra real- y su cuerpo destrozado resbal� hasta quedar en cuclillas como el de un jugador de rugby, mientras intentaba desesperadamente abrirse paso a trav�s de la materia. Pero, para entonces, Joseph se encontraba ya lo bastante cerca como para, con los pies, apresurar su ca�da. Detr�s de Joseph entr� Litvak, a quien ella conoc�a como Mike y al que siempre hab�a atribuido, ahora lo com-prend�a, una naturaleza enfermiza. Mientras Joseph retroced�a, Mike se arrodill� y coloc� en el dorso del cuello de El Jalil una �ltima y certera bala, seguramente innecesaria. Detr�s de Mike entr� aproximadamente la mitad de los verdugos del mundo, vestidos con trajes de hombrerana negros, seguidos por Marty y la comadreja alemana y dos mil camilleros y conductores de ambulancias y m�dicos y mujeres de rostro severo, que la sujetaron, le limpiaron los v�mitos y la condujeron por el corredor y al aire fresco de Dios, aunque con el pegajoso y caliente olor de la sangre prendido a su nariz y a su garganta.