La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
-�Si, Joseph, te escucho.
-�Si oprimes el bot�n de volumen en tu transmisor (no lo gires, opr�melo), sabremos que �l est� dormido. �Comprendes?
-�No dormir� as�.
-��Qu� quieres decir? �Qu� sabes de c�mo duerme?
-�Es como t�, no es de los que duermen; est� despierto d�a y noche. Es� Joseph, no puedo regresar. No me obligues.
Miraba suplicante el rostro del hombre, esperando a�n que cediera, pero segu�a oponi�ndosele r�gidamente.
-�Quiere que duerma con �l, �por Dios! Quiere una noche de bodas, Joseph. �No te preocupa eso un poco? Me est� tomando en el punto en que Michel me dej�. No me gusta. Va a ajustar cuentas. �Tengo que ir?
Se aferr� a �l tan furiosamente que al hombre le fue dif�cil desasirse. Estaba de pie, apretada contra �l, con la cabeza gacha, contra su pecho, deseando que volviese a tomarla bajo su protecci�n. Pero, en cambio, �l le pas� las manos por debajo de los brazos, oblig�ndola a erguirse, y torn� a ver su rostro, inm�vil e inexpresivo, dici�ndole que el amor no era su territorio: ni el de �l, ni el de ella, ni, much�simo menos, el de El Jalil. La puso en camino; ella se desprendi� de �l y march� sola; �l dio un paso tras ella y se detuvo. La muchacha mir� hacia atr�s y le odi�; cerr� los ojos y los abri�, dej� escapar un profundo suspiro. �Estoy muerta.�
Sali� andando a la calle, se irgui� y, resuelta como un soldado e igualmente ciega, subi� a paso vivo una callejuela, dejando atr�s un s�rdido club nocturno en que se exhib�an fotograf�as iluminadas de muchachas de treinta y algunos a�os descubriendo unos pechos escasamente convincentes. �Eso es lo que yo deb�a estar haciendo�, pens�. Lleg� a una carretera, record� su educaci�n peatonal, mir� hacia su izquierda y vio la puerta de una torre medieval con el logotipo de las hamburguesas McDonald's, cuidadosamente pintado. Las luces verdes le dieron paso; sigui� andando y vio altas colinas negras cerrando al final de la carretera, y un cielo p�lido y cargado de nubes revolvi�ndose con impaciencia tras ellas. Mir� a su alrededor y vio que la aguja de la catedral la segu�a. Gir� a su derecha y camin� con la mayor lentitud con que hab�a caminado en su vida, descendiendo por una frondosa avenida de casas patricias. Ahora contaba para s� misma. N�meros. Ahora dec�a versos. �Joseph va a la ciudad.� Ahora recordaba lo ocurrido en la sala de conferencias, pero sin Kurtz, sin Joseph, y sin los sanguinarios t�cnicos de los dos irreconciliables bandos. Ante ella, Rossino hac�a pasar su moto silenciosamente, empuj�ndola, por una puerta. Se acercaba a �l y �l le tend�a un casco y una chaqueta de piel, y cuando se dispon�a a pon�rselos, algo la impulsaba a mirar en la direcci�n de la que hab�a venido y ve�a un resplandor naranja que se estiraba lentamente hacia ella por sobre los guijarros h�medos, como el sendero del sol poniente, y reparaba en lo mucho que perduraba en el ojo despu�s de haber desaparecido. Entonces, por �ltimo, oy� el sonido que oscuramente hab�a estado esperando: un golpe sordo, distante aunque �ntimo, como la rotura de algo irreparable en lo m�s profundo de s�; el exacto y definitivo fin del amor. �Pues bien, Joseph, s�. Adi�s.�
Precisamente en ese mismo instante, el motor de Rossino entr� violentamente en la vida, desgarrando la noche neblinosa con su rugido de risa triunfal. �Tambi�n yo -pens� ella-. Es el d�a m�s divertido de mi vida.�
Rossino conduc�a con lentitud, manteni�ndose en caminos apartados y siguiendo una ruta cuidadosamente concebida.
�T� conduces, yo te seguir�. Quiz� sea tiempo de hacerse italiana.�
Una llovizna c�lida hab�a eliminado gran parte de la nieve, pero �l avanzaba con respeto a la mala superficie y a su importante pasajera. Le dec�a a gritos cosas alegres y parec�a estar pas�ndolo muy bien, pero ella no ten�a inter�s en compartir su talante. Atravesaron un gran portal y ella chill�: ��Es �ste el lugar?�, sin saber cu�l era el lugar al que se refer�a, ni preocuparse por ello en absoluto; pero el portal daba a un camino sin asfaltar que iba por colinas y valles de bosques particulares, y los cruzaron solos, bajo una luna inesperada que hab�a sido propiedad privada de Joseph. La muchacha mir� hacia abajo y vio un pueblo dormido, envuelto en un sudario blanco; percibi� un aroma de pinos de Grecia y sinti� c�mo el viento hac�a desaparecer sus l�grimas tibias. Ten�a el cuerpo vibrante, nuevo, de Rossino apoyado en el suyo, y le dijo:
-�Cu�date a ti mismo, no queda nada.
Descendieron una �ltima colina, traspusieron otro portal y entraron en una carretera bordeada de alerces sin hojas, como los �rboles de Francia en las fiestas de fin de a�o. El camino volvi� a subir y, al llegar a la cima, Rossino par� el motor y se deslizaron cuesta abajo por un sendero del bosque. El hombre abri� una maleta y sac� de ella un mont�n de prendas y un bolso de mano que le arroj� a ella. Sac� una linterna y a su luz la observ� mientras se cambiaba, y hubo un momento en que se encontr� semidesnuda ante �l.
�Me quieres; t�mame; estoy disponible y no tengo compromisos.�
Se encontraba sin amor y sin valor ante sus propios ojos. Se encontraba donde hab�a comenzado, y todo el podrido mundo pod�a aplastarla.
Pas� todas sus baratijas de un bolso al otro: polvos de maquillaje, tampones, dinero, su paquete de Marlboro. Y su peque�o radiodespertador para ensayos. -Oprime el volumen, Charlie, �me escuchas?-. Rossino le cogi� el viejo pasaporte y le entreg� otro nuevo, pero ella no se molest� en averiguar qu� nacionalidad hab�a adquirido.
Ciudadana de Ninguna parte, nacida ayer.
Hizo un mont�n con sus viejas ropas y las meti� en la maleta, junto con su vieja mochila y sus gafas. �Espera aqu�, pero mira hacia la carretera -dijo �l-. Encender� una luz roja dos veces.� Hac�a menos de cinco minutos que �l se hab�a marchado cuando la vio titilar al otro lado de los �rboles. ��Albricias, un amigo al fin!�
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