El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
—¿Y qué vas a hacer?
—Tendré un niño. ¿Te das cuenta?
Hugo Beck intervino aunque nadie le había preguntado.
—Yo estoy aquí porque nadie se digna mirarme en la fortaleza.
—Me alegro de que estés aquí —le dijo Tim—. Si alguien quiere rendirse, le dirás lo que eso significa.
Beck reflexionó en aquellas palabras.
—No es necesario que sepan nada de mí, ¿verdad?
Los demás intercambiaron miradas.
—No, hasta que sea inevitable —dijo Tim rápidamente, y se volvió a Jason—. Tu caso no lo comprendo. Eres amigo de Harry. No creo que te hayan obligado a venir.
Jason rió entre dientes.
—No, soy un auténtico voluntario. Tenía que hacerlo. ¿No habéis leído ninguno de mis libros? —Prosiguió antes de que ninguno pudiera responder—: Están llenos de las maravillas de la civilización, las grandes cosas que la ciencia hace por nosotros. Decidme, ¿cómo podía negarme a ir voluntario en esta loca misión? —Gillcuddy miró la oscuridad del agua y la noche—. Pero hay lugares en los que preferiría estar.
—Claro —dijo Tim—. El hotel Savoy de Londres, con Eileen. Ahí es donde quiero estar.
—Y Hugo quiere tener el Shire de nuevo —añadió Mark.
—No —negó Hugo Beck con voz firme—. No, yo quiero la civilización. —Como nadie le interrumpió siguió hablando con vehemencia—: Quiero un coche con calefacción, y hablar con los guardias para que no pongan multas. Quiero ver Lo que el viento se llevó en un canal no comercial, sin interrupciones. Quiero cenar en el restaurante Mon Grenier con una mujer que no sepa deletrear la palabra «ecología» pero que haya leído el Kama Sutra.
—Y haya descubierto los errores —dijo Mark.
—¿Conoces Mon Grenier? —le preguntó Gillcuddy.
—Claro. Vivía en Tarzana. ¿Has estado allí?
—Tenían una estupenda ensalada de setas —replicó Gillcuddy.
—Y bullabesa, con un Mosela helado —añadió Tim. Hablaban de cosas que nunca habían probado y que ahora nunca probarían.
—Y perdí la mayor parte de mis oportunidades —dijo Hugo Beck—. Tenía que poner en marcha una maldita comuna. Amigos, dejadme que os diga que eso no funciona.
—Nunca lo hubiera dicho —dijo Jason. Hugo Beck se replegó ante la ironía en el tono de Gillcuddy, y éste añadió rápidamente—. De todos modos, aquí tenemos milagros. —Golpeó con el pie un gran saco que yacía en el fondo del bote—. ¿Funcionará esto?
—Forrester dice que sí —dijo Mark—, sobre todo si le das una buena patada. Pero no tenemos demasiado. Hardy regatea mucho.
Desde su puesto ante el timón, Horrie Jackson se volvió hacia los otros.
—Eso es verdad. La prueba es que estoy aquí.
La cortina gris de la lluvia fue aclarándose. A ciento cincuenta millones de kilómetros hacia el este el Sol debía seguir inmutable ante el mayor desastre registrado por la historia escrita. Los botes flotaban en un mar interminable salpicado de escombros. Los cadáveres de seres humanos y animales ya habían desaparecido. Horrie Jackson aumentó un poco la velocidad, pero siguieron avanzando con precaución, pues había troncos, fragmentos de casas, neumáticos hinchados, los despojos de la civilización. Las copas de los árboles parecían conjuntos rectangulares de abultados arbustos, pero había también árboles aislados y algunos estaban apenas sumergidos. Cualquiera de ellos podía rasgar el fondo del bote.
—Eh, Mark —dijo Hugo Beck—. ¿Qué harías por un cigarrillo Silva?
—Quítame la mano de la rodilla y te lo diré.
Jackson condujo la embarcación guiado por la brújula, mientras el alba despuntaba con una luz sombría. En el lago no había más que la flotilla. Cindy Lu avanzaba penosamente detrás, arrastrando una gran carga. Horrie gritó por encima del ruido de su propio motor:
—Volveré con un bote cargado de pescado, suficiente para alimentar a todo el mundo en esa central nuclear. A cambio quiero bastantes tortas de maíz para llenar el saco que contenía el pescado. No es un saco muy grande...
Tim Hamner escudriñó a través de la lluvia. Parecía haber algo delante. Primero vio una isla con formas rectangulares enhiestas. Pero a medida que se acercaban vio que algunas de las formas eran cilindros, y muy grandes. Trató de ver movimiento, formas humanas. Tenían que haber oído el rugido del motor de la Cindy Lu.
Alim Nassor encontró a Hooker y Jerry Owen en el puesto de mando. Había mapas desplegados sobre la mesa, y Hooker movía pequeñas fichas de cartón sobre ellos. Una voz atravesó la pared de tela de la tienda y atronó en los oídos de Alim.
—Pues su orgullo es el orgullo de los magos antiguos, quienes pensaron en someter toda la naturaleza a su mandato. Pero el nuestro es el orgullo de los que confían en el Señor. No necesitamos las armas de los magos, sino el favor del Señor...
Hooker alzó la vista, disgustado.
—Loco hijo de perra.
Alim se encogió de hombros.
Necesitaban a Armitage, y a pesar de la forma cínica de hablar que usaban cuando Armitage no estaba presente, la mayoría de ellos creían al menos parcialmente en el mensaje del predicador.
—Bueno, no me parece mal destruir esa maldita central nuclear —dijo Hooker—. Sé que hemos de hacerlo, pero...
—¡Claro! —exclamó Jerry Owen sin importarle interrumpir—. Se necesita mucha industria para sostener una cosa así. Si tenemos esa central, querremos usar la electricidad, primero porque nos conviene, luego porque la necesitaremos, y entonces será demasiado tarde. Tendremos necesidad de todas las demás industrias para mantener la central en funcionamiento. La sociedad industrial de nuevo, y eso es el fin de la libertad y la hermandad, porque necesitaremos volver a la esclavitud para...
—Ya dije que te creía. Por favor, guárdate tus condenados discursos.
—¿Entonces cuál es el problema? —preguntó Owen.
—Bueno, la central no se irá a ningún sitio. Esperará hasta que estemos preparados. Hay que saber cuándo. Mira, cuando empezamos no queríamos más que un sitio donde escondernos. Como el terreno del condenado senador, un sitio que podamos defender, nuestro. Pero no podemos hacer eso.
—Renunciaste a eso la primera vez que metiste a un hombre en la cacerola.
—¿Crees que no lo sé, estúpido? —preguntó Hooker con un nerviosismo apenas disimulado—. Así que ahora estamos en las montañas rusas. No podemos detenernos. Hemos de seguir creciendo, apoderarnos de todo el maldito estado, y tal vez más. No hay duda de que no podemos parar ahora.
Señaló el mapa.
—Y el valle del senador está exactamente aquí. No podemos ir más al norte hasta que nos apoderemos de sus tierras. Ni siquiera podemos hacernos con White River y esas colinas mientras la gente del senador pueda invadir nuestro territorio siempre que quieran. En Vietnam aprendí una cosa: si dejas al enemigo un lugar donde retirarse y organizarse, no podrás vencerle. ¿Y sabes qué está haciendo el senador? —Hooker deslizó un dedo por la línea de colinas al este del mar de San Joaquín—. Ha enviado cincuenta hombres a caballo aquí arriba. Estás reclutando gente, y en nuestros flancos. No sé cuánta gente habrá en esas colinas, pero si se juntan todos podrán causarnos problemas. Así que no vamos a darles la oportunidad de hacerlo. Tenemos que atacar al senador, y hacerlo ahora, antes de que se organice.
—Ya veo —dijo Jerry Owen, acariciándose la barba rubia—. Y el profeta quiere que vayamos a buscar la central nuclear...
—Exacto —dijo Hooker—. Dirigir todo el ejército hacia el sur. ¿Ves lo que eso significa? ¿Pero cómo diablos convenzo a ese loco hijo de perra para que me deje acabar con la propiedad del senador antes de ir a la central nuclear?