La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
– No es eso lo que ella dice -mintió entonces.
Hernando palideció.
– ¿Habéis… habéis hablado con Isabel? -balbuceó.
– Sí. Hace un momento.
– ¿Y qué os ha contado? -Su voz traicionaba la seguridad en sí mismo que había intentado fingir.
– Todo -casi gritó don Sancho. Respiró hondo y se obligó a bajar la voz-. Su rostro me lo ha contado todo. Su azoramiento es suficiente confesión. ¡Casi se desmaya!
– ¿Y cómo pretendéis que reaccione una piadosa cristiana si la acusáis de adulterio? -se defendió Hernando.
Don Sancho golpeó la mesa con un puño.
– Ahórrate el cinismo. Me he enterado. Una de las criadas cristianas ha tratado de convencer a un esclavo morisco para que le proporcione el placer que al parecer tú le proporcionas a su señora; quiere ser tomada «a la morisca», según ha dicho. -Hernando no pudo reprimir una casi imperceptible mueca de satisfacción. Le había costado días y encuentros furtivos el que Isabel empezara a ceder y abandonarse a sus caricias-. ¡Sátiro! -le insultó el hidalgo al percatarse de la complacencia con que el morisco se deleitaba en sus últimas palabras-. No sólo te has aprovechado de la inocencia de una mujer que probablemente habrá caído en tus garras por agradecimiento, sino que la has pervertido obscena e impúdicamente atentando contra todos los preceptos de la Santa Iglesia.
– Don Sancho… -intentó calmarle Hernando.
– ¿No te das cuenta? -volvió a interrumpirle el hidalgo, en esta ocasión hablando con lentitud-. El oidor te matará. Con sus propias manos.
Hernando se pasó la mano por el mentón; a su espalda los rayos del sol atravesaban las puertas que daban al jardín.
– ¿Qué estás pensando? -insistió don Sancho.
Que no es el momento de abandonar, le hubiera gustado contestarle. Que estaba consiguiendo que los ojos de Isabel languidecieran y que sus suspiros fueran más y más profundos mientras la acariciaba y mordisqueaba, señal inequívoca de que su cuerpo anhelaba copular. Que en cada uno de sus encuentros Isabel lograba superar un escalón más por encima de la rutina, las culpas, los prejuicios y las enseñanzas cristianas, y que estaba casi preparada para alcanzar un éxtasis que jamás había llegado tan siquiera a imaginar. Y que, a través del placer de aquel cuerpo, él quizá volvería a tocar el cielo como hacía con Fátima. Hernando notó el miembro erecto bajo sus calzas. Su mente recreó a Isabel desnuda, deseable, voluptuosa, solícita y atenta a las yemas de sus dedos y a su lengua, ávida por descubrir el mundo.
– Pienso -replicó al hidalgo- que ahora no puedo partir hacia Córdoba. El obispado espera mi informe y vuestros amigos de la casa de los Tiros reclaman mi presencia. Lo sabéis.
– Y tú también debes saber -bramó don Sancho- que la ley dice que después de que don Ponce acabe con tu vida, tiene obligación de matarla a ella.
– Quizá no lo haga con ninguno de los dos.
Hidalgo y morisco enfrentaron sus miradas por encima de la mesa.
– Escribiré a mi primo contándole lo que sucede -le amenazó aquél.
– Os cuidaréis mucho de poner en duda la virtud de una dama.
– ¿Tanto vale esa mujer como para arriesgar tu vida por ella? -soltó don Sancho antes de abandonar la estancia sin darle oportunidad a contestar.
«¿Qué vale mi vida?», se preguntó Hernando tras el portazo con el que el hidalgo se despidió. No poseía más que un buen caballo con el que no podía ir a ningún lugar, puesto que no tenía adónde ir ni quien le esperase, ¡ni siquiera su propia madre! El duque no le permitía trabajar, pero le mandaba de viaje en interés del mismo rey que humilló y expulsó de Granada a su pueblo. Había aceptado trabajar para el obispado. «Continúa con el martirologio», le había aconsejado Castillo en una de las tertulias. «Debemos parecer más cristianos que los cristianos», afirmó después. ¡La misma recomendación que en su día le hiciera Abbas! ¿Qué valía la vida de alguien que fingía ser siempre lo que no era? ¿Cuál era su objetivo? ¿Dejar que su existencia transcurriera cómodamente gracias a la generosidad del duque, al igual que la de sus aduladores parientes?
Don Pedro de Granada, Castillo y Luna le habían revelado su nuevo plan en cuanto lo conocieron mejor: convencer a los cristianos de la bondad de los musulmanes que vivían en España para que variaran su parecer sobre los moriscos. Luna se hallaba escribiendo un libro titulado La verdadera historia del rey Rodrigo, a través del cual, partiendo de los relatos de un imaginario manuscrito árabe de la biblioteca de El Escorial, planteaba la conquista de España por parte de los musulmanes venidos de Berbería como una liberación de los cristianos sometidos a la tiranía de sus reyes godos. Tras la conquista, habían transcurrido ocho siglos de paz y convivencia entre las dos religiones.
– ¿Por qué no puede repetirse esa convivencia ahora? -Había sido el propio Luna quien lanzó la pregunta sin esperar respuesta.
– Debemos luchar contra la imagen que los cristianos tienen de los moriscos -intervino don Pedro-. Ellos, sus escritores y sacerdotes, crean la ficción de que los moriscos somos extremadamente fecundos porque las moriscas se casan de niñas y tienen muchos hijos. ¡No es cierto! Tienen los mismos que los cristianos. Dicen que nuestras mujeres son promiscuas y adúlteras. Que los hombres moriscos no somos objeto de leva para el ejército ni entramos al servicio de la Iglesia, por lo que la población de cristianos nuevos aumenta desmesuradamente y atesora oro, plata y todo tipo de bienes, arruinando al reino; ¡falso! Que somos perversos y asesinos. Que en secreto, profanamos el nombre de Dios. ¡Todo mentiras! Pero el pueblo las cree a medida que unos y otros las repiten, las gritan en sus sermones o las publican en sus libros. Debemos luchar con sus mismas armas y convencerlos de lo contrario.
– Escucha -añadió entonces Castillo-: si algún berberisco cruza el estrecho para vivir en España y convertirse al cristianismo es recibido con los brazos abiertos. Nadie sospecha de esos nuevos conversos aunque sus intenciones disten mucho de abrazar la religión de los papaces. Sin embargo, a los moriscos que llevan casi un siglo bautizados no se les conceden iguales privilegios. Debemos variar esos conceptos tan arraigados en esta sociedad. Y para esa lucha necesitamos personas como tú, cultas, que sepan leer y escribir, que nos acompañen en ese empeño.
Era la historia de su vida desde la misma Juviles, cuando de niño los del pueblo le encomendaban las mercaderías y los ganados para librarse del diezmo porque sabía escribir y contar. Lo mismo que le había sucedido en Córdoba. ¿Y de qué le servía todo ello? Convencer a los cristianos le parecía un proyecto tan descabellado como intentar derrotarles en una nueva revuelta armada.
Soltó la pluma que todavía mantenía en su mano sobre el papel en blanco.
– Sí, don Sancho -se encontró murmurando hacia la puerta cerrada del escritorio-, probablemente valga la pena arriesgar una vida absurda aunque lo sea por un solo momento de placer con una mujer como ella.
En cualquier caso, pensó, debería andarse con cuidado a partir de ese momento.
Esa noche, después de cenar, don Ponce de Hervás se retiró a su escritorio para trabajar. Poco después, un criado que esperaba obtener algunos dineros por información tan importante para su señor, llamó titubeante a la puerta. El oidor escuchó los tartamudeos del hombre con el mismo semblante que adoptaba ante los litigantes en la Cancillería: impasible.
– ¿Estás seguro de lo que dices? -le preguntó una vez finalizada la delación.
– No, excelencia. Sólo sé lo que se habla en las cocinas, en el huerto, en los dormitorios del servicio o en las cuadras de vuestra excelencia, pero nada puedo aseguraros. Con todo, creía que estaríais interesado en ello.
Don Ponce lo despidió con su premio y el mandato de que continuara informándole. Luego estrujó con violencia el papel en el que trabajaba. Con las manos agarrotadas, tembló convulso sentado en la misma silla en la que pocas horas antes Hernando había decidido arriesgar su vida por alcanzar el éxtasis con Isabel. Sin embargo, acostumbrado como estaba a la toma de decisiones, el oidor reprimió su ira y el impulso que le llamaba a levantarse, apalear a su esposa en el dormitorio y luego matar al morisco.