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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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– Mañana te vas -musitó ella-. Eso me ha dicho Ponce. Sólo nos queda esta noche.

Hernando se acercó a Isabel y le tendió una mano para que entrase en la alcoba. Recogió su camisa y cerró las puertas de la terraza. Luego se volvió y fue a decirle algo, pero ella llevó uno de sus dedos hasta los labios de Hernando, pidiéndole así que no lo hiciera. Y le besó, dulcemente. Él trató de acariciarla, pero Isabel cogió sus manos y las separó de su cuerpo.

– Déjame a mí -le rogó.

¡Sólo le quedaba esa noche! Empezó a desabrocharle la camisa. ¡Quería hacerlo ella! ¡Anhelaba ese placer que tanto le había prometido Hernando! Se sorprendió al notar la firmeza de sus propias manos cuando acariciaron los hombros de Hernando para deslizar la camisa por su espalda. Luego besó su pecho y bajó las manos hasta sus calzas. Dudó un instante, tras el que se arrodilló frente a él.

Hernando suspiró.

Cuando Isabel llegó a conocer el cuerpo de Hernando, después de besarlo y lamerlo, se dirigieron al lecho. Durante un largo rato, la tenue luz de una única lámpara alumbró las siluetas de un hombre y una mujer, sudorosos y brillantes, que se hablaban en susurros, entrecortadamente, mientras se besaban, se acariciaban y se mordían sin urgencias. Fue Isabel quien le llamó a penetrarla, como si ya estuviera dispuesta, como si hubiera llegado a comprender, por fin, el sentido de todas aquellas palabras que tanto le había dicho Hernando. Y se fundieron en un solo cuerpo; los apagados jadeos de Isabel fueron aumentando hasta que Hernando trató de acallarlos con un largo beso, sin dejar de empujar, hasta que él mismo notó en su interior, apagado, reprimido por su beso, un aullido gutural que la mujer, extasiada, nunca hubiera llegado a imaginar que pudiera surgir de sus entrañas y que vino a confundirse con su propio éxtasis. Luego, durante un largo rato, se quedaron quietos, saciados, uno encima del otro, sin separarse, sin hablarse siquiera.

– Mañana me voy -dijo al fin Hernando.

– Lo sé -se limitó a contestar ella.

El silencio volvió a hacerse entre los dos, hasta que Isabel negó casi imperceptiblemente con la cabeza y deshizo el abrazo de sus cuerpos.

– Isabel…

– Calla -le suplicó la mujer-. Debo volver a mi vida. Dos veces has entrado en ella y dos veces he resucitado. -Ya sentada, Isabel acarició el rostro de Hernando con el dorso de sus dedos-. Debo regresar.

– Pero…

Ella llevó de nuevo uno de sus dedos a los labios de Hernando, rogándole silencio.

– Ve con Dios -susurró conteniendo el llanto.

Luego abandonó el dormitorio sin mirar atrás.

Hernando no quiso verla marchar y permaneció tumbado con la mirada perdida en el techo artesonado. Al cabo, cuando los sonidos de la noche granadina volvieron a hacerse presentes, se levantó y fue hacia la terraza, donde se perdió una vez más en la contemplación de la Alhambra. ¿Por qué no insistía? ¿Por qué no corría a ella y le prometía felicidad eterna? Pese a las advertencias de don Sancho y el peligro, había llegado a jugarse la vida por aquella mujer. ¿Acaso el mero hecho de lograr el placer con ella era suficiente? ¿Era amor lo que sentía?, se preguntó, turbado y confuso. Transcurrió el tiempo hasta que la esplendorosa alcazaba roja que se abría al otro lado del valle del Darro pareció contestarle: allí, de muchacho, en los jardines del Generalife, había soñado en bailar con Fátima. ¡Fátima! ¡No! No era amor lo que sentía por Isabel.

Los grandes ojos negros almendrados de su esposa le trajeron al recuerdo sus noches de amor: ¿dónde estaba aquel espíritu saciado, de dicha absoluta, de miles de silenciosas promesas con el que terminaban todas ellas?

Hernando dedicó el poco tiempo que restaba hasta el amanecer a finalizar los preparativos de la marcha. Luego bajó a las cuadras, para sorpresa del mozo, que ni siquiera había llegado a retirar el estiércol de las camas de los caballos.

– Limpia y embrídame a Volador -le ordenó-. Después, prepara también el caballo de don Sancho y las mulas. Partimos.

Se dirigió a la cocina, donde pilló al servicio desperezándose y desayunando. Cogió un pedazo de pan duro y lo mordió.

– Avisa a don Sancho -dijo a uno de sus criados- de que volvemos a Córdoba. Estad listos para cuando regrese. Tengo que ir a la catedral.

Descendió del Albaicín hacia la catedral. Granada se despertaba y la gente empezaba a salir de sus casas; Hernando montaba erguido, sin mirar a nada ni a nadie. En la catedral no encontró al notario, pero sí a un sacerdote que le ayudaba y que lo recibió de mala gana. Si volvía a Córdoba necesitaría una cédula que le permitiese moverse por los reinos, al modo de la que en su día le proporcionara el obispado de Córdoba para hacerlo por la ciudad.

– Decidle al notario -le encargó tras un frío saludo que Hernando hubiera incluso evitado- que debo volver a Córdoba y que me es difícil trabajar aquí en Granada, en un lugar tan implicado en los acontecimientos que debo narrarle. Yo personalmente le traeré mi informe y todos aquellos que puedan interesar al deán o al arzobispo. Decidle también que, como morisco que soy, necesitaré una cédula del obispado, o de quien sea menester, por la que se me autorice a moverme con libertad por los caminos. Que me la haga llegar a Córdoba, al palacio del duque de Monterreal.

– Pero una autorización… -trató de oponerse el sacerdote.

– Sí. Eso he dicho. Sin ella no habrá informes. ¿Lo habéis entendido? No os estoy pidiendo dinero por mi trabajo.

– Pero…

– ¿Acaso no me he explicado con claridad?

Sólo le quedaba una gestión antes de emprender el regreso. Los granadinos ya atestaban las calles, y la alcaicería, junto a la catedral, recogía torrentes de personas interesadas en la compra o venta de sedas o paños. Don Pedro de Granada ya se habría levantado, pensó Hernando.

El noble lo recibió a solas, en el comedor, mientras daba buena cuenta de un capón.

– ¿Qué te trae tan temprano por aquí? Siéntate y acompáñame -le invitó haciendo un ademán hacia los demás manjares que reposaban sobre la mesa.

– Gracias, Pedro. Pero no tengo apetito. -Se sentó junto al noble-. Parto hacia Córdoba y antes de hacerlo, necesitaba hablar contigo. -Hernando hizo un gesto hacia los dos criados que atendían la mesa. Don Pedro les ordenó que se fueran.

– Tú dirás.

– Necesito que me hagas un favor. He tenido una diferencia con el oidor.

Don Pedro dejó de comer y asintió como si ya lo previera.

– Como todos los leguleyos, es un hombre retorcido -afirmó.

– Tanto, que temo que pretenda vengarse de mí.

– ¿Tan grave ha sido el asunto? -Hernando asintió-. Mal enemigo -sentenció entonces.

– Me gustaría que estuvieras al tanto de lo que hace o dice de mí, y que me mantuvieras informado. Podría tratar de perjudicarme ante el cabildo catedralicio. He pensado que debías saberlo.

El señor de Campotéjar apoyó los codos en la mesa y luego el mentón sobre las manos, con los dedos entrecruzados.

– Estaré alerta. No te preocupes -prometió-. ¿Debería saber cuál ha sido el problema?

– Es fácil de imaginar conviviendo con una beldad como la esposa del oidor.

El puñetazo sobre la mesa retumbó en el comedor y volcó un par de copas. Al tiempo que golpeaba de nuevo la mesa, don Pedro soltó una carcajada. Los criados entraron extrañados, pero el noble volvió a despedirlos entre risotadas.

– ¡Esa mujer era tan inexpugnable como la Alhambra! ¡Cuántos lo han intentado sin éxito! Yo mismo…

– Te ruego discreción -trató de calmarle Hernando, al tiempo que se preguntaba si habría hecho bien en contarle de sus amoríos.

– Por supuesto. Por fin alguien ha puesto al juez en su sitio -rió de nuevo-, y dándole donde más puede dolerle. ¿Sabías que gran parte de la fortuna del oidor proviene de los expolios que los escribanos hicieron a los moriscos cuando desempolvaron pleitos antiguos y les exigieron los títulos de propiedad de unas tierras que les pertenecían desde hacía siglos? Su padre trabajaba entonces como escribano de la Cancillería y, al igual que muchos otros, se aprovechó de todo ello. Ya tiene dinero, ahora pretende poder a través de la protegida de los Vélez. No puede interesarle un escándalo de ese tipo.

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