En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
– ¡Qué cínica es usted, Miss Helen! -la censuró Leonard.
– Soy realista. Paul disparó al pecho sin previo aviso a un hombre desarmado. Delante de veinte testigos. Pero dejémoslo, tampoco quiero verlo colgado. ¿Qué cambiaría eso? Si es que viene, el conflicto con el jefe de la tribu adquirirá mayores dimensiones. Y entonces es probable que lo ahorquen por otro asesinato.
– El joven parece, en efecto, andar coqueteando con la soga -señaló Leonard, suspirando-. Yo…
Le interrumpieron unas llamadas a la puerta. Laurie abrió. Inmediatamente, un perrito se deslizó al interior pasando entre sus piernas. Friday saltó jadeante sobre Helen.
– ¡Mary, ven corriendo! ¡Creo que es Miss Gwyn! ¡Y Cleo! ¡Miss Gwyn!
Pero Gwyneira no parecía ver a las mellizas. Estaba tan furiosa, que no las reconoció.
– Helen -soltó-, ¡voy a matar a ese Tonga! Todavía he sido capaz de contenerme para no ir a caballo y con la escopeta al pueblo. Andy me ha contado que su gente ha asaltado un carro entoldado, sabe Dios qué querían y dónde estarán ahora. Aun así, en el poblado se lo están pasando en grande y van por ahí con sostenes y bragas… Oh, discúlpeme, señor, yo… -Gwyneira se puso colorada cuando vio que Helen tenía una visita masculina.
McDunn se echó a reír.
– No se preocupe, señora Warden. Estoy informado acerca de la existencia de ropa interior femenina y ni que decir tiene que soy yo quien la he perdido. El carro es mío. Permita que me presente: Leonard McDunn, de Almacenes O’Kay.
– ¿Por qué no se viene simplemente conmigo a Queenstown? -preguntó McDunn un par de horas después, contemplando a Helen.
Gwyneira se había tranquilizado y con Helen y las mellizas había dado de comer a los hambrientos esquiladores. A todos los alabó por el buen resultado de su trabajo, si bien se quedó bastante sorprendida de la calidad de la lana. Ya había oído decir que O’Keefe producía mucho desecho, pero no se había imaginado que el problema fuera tan grave. Ahora estaba sentada con Helen y McDunn delante de la chimenea y acababa de abrir una de las botellas de Beaujolais que por fortuna había quedado intacta.
– ¡Por Ruben y su exquisito gusto! -brindó alegremente-. ¿Dónde lo habrá aprendido, Helen? ¡Ésta es, con toda certeza, la primera botella de vino que se descorcha en años en esta casa!
– En las obras de Edward Bulwer-Lytton, que suelo leer con mis alumnos, se consume de vez en cuando vino en los círculos refinados, Gwyn -respondió Helen con afectación.
McDunn tomó un sorbo y luego insistió en su propuesta de llevarla a Queenstown:
– En serio, Miss Helen, seguro que desea ver a su hijo y sus nietos. Ésta es la oportunidad. En un par de días habremos llegado.
– ¿Ahora, en pleno esquileo? -Helen rechazó la idea con un gesto.
Gwyneira rio.
– ¡Helen, no irás a creerte en serio que mis empleados vayan a esquilar una oveja de más o de menos porque tú estés aquí! Y no querrás conducir las ovejas a la montaña, ¿no?
– Pero…, pero alguien tendrá que abastecer a la gente… -Helen estaba indecisa. La propuesta había surgido de forma repentina, no podía aceptarla. ¡Y, sin embargo, era sumamente tentadora!
– También en mi granja se las han apañado ellos mismos. O’Toole sigue preparando un cocido irlandés mucho mejor del que Moana y yo hayamos hecho jamás. De ti mejor no hablar. Eres mi amiga más querida, pero tu cocina…
Helen se ruborizó. En una situación normal ese comentario no la habría afectado. Pero delante del señor McDunn le resultaba penoso.
– Permita que los hombres maten un par de ovejas y dejémosles también un par de botellitas de esas que yo defendería con mi propia vida. Aunque sea un pecado, porque la bebida es demasiado buena para esa pandilla, ¡al final se habrá ganado usted para siempre su cariño! -propuso McDunn con toda tranquilidad.
Helen sonrió.
– No sé -respondió dudosa.
– ¡Pero yo sí! -intervino decidida Gwyn-. A mí me encantaría ir, pero nadie puede sustituirme en Kiward Station. Así que te nombramos nuestra común delegada. Mira cómo andan las cosas en Queenstown. Temo que Fleurette no haya adiestrado como es debido al perro. Además, llévales el poni a los nietos. ¡Para que no sean unos jinetes tan torpes como tú!
14
Helen amó Queenstown en el mismo momento en que vio brillar la pequeña ciudad a la orilla del imponente lago Wakatipu. Las casitas nuevas y primorosas se reflejaban en la superficie plana del lago y el pequeño puerto daba acogida a barcos de remo y vela. Las montañas, con sus cumbres nevadas, enmarcaban la imagen. ¡Y sobre todo, durante medio día, Helen no había tenido ante su vista ni una sola oveja!
– Te resignas -confesó a Leonard McDunn, a quien tras pasar ocho días en el carro había contado más cosas sobre sí misma que a Howard durante todos los años de matrimonio-. Cuando hace un montón de tiempo llegué a Christchurch lloré porque la ciudad no tenía nada en común con Londres. Y ahora me alegro de ver una ciudad diminuta, porque allí me relacionaré con seres humanos y no con rumiantes.
Leonard rio.
– Oh, Queenstown tiene mucho en común con Londres, ya verá. Claro que no en tamaño, pero sí en vitalidad. ¡Algo está sucediendo aquí, Miss Helen, aquí siente usted el progreso, el arranque! Christchurch es hermosa, pero allí se trata más de conservar los antiguos valores y de ser más inglés que los ingleses. ¡Piense sólo en la catedral y la universidad! ¡Uno cree estar en Oxford! Pero aquí todo es nuevo, todo prospera. No cabe duda de que los buscadores de oro son unos salvajes y causan alborotos. ¡Es inconcebible tener la comisaría de policía más cercana a sesenta y cinco kilómetros de distancia! Pero esos muchachos también aportan dinero y vida a la ciudad. ¡Le encantará, Miss Helen, hágame caso!
A Helen ya le gustó cuando el carro pasó traqueteando por la calle Mayor que estaba tan poco pavimentada como Haldon, pero poblada de seres humanos: ahí un buscador de oro discutía con el empleado de correos porque éste, supuestamente, había abierto una carta. Ahí dos muchachas se reían por lo bajo y curioseaban en la barbería, donde un joven apuesto se hacía un nuevo corte de pelo. En la herrería se herraban caballos, y dos viejos mineros hablaban de asuntos profesionales a lomos de un mulo. Y el «Hotel» estaba siendo pintado de nuevo. Una mujer pelirroja con un llamativo vestido verde supervisaba a los pintores, mientras juraba en latín.
– ¡Daphne! -gritaron alegres las mellizas, y casi se cayeron del carro-. ¡Daphne, hemos traído a Miss Helen!
Daphne O’Rouke se dio la vuelta. Helen contempló el conocido rostro felino. Daphne parecía envejecida, tal vez un poco gastada por la vida e iba muy maquillada. Cuando vio a Helen en el carro, sus miradas se cruzaron. Conmovida, Helen se percató de que Daphne se ruborizaba.
– Buenos… buenos días, Miss Helen.
McDunn no daba crédito, pero la decidida Daphne hizo una inclinación ante su profesora como si fuera una niña pequeña.
– ¡Deténgase, Leonard! -gritó Helen. No pudo ni esperar a que McDunn tirase de las riendas de los caballos, ya había saltado del pescante y abrazado a Daphne.
– Aquí, no, Miss Helen, si alguien lo ve… -dijo Daphne-. Es usted una dama. No tienen que verla con alguien como yo. -Bajó la mirada-. Lamento haberme convertido en esto, Miss Helen.
Helen rio y la rodeó de nuevo con sus brazos.
– ¿Qué hay de horrible en lo que tú eres, Daphne? ¡Una mujer de negocios! Una maravillosa madre de acogida para las mellizas. Nadie podría desear una mejor discípula que tú.
Daphne volvió a sonrojarse.
– Quizá nadie le ha explicado el tipo de… de negocio que llevo -contestó en voz baja.
Helen la estrechó contra sí.
– Los negocios se construyen según la oferta y la demanda. Esto lo he aprendido de otro de mis discípulos, George Greenwood. Y en lo que a ti respecta…, si la demanda hubiera sido de biblias, seguro que habrías vendido biblias.