La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
El joven gruñía por el esfuerzo, tratando de darse la mayor prisa posible. Los dedos le dolían. Estaba avergonzado. ¿Cómo había podido ser tan estúpido? ¿En qué estaba pensando? De pronto lo comprendió y la verdad le dio escalofríos.
La capa de mriswith.
Berdine había corrido tras él, agitando el diario de Kolo y gritándole que se quitara la capa. En el diario había leído que no sólo los magos del Alcázar sino también sus enemigos habían creado objetos mágicos que producían ciertas mutaciones para proporcionar determinadas cualidades, por ejemplo mayor fuerza y resistencia, el poder de enfocar una línea de luz en un determinado punto con fines destructivos o la capacidad para ver de muy lejos incluso en la oscuridad.
Seguramente la capa de mriswith era uno de esos objetos que los magos usaban para tornarse invisibles. Kolo mencionaba que muchas de las armas que habían desarrollado al final se les habían ido de las manos. La otra posibilidad era que los mriswith hubiesen sido creados por el enemigo.
Queridos espíritus, ¿qué desastre habría causado? ¿Qué había hecho? Tenía que quitarse enseguida la capa. Berdine había tratado de advertirle.
Tercera Norma de un mago: la razón. Tanto deseaba rescatar a Kahlan que no había usado la razón y había hecho caso omiso de la advertencia de Berdine. ¿Cómo iba a detener a la Orden después de eso? Con su insensatez la había ayudado.
Tuvo que hacer un gran esfuerzo para sostenerse en el nervio, que caía casi a pico. Tres metros más.
Merissa apareció en el umbral de una puerta. Richard vio que un rayo luminoso surcaba la bóveda. Se soltó y cayó al suelo, rezando todo el tiempo para caer lo más rápidamente posible. El rayo, que a punto estuvo de arrancarle la cabeza, estalló muy cerca de él con un ruido ensordecedor. Tenía que escapar. Tenía que alejarse de ella.
— He conocido a tu futura esposa, Richard.
Richard se quedó paralizado.
— ¿Dónde está?
— Sal de ahí y hablaremos. Quiero decirte cuánto voy a disfrutar oyendo sus chillidos.
— ¿Dónde está? —bramó Richard.
La risa de Merissa reverberó en la bóveda.
— Aquí mismo, Richard. En Tanimura.
En un acceso de furia Richard le lanzó un rayo. Éste iluminó la cámara y tronó por la cámara hacia donde la había visto por última vez. Humeantes esquirlas de piedra volaron por el aire. El joven se preguntó cómo había sido capaz de hacer eso. Pero lo sabía. Por necesidad.
— ¿Por qué? —gritó—. ¿Por qué quieres hacerle daño a ella?
— Oh, Richard, no es ella la que me interesa. Eres tú. Su dolor te causará a ti sufrimiento; es así de sencillo. Ella no es más que un medio para hacerte daño.
Richard escrutó con la mirada los pasadizos.
— ¿Por qué quieres matarme?
Apenas había formulado la pregunta cuando se agachó y corrió hacia un pasadizo.
— Porque lo estropeaste todo. Tú enviaste de nuevo a mi amo al inframundo. Yo iba a tener mi recompensa. La inmortalidad. Yo cumplí con mi parte del trato, pero tú lo echaste a perder todo.
Un sinuoso rayo negro se comió parte del muro situado justo a su lado. Merissa estaba usando Magia de Resta. Era una hechicera de inimaginable poder y era capaz de localizarlo; lo sentía. Pero ¿por qué fallaba?
— Pero lo peor —añadió, dándose golpecitos al anillo de oro que le atravesaba el labio inferior— es que por tu culpa tuve que servir a ese cerdo de Jagang. No te imaginas las cosas que me hizo, ni las cosas que aún me obliga a hacer. ¡Todo es por tu culpa! ¡Es culpa tuya, Richard Rahl! Pero me las pagarás. He jurado que me bañaré en tu sangre, y lo haré.
— ¿Y Jagang? ¿No se enfadará si me matas?
Tras él estallaron las llamas, que lo persiguieron hasta la siguiente columna.
— Al contrario. Ahora que ya has cumplido tu papel, ya no le sirves para nada. Como recompensa puedo hacer contigo lo que desee, y ni te imaginas qué deseos albergo hacia ti.
Richard se dio cuenta de que de ese modo no iba a escapar de ella. Aunque se escondiera detrás de un muro, Merissa lo localizaría con el han.
Pensó una vez más en Berdine mientras alzaba una mano y cogía la capa de mriswith para quitársela. Pero se detuvo. Merissa no lo vería con su han si se envolvía en la capa. Pero la magia de esa capa era la fuerza que había creado a los mriswith.
Kahlan estaba prisionera. Merissa había dicho que la torturaría para hacerle daño a él. No iba a permitirlo. No tenía otra opción.
Así pues, se envolvió en la capa y desapareció.
48
— Te prometo que ésta es la última.
Verna miró a los ojos a aquella mujer a la que conocía desde hacía ciento cincuenta años. Era evidente que no la conocía bien, ni a ella ni a tantas otras.
— ¿Qué quiere Jagang del Palacio de los Profetas?
— Jagang no posee más poder que una persona normal y corriente excepto su habilidad como Caminante de los Sueños —respondió Leoma con voz trémula, pero siguió adelante—. Debe utilizar a sus semejantes, especialmente a quienes poseen el don, para lograr lo que desea. Piensa utilizar nuestro conocimiento para descubrir qué profecías le darán la victoria, y luego asegurarse de que sucede lo que debe suceder para conducir al mundo hacia las bifurcaciones que le convienen.
»Es un hombre muy paciente. Le costó casi veinte años conquistar el Viejo Mundo. Durante todo ese tiempo perfeccionó sus habilidades, exploró la mente de los demás y reunió la información que necesitaba.
»No sólo codicia las profecías que guardamos en las criptas sino que piensa instalarse para siempre en el Palacio de los Profetas. Conoce el hechizo; emplazó a varios de sus hombres aquí para asegurarse de que también funcionaba en quienes no poseen el don y que no se producen efectos secundarios adversos. Piensa vivir aquí y desde este palacio conquistar el resto del mundo con la ayuda de las profecías.
»Una vez que todos los países hayan caído, tendrá cientos y cientos de años para disfrutar de su dominio sobre el mundo y de las prebendas de la tiranía. Para él es lo más grande que nadie haya soñado y mucho menos logrado anteriormente. Será lo más próximo a la inmortalidad que puede conseguir un gobernante.
— ¿Qué más puedes decirme?
Leoma se retorcía las manos.
— Nada más. Te he dicho todo lo que sé, Verna. Ahora déjame ir.
— Bésate el dedo anular y suplica el perdón del Creador.
— ¿Qué?
— Reniega del Custodio. Es tu única esperanza, Leoma.
Pero la Hermana sacudió la cabeza.
— No puedo hacer eso, Verna, y no lo haré.
Verna no tenía tiempo que perder. Sin más palabras ni discusiones tocó su han. Los ojos de Leoma parecieron iluminarse desde el interior. Un segundo más tarde se desplomó en el suelo sin vida.
Sigilosamente Verna se dirigió al extremo del pasillo, vacío, donde estaba la celda de la hermana Simona. Con la euforia que le daba ser capaz de manipular de nuevo su han a voluntad, rompió el escudo. Para no asustarla, llamó a la puerta antes de abrirla. Simona corrió a refugiarse en un rincón.
— Simona, soy Verna. No tengas miedo, querida.
Simona lanzó un grito de terror.
— ¡Ya llega! ¡Ya llega!
Verna prendió en su palma una suave luz.
— Lo sé. No estás loca, hermana Simona. Es cierto que él viene.
— ¡Tenemos que escapar! ¡Tenemos que irnos de aquí! —sollozó Simona—. Por favor, tenemos que irnos antes de que él llegue. Se me aparece en sueños para atormentarme. Tengo tanto miedo… —En un arrebato se besó el anular incontables veces.
Verna cogió a la Hermana en sus brazos. Simona temblaba.
— Simona, escúchame con atención. Conozco el modo de salvarte del Caminante de los Sueños. Si haces lo que te digo, estarás a salvo de él. Nos iremos de aquí.