La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
Richard se detuvo. Un pequeño grupo de personas cruzaban el prado. A la luz de la luna no podía distinguir quiénes eran, pero antes de decidirse a averiguarlo se dijo que ante todo debía encontrar a Ann. La Prelada lo ayudaría. Dejando de lado a la prelada Annalina y la hermana Verna, no sabía en quién podía confiar. Así pues esperó hasta que el grupo entró en un corredor cubierto antes de seguir adelante.
Cuando meses antes abandonó el Palacio de los Profetas sabía que aún podían quedar Hermanas de las Tinieblas. Seguramente eran ellas las que habían capturado a Kahlan, pero no sabía quiénes eran. Podría buscar a Verna, pero ignoraba dónde estaría. Pero sí sabía dónde encontrar a la Prelada, y por allí empezaría.
Si era necesario, echaría abajo el Palacio de los Profetas, sin dejar piedra sobre piedra, a fin de encontrar a Kahlan y sus amigos. No obstante, por temor a violar de nuevo la Tercera Norma de un mago, decidió intentar al menos actuar guiado por la razón y no por las pasiones.
Pero ¿dónde acababa una y empezaban las otras?
Kevin Andellmere montaba guardia en la verja exterior del complejo de la Prelada. Richard lo conocía y estaba razonablemente seguro de que podía confiar en él. Pero estar «razonablemente seguro» no bastaba, por lo que se mantuvo oculto y se deslizó sin ser visto al interior del complejo. En la distancia distinguía las estentóreas risas de varios hombres que se aproximaban por un sendero, pero aún se hallaban bastante lejos.
Richard conocía a las antiguas administradoras de la Prelada. Una de ellas murió cuando la otra, la hermana Ulicia, atacó a la Prelada. Tras el ataque, Ulicia y otras cinco Hermanas de las Tinieblas huyeron a bordo de un barco, el Lady Sefa. Pero los escritorios de la oficina de la Prelada se veían vacíos.
No había nadie en el pasillo, ni en la antesala, y la puerta del despacho de la Prelada estaba abierta, por lo que Richard se abrió la capa de mriswith y relajó la concentración. Quería que Ann lo reconociera.
A la luz de la luna que entraba por las puertas dobles situadas al fondo del oscuro despacho vio que la Prelada estaba sentada tras su escritorio. A la tenue luz distinguió que tenía la cabeza inclinada hacia abajo. Se debía de haber quedado dormida.
— Prelada —dijo con voz suave para no sobresaltarla. La mujer despertó, alzó ligeramente la cabeza y levantó una mano—. Tengo que hablar contigo, Prelada. Soy Richard. Richard Rahl.
Una luz prendió en la palma de la mujer.
— ¿Has venido a hablar? —inquirió una sonriente Ulicia—. Qué interesante. Bueno, me encantará hablar contigo.
Richard retrocedió un paso ante aquella perversa sonrisa, y su mano buscó la empuñadura de la espada.
No llevaba espada.
Oyó un portazo a su espalda.
Dio bruscamente media vuelta y vio a cuatro de sus antiguas maestras: Tovi, Cecilia, Armina y Merissa. Al acercarse a él, observó que todas ellas exhibían un aro que les perforaba el labio inferior. Sólo faltaba Nicci. Todas sonreían como niños hambrientos que contemplan los dulces que les esperan al final de un ayuno de tres días.
Richard notó una necesidad que se encendía en su interior.
— Antes de que hagas algo estúpido, Richard, escucha o morirás.
— ¿Cómo has logrado adelantarme? —preguntó a Merissa, conteniéndose.
La Hermana arqueó una ceja y lo miró con sus malévolos ojos oscuros.
— He regresado con mi caballo.
— Lo teníais todo planeado, ¿verdad? —dijo a Ulicia—. Habéis hecho esto para atraparme.
— Pues claro, muchacho. Y debo decir que tú has cumplido tu papel a la perfección.
— ¿Cómo sabías que no moriría cuando Merissa me lanzara abajo desde la torre?
La sonrisa de Ulicia se desvaneció al tiempo que lanzaba una iracunda mirada a Merissa. Al ver esa mirada, Richard supo que Merissa no había seguido las instrucciones.
— Lo importante es que estás aquí —prosiguió Ulicia—. Ahora será mejor que te calmes y no te pasará nada. Aunque hayas nacido con los dos lados del don, también nosotras tenemos ambos tipos de magia. Podrías matar a una o dos de nosotras, pero no podrías con todas, y en ese caso Kahlan moriría.
— Kahlan… —Richard la fulminó con la mirada—. Te escucho.
— Verás, Richard —empezó Ulicia, cruzando las manos—, resulta que tienes un problema. Pero por suerte para ti nosotras también tenemos un problema.
— ¿Qué tipo de problema?
La mirada de Ulicia se endureció y adoptó una expresión amenazadora para responder:
— Jagang.
Las otras se reunieron con Ulicia detrás de la mesa. Ninguna de ellas sonreía ya. A la mención del nombre de Jagang prendió tal odio en sus miradas que incluso los ojos de las en apariencia amables Tovi y Cecilia podrían fundir piedra.
— Verás, Richard, ya es casi hora de acostarnos.
— ¿Qué?
— A ti el emperador Jagang no te visita en tus sueños. Pero a nosotras sí. Y se está convirtiendo en un problema.
Richard notó que la hermana Ulicia luchaba por controlar el tono de voz. Era obvio que deseaba algo más que la propia vida.
— No me digas que tienes problemas con un Caminante de los Sueños, Ulicia. Bueno, yo duermo tan plácidamente como un bebé.
Por lo general Richard se daba cuenta de cuándo alguien tocaba su han; lo sentía o lo leía en sus ojos. El aire que rodeaba a aquellas mujeres casi crepitaba. Tras aquellos cinco pares de ojos había suficiente poder reprimido como para fundir una montaña. Pero, por lo visto, no bastaba. Un Caminante de los Sueños debía de ser un temible rival.
— De acuerdo, Ulicia, vayamos al grano. Yo quiero a Kahlan y vosotras queréis algo. ¿El qué?
Ulicia se toqueteó el aro del labio al tiempo que desviaba la vista.
— Debemos llegar a un acuerdo antes de que nos durmamos. Acabo de comunicar a mis hermanas lo que se me ha ocurrido. No hemos podido dar con Nicci para incluirla. Si nos quedamos dormidas antes de resolver esto y alguna de nosotras sueña con esta conversación…
— ¿Resolver? Yo quiero a Kahlan. ¿Qué queréis vosotras?
Ulicia carraspeó antes de responder:
— Queremos jurarte lealtad.
Richard se quedó de piedra. No daba crédito a lo que acababa de oír.
— Pero sois Hermanas de las Tinieblas. Me conocéis, y deseáis mi muerte. ¿Cómo podéis romper vuestro juramento al Custodio?
Ulicia clavó en él su acerada mirada.
— Yo no he dicho que queramos hacer eso. He dicho que queremos jurarte lealtad en esto, en el mundo de los vivos. En la situación en la que nos encontramos, yo no veo que sea incompatible.
— ¿Que no es incompatible? ¡Estás loca!
— ¿Acaso quieres morir? —le preguntó Ulicia con una inquietante mirada—. ¿Quieres que Kahlan muera?
Richard hizo un esfuerzo por serenarse.
— No.
— En ese caso calla y escucha. Nosotras tenemos algo que tú quieres; y tú tienes algo que nosotras queremos. No obstante, tanto tú como nosotras exigimos condiciones. Por ejemplo, tú quieres recuperar a Kahlan sana y salva. ¿Me equivoco?
La mirada de Richard fue digna de una Hermana de las Tinieblas.
— En absoluto. Pero ¿qué te hace creer que haré un pacto contigo? Intentaste matar a la prelada Annalina.
— No sólo lo intenté sino que lo conseguí.
Richard cerró los ojos y soltó un angustiado gruñido.
— Acabas de admitir que asesinaste a la Prelada. ¿Cómo esperas que confíe en ti para…?
— Se me está acabando la paciencia, jovencito, y a tu prometida no le queda mucho tiempo. Si no te la llevas antes de que llegue Jagang, no volverás a verla nunca más, te lo aseguro. No tienes tiempo para buscarla.
Richard tragó saliva.
— De acuerdo. Habla.
— Tú cerraste de nuevo la puerta que había abierto el Custodio en este mundo y frustraste nuestros planes. Al hacerlo, disminuiste el poder del Custodio en el mundo de los vivos y restableciste el equilibrio entre él y el Creador. Jagang ha aprovechado ese equilibrio para tratar de adueñarse del mundo.