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Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:

Cuando la ex modelo Lola Carlyle se entera de que unas fotos suyas muy privadas están colgadas en Internet, decide esconderse en un lugar soleado y?eso cree? seguro, hasta que las habladurías se apaguen. Todo va bien en el yate en el que Lola intenta relajarse, hasta que un hombre que asegura llamarse Max Zamora y trabajar como agente secreto del gobierno se apodera de la embarcación. Su cobertura ha fracasado y debe ocultarse de los hombres que lo persiguen. Lola no le es desconocida: la ha visto, casi desnuda, en las portadas de las revistas de moda. Es más hermosa y sexy en persona, pero el problema es que cuando se enfada resulta insoportable…
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
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– El hijo mayor de André Cosella ha sido asesinado.

Ella bajó los brazos y Max esperó a que le preguntase si había sido él quien lo había asesinado.

– ¿Hay agua fresca?

Sin duda, Lola era inteligente y comprendía la situación sin necesidad de que se lo contara.

O eso o era tan tonta que no lo pillaba.

– He llenado una botella y la he metido en la nevera -contestó Max-. Todavía debe de estar fresca.

Lola dio media vuelta para irse, pero se detuvo de repente y giró la cabeza para mirarlo con esos enormes ojos pardos que atravesaban el azul de las gafas de sol.

– Supongo que no hay agua suficiente para ducharse.

– No. Tendrás que bañarte en el mar.

Max oyó el suspiro de resignación y observó el balanceo de las caderas que se dirigían hacia la cocina y dejaban caer las puntas del chal sobre las pantorrillas.

Era exactamente igual a lo que se veía en las revistas y los anuncios de televisión: sexo húmedo y caliente desde la punta de los cabellos rubios hasta la punta de las uñas de los pies. Mientras ese estúpido perro se iba tras ella, Max se preguntó si Lola sería tan valiente como para desnudarse delante de él y saltar al mar. Era lo mínimo que podía hacer, después de haber incendiado el yate y haberlo dejado a la deriva en medio del océano.

Max se sentó con cuidado en el banco donde Lola había pasado la noche. Respiró todo lo hondo que pudo y aguantó la respiración mientras se desataba las botas. La noche pasada había pensado en la posibilidad de que existiera un plan secreto del Gobierno para deshacerse de él. Ahora que había pensado mucho en ello, no creía qué fuera así. En toda misión existían por lo menos doce cosas que podían ir mal en cualquier momento. Era la ley de Murphy, y la noche anterior había estado dedicada por completo a la ley de Murphy.

Ya se dio cuenta de ello cuando el vuelo a Nassau se retrasó una hora y le hizo perder el contacto que tenía con la agencia local de la DEA. No le importó, porque guardaba información de última hora en la memoria.

Pero desde el instante mismo en que había puesto los pies en Nassau, la misión había sido un infierno. Debería haberse retirado en ese momento, pero no pudo. Él era Max Zamora, y lo que le hacía tan bueno en su trabajo era lo mismo que había estado apunto de costarle la vida. Odiaba el fracaso. Sólo había fracasado una vez en su vida, y se lo había tomado de forma personal.

Ese odio al fracaso era lo que lo convertía en un perfecto miembro operativo del Gobierno. Además del hecho de que no tenía familia. Cuando no se encontraba en una misión secreta, llevaba una vida bastante normal.

El capitán de corbeta Maximilian Javier Gunner Zamora estaba oficialmente retirado de la Marina de los Estados Unidos. Había sido miembro de la sexta unidad de las Fuerzas Especiales de la Marina, y cuando se desmanteló ésta a mediados de los noventa fue reclutado por el Grupo Naval de Desarrollo de Técnicas de Guerra Especiales.

En la actualidad trabajaba por su cuenta como consejero en temas de seguridad. La empresa de Max, Z Security, era absolutamente legal y le suministraba bastante trabajo cuando no se encontraba en alguna misión. La levantó de la nada y empleaba a miembros retirados de las Fuerzas Especiales de la Marina. Max y sus hombres enseñaban a las grandes corporaciones a protegerse de tipos como ellos. Tipos que encontraban la forma, de penetrar en cualquier tipo de guarida.

Se quitó el vendaje y, aguantando la respiración, se palpó entre la sexta y la séptima costillas. El dolor era una buena señal, se dijo, pues lo obligaba a tomar conciencia de que estaba vivo. Ese día estaba especialmente vivo, pero había vivido situaciones peores. Por ejemplo, se acordó de una ocasión en que se encontraba colgado de una torre de perforación del mar del Norte cubierta de hielo mientras le disparaban. Para él, ésa era ahora su imagen del infierno, y cuando le llegara el momento de la muerte se acordaría que en ese entonces había tenido su parte de eternidad. En comparación, encontrarse abordo de un yate averiado de catorce metros de eslora, con unas cuantas costillas rotas y en compañía de una fastidiosa modelo de ropa interior y su fastidioso perro no significaba nada. En realidad, unas pequeñas vacaciones en el Caribe era justo lo que necesitaba.

CAPÍTULO 3

Vestida solamente con el sujetador realzador de senos, el Cleavage Clicker, patentado por ella misma, Lola asomó la cabeza a la puerta del baño y miró alrededor. Dirigió la vista desde la puerta cerrada del camarote hasta el vestido azul que se encontraba encima de la cama del camarote. Se había olvidado de llevarse el vestido al baño. Echó un vistazo al ojo de buey y, al no ver ningún par de ojos azules que le devolvieran la mirada, corrió a un lado de la cama y rápidamente pasó los brazos por las mangas del vestido. Era una pesadilla de vestido, estampado con manojos de cerezas, plátanos amarillos y uvas verdes. Parecía que alguien lo hubiera manchado en un puesto de frutas, o con ensalada de ambrosía, ese mejunje que su abuela llevaba a las familias que tenían algún ser querido que acababa de «pasar a mejor vida».

Se abrochó el vestido por encima del sujetador rosa. El Cleavage Clicker era uno de sus primeros diseños y en su momento había supuesto una revolución en comodidad y sujeción. Las ventas del primer año habían superado las previsiones en un veintiséis por ciento y todavía era su mayor fuente de ganancias. Estaba confeccionado con suave raso festoneado y bordado con encajes, y no sólo era cómodo sino que ofrecía tres posibilidades de realzar los pechos. Por supuesto, tan pronto como apareció en el primer catálogo, lo imitaron por todo el mundo.

Sin embargo, en esos momentos realzar el escote era lo último que quería, pero con ese vestido tan ajustado al pecho difícilmente podía evitarlo. Cuando terminó de abrocharse, sacó del bolso el cepillo para el pelo. Se lo desenredó con cuidado y se hizo una trenza. Lo tenía áspero a causa de la sal marina. Habría dado cualquier cosa por tomar un baño, un auténtico baño con agua y jabón, pero no se atrevía. No con el «bueno de Max» a bordo.

Se había lavado los dientes y parte del cuerpo con el agua de la botella. También había lavado las braguitas rosas y las había tendido en la barra de la ducha. Pensó que si no levantaba los brazos, nadie se daría cuenta de que no las llevaba. «Nadie» significaba «Max».

Además de ladrón, ese tipo podía ser también un asesino. Se preguntaba por qué no se sentía aterrorizada por ello. Quizá porque, aparte de atarla y magullarle las muñecas, no le había hecho ningún daño. Y pensó que si no la había matado después de que ella lo amenazara con la pistola de bengalas y prendiese fuego al cuadro de mandos, a estas alturas ya no lo haría.

A pesar de todo, le tenía un poco de miedo. Incluso con la cara llena de heridas y el cuerpo destrozado, Max era más fuerte que ella. Se sentía un poco más segura con el cuchillo de pescado. Pero, más importante que el miedo que tenía, era la rabia y la impotencia que le iban creciendo por dentro. Ahora que lo pensaba, «rabia» era una palabra demasiado suave para definir lo que sentía respecto a él y a la situación en que él la había metido. No importaba que, probablemente, él no hubiera tenido la menor intención de mezclarla en sus problemas. De cualquier forma, lo había hecho y ahora ella se encontraba allí frente a la posibilidad real de que ella y Baby murieran en medio del Atlántico. La conversación que había mantenido con él por la mañana había sumado a la preocupación de morir de hambre o deshidratación la de perecer a manos de esos señores de la droga que habían apaleado a Max.

En esos momentos se preguntaba si utilizar el espejo de señales serviría para salvar la vida o para sufrir un destino peor que el de morir de hambre. Aun así, fuera como fuese, tenía que intentarlo. No cabía duda de que los Thatch habrían denunciado la desaparición del barco, y seguro que alguien se habría dado cuenta de que ella también había desaparecido. Debían de estar buscándola en esos momentos.

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