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Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:

Cuando la ex modelo Lola Carlyle se entera de que unas fotos suyas muy privadas están colgadas en Internet, decide esconderse en un lugar soleado y?eso cree? seguro, hasta que las habladurías se apaguen. Todo va bien en el yate en el que Lola intenta relajarse, hasta que un hombre que asegura llamarse Max Zamora y trabajar como agente secreto del gobierno se apodera de la embarcación. Su cobertura ha fracasado y debe ocultarse de los hombres que lo persiguen. Lola no le es desconocida: la ha visto, casi desnuda, en las portadas de las revistas de moda. Es más hermosa y sexy en persona, pero el problema es que cuando se enfada resulta insoportable…
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
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Por lo tanto, debía arriesgarse y atraer a alguien, ya fuera un señor de la droga o un guardacostas. Haría señales hasta que alguien la sacara de ese maldito yate.

Lola registró el camarote en busca de crema de protección solar y la encontró en el baño. Se embadurnó por todo el cuerpo, y se aplicó una doble capa en el cuello y la cara. Luego buscó unas sandalias, ya que la noche anterior, en algún momento, había perdido las suyas. Sólo encontró un par de zapatillas de lona que decidió no ponerse.

Con la cabeza ladeada, estudió su imagen en el espejo de las puertas del baño. Además de ser horroroso, ese vestido debía de pertenecer a Dora Thatch, una mujer doce centímetros más baja que ella y que pesaba trece kilos más.

Le venía grande a la altura de las caderas, aunque le apretaba el busto.

Los botones se le abrían por delante del pecho, y la falda le llegaba a medio muslo, incluso con los brazos bajados. Pero lo más inquietante era el manojo de fresas estratégicamente estampadas sobre la entrepierna, como una gran hoja de parra.

De repente, oyó que, fuera, Baby se ponía a ladrar histéricamente y el corazón le dio un vuelco. Cogió los prismáticos y el espejo y salió del camarote.

No fue hasta que llegó a la cubierta de popa, ante el interminable océano azul, que se dio cuenta de que había corrido con la esperanza de ver a la guardia costera aproximarse a toda velocidad. Esa esperanza se le marchitó en el pecho y le cayó al fondo del estómago.

Baby, a popa, tenía la mirada clavada en la plataforma de baño. Soltaba ladridos tan fuertes que lo levantaban del suelo. Lola se acercó al banco y miró hacia abajo. Ante ella se abría una magnífica vista de Max totalmente desnudo. Era obvio que no tenía ningún pudor ni el menor reparo en bañarse delante de ella.

Max lanzó un cubo atado a un cabo al mar, lo sacó y se echó el contenido por encima de la cabeza. El agua le corrió por el cabello negro y le salpicó los anchos hombros, se deslizó por encima de los bien definidos músculos dorsales y por la columna. Las gotas le resbalaron por las nalgas y por la parte trasera de los muslos hasta los pies. Max sacudió la cabeza, rociando agua en todas direcciones.

Lola dio media vuelta, sintiéndose un poco culpable de haber mirado. Sólo Dios sabía cómo se ganaba la vida ese tipo y qué pecados había cometido, pero era innegable que tenía un cuerpo de los que aparecían en las revistas de deportes, o en los calendarios de desnudos.

Incluso con la cara llena de moratones y con su evidente propensión al crimen, era el tipo de hombre que lograba que las mujeres sacaran pecho e hicieran caso omiso de los signos de peligro, como unos nudillos peludos o unos tatuajes carcelarios.

Lola, que no era tonta ni débil, tampoco se sentía atraída por hombres que la retenían contra su voluntad y amenazaban a su perro. Echó un último vistazo por encima del hombro a tiempo de ver a Max enjabonándose los sobacos. No tenía ningún tatuaje, pero Lola no podía menos que admitir que tenía un culo estupendo. Para ser un criminal.

Se sentó en el banco y dirigió su atención a los restos quemados del puente de mando. Durante la conversación que habían mantenido antes, Lola no había podido evitar fijarse en la firmeza de su pecho y sus brazos. Era difícil no apreciar esos músculos a pesar de que estuvieran cubiertos de moratones y de un corto vello negro. Lola había trabajado muchos años con modelos masculinos, y sabia que un cuerpo como ése sólo se conseguía con mucho trabajo y dedicación.

Cuando se quedó ronco de tanto ladrar, Baby tiró la toalla y saltó al regazo de Lola. Ella le ajustó el collar y lo acarició. ¡Había sido tan buen chico durante toda aquella pesadilla! Cuando los rescataran, lo llevaría a su lugar favorito, el balneario canino, para que lo mimaran y lo hicieran sentir como un gran danés. Cuando llegaran a casa, ella también se mimaría. Una mascarilla corporal de hierbas y un buen masaje muscular le vendrían de perlas.

Con los prismáticos y el espejo en una mano, y con el perro en la otra, subió las escaleras hasta él puente de mando en busca de sus sandalias. Encontró una en el rincón y la mitad de la otra al lado del cuadro de mandos, pero el talón estaba roto, y la punta quemada. Las dejó donde estaban y se llevó los gemelos a los ojos.

No vio más que el cielo azul y el agua azul. Estuvo tanto tiempo mirando por los prismáticos que Baby la dejó. Se enjugó con la mano el sudor que le bajaba por las sienes y por el cuello. Odiaba la sensación de sudar, y además sospechaba que debía de oler mal. Ni una cosa ni otra mejoraban su humor mientras escrutaba el infinito en busca de un indicio de tierra o de una embarcación. No veía nada, y al cabo de un rato no sabía dónde terminaba el cielo y dónde empezaba el océano. Lola era una mujer de acción y no estaba acostumbrada a quedarse quieta mirando el horizonte a la espera de que sucediera algo. A pesar de ello, no le quedaba otra alternativa. Se sentía inquieta, nerviosa, pero no tenía nada más que hacer, así que se quedó en el puente con sus prismáticos y su espejo.

No hacía ni veinticuatro horas que la habían secuestrado. Debía tener paciencia y fe. El problema era que Lola no era una persona muy paciente y sólo tenía fe en sus propios recursos. Por supuesto, hubo momentos en su vida en que le habría gustado contar con un hombro en que apoyarse, momentos en que habría sido maravilloso poder descargar sus problemas sobre las espaldas de un hombre capaz de ocuparse de todo. Pero Lola no había encontrado a ese hombre y, en cualquier caso, seguramente no se habría dejado cuidar por él.

Lola no sabía cuánto tiempo llevaba en el puente, pero cuando el cuerpo empezó a dolerle y el estómago a quejarse, abandonó su puesto.

Encontró a Max en la cubierta de popa, sentado, con una caña de pescar sujeta al brazo de la silla y una cerveza en la mano. Parecía un hombre relajado, cuya ocupación más importante fuese dar cuenta de su cerveza. Su camiseta y sus tejanos estaban tendidos en la parte trasera del barco junto a unos calzoncillos largos de algodón, de un color gris marengo. Lola no quería fijarse en qué llevaba puesto, o qué no llevaba puesto, pues temía ver algo más que una caña de pescar. A pesar de eso, se fijó.

Llevaba unos pantalones cortos de nailon de cintura elástica ceñidos justo por debajo del ombligo. Se había vuelto a colocar el vendaje alrededor de las costillas y del amplio pecho. Extrajo un trozo de salmón ahumado de la lata que sostenía sobre el muslo, lo colocó encima de una galletita salada y se lo llevó a la boca. Luego metió los dedos en la lata y sacó un pequeño trozo de pescado para dárselo al perrito, que estaba sentado al lado de su pie izquierdo.

Baby abrió las fauces y la engulló sin masticar. Si Max creía que podía ganarse el corazón del perro a través del estómago, estaba en lo cierto, aunque sólo hasta cierto punto. Baby era esclavo de su apetito por los bocados prohibidos pero, por encima de eso, era prisionero de su complejo de Napoleón. Unos trocitos de salmón ahumado no lo desviarían de su misión de derrotar a los perros mayores que él.

– Creía que odiabas a mi perro.

Max se llevó la cerveza a los labios y bebió un largo trago.

– Así es -contestó, sin mirarla-. Sólo lo estoy cebando un poco por si más adelante necesito comérmelo.

Lola no supo si lo decía en broma.

– Vamos, Baby. -y con un gesto, indicó al perro que la siguiera al interior del barco, pero Baby se negó a obedecer y prefirió quedarse con el hombre que estaba alimentándolo.

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