Seducida por el millonario
- Автор: Mallery Susan
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Seducida por el millonario». Краткое содержание книги:
Consiguió que Annie se hiciera pasar por su amante, pero ahora necesitaba que lo fuera en la vida real. ¿Lograría el ejecutivo gruñón desplegar el encanto necesario para seducir a la mujer a la que casi había destruido?
En lugar de estar atento a la conversación, había estado mirando el reloj y la pantalla del móvil.
Annie tiró sobre el sofá el echarpe negro que llevaba y se inclinó para quitarse los zapatos, haciendo una mueca de dolor.
– No lo dicen de broma -murmuró-. Para estar guapa hay que sufrir.
En circunstancias normales Duncan habría respondido al comentario, pero estaba demasiado ocupado mirando el escote del vestido, que dejaba al descubierto el nacimiento de sus pechos. Las curvas parecían lo bastante grandes como para que le cupieran en las manos…
Se preguntaba si serían suaves y cómo sabrían. Imaginaba su lengua haciendo círculos en sus pezones, chupándolos suavemente mientras ella gemía…
La imagen fue lo bastante vivida como para provocar una reacción en su entrepierna y tuvo que moverse, incómodo.
Annie se irguió, dio un paso adelante y volvió a hacer una mueca de dolor.
– Creo que la lesión es permanente. ¿Cómo es posible que las mujeres lleven estos zapatos todos los días? Yo no podría soportarlo -suspirando, señaló una esquina del salón-. ¿A que es precioso?
Duncan miró el árbol de Navidad al lado de la ventana. Prácticamente ocupaba la mitad de la habitación, con cientos de adornos cubriendo cada centímetro. Annie encendió las luces, que centelleaban a toda velocidad. No era algo que le hubiera gustado nunca y, sin embargo, había algo especial en ese árbol.
– Muy bonito.
– ¿Has puesto uno en tu casa?
No, claro que no, pero no quería herir sus sentimientos. En lugar de contestar, Duncan señaló la mesita de café, donde había un libro forrado con plástico.
– ¿Qué es eso? -le preguntó.
Annie tomó el libro, que parecía un manual de instrucciones.
– No lo sé… es de un congelador. Pero nosotras no tenemos ningún… -no terminó la frase, atónita-. No me lo puedo creer.
Annie corrió al cuarto de la plancha, donde guardaba la lavadora y la secadora, y Duncan la siguió. Cuando llegó a su lado, estaba abriendo la puerta de un resplandeciente congelador con los estantes llenos de alimentos.
Había paquetes de carne, pollo y pescado, un montón de pizzas congeladas, bolsas de verduras, contenedores de zumo y helado…
Lo miró todo durante un minuto, con la boca abierta. Luego cerró la puerta y se volvió hacia él con lágrimas en los ojos.
Duncan había conocido a muchas mujeres bellas en su vida. Se había acostado con varias, había salido con algunas, había sido seducido por las mejores, incluso se había casado una vez. Pero ninguna de ellas lo había mirado como Annie McCoy, con una expresión de total felicidad.
– No tenías que hacerlo -le dijo.
– Lo sé, pero quería hacerlo. Se pueden comprar al por mayor, es más barato. Y sé lo que te gusta a ti una ganga.
– Es el mejor regalo que me han hecho nunca. Gracias -Annie apretó su mano-. En serio, es maravilloso.
Duncan apartó la mano porque no quería emocionarse. Él no se emocionaba, sencillamente.
– Sólo es un congelador.
– Para ti, para mí es otra cosa. Es algo de lo que ya no tengo que preocuparme, es una oportunidad de respirar tranquila.
Él había hecho muchos regalos en su vida: joyas, coches, vacaciones. Pero ahora se daba cuenta de que ninguno de esos regalos tenía la menor importancia. Nadie se había emocionado de verdad por algo que él le hubiese regalado. Tal vez porque Annie era una de las pocas mujeres que le había gustado de verdad.
Desear y gustar eran dos cosas completamente diferentes. Había decidido llegar a un acuerdo con Annie para mejorar su reputación de cara a los medios y conseguir que el consejo de administración lo dejase en paz. Pero Annie había empezado a gustarle de verdad. Y no sabía si eso era bueno o malo.
– Es mi buena acción para estas fiestas -le dijo-. Nada más que eso.
– Ya, claro -sonrió ella-. Porque no eres una buena persona.
– No lo soy.
– Eso me han dicho -Annie abrió el congelador para sacar una pizza-. Esta tiene de todo, creo.
– ¿Vas a hacer una pizza ahora?
– En el cóctel sólo han servido sushi y estoy muerta de hambre -rió ella, arrugando la nariz-. El pescado crudo no es mi comida favorita.
– Bueno, entonces vamos a tomar una pizza.
– ¿Quieres que veamos una película navideña mientras se calienta? -le preguntó Annie, después de encender el horno.
– No.
– Venga, dejo que tú elijas la película.
– Sigo diciendo que no.
Las lágrimas habían desaparecido y Annie lo miraba con los ojos brillantes.
– No te gustan las cosas domésticas, ¿verdad?
– Nunca he encontrado una razón para que me gustasen.
– Pero estuviste casado. ¿La antigua señora Patrick no consiguió domesticarte?
– ¿Te parezco domesticado? -le preguntó él, dando un paso adelante.
– Hummm… creo que en tus mejillas veo la marca de donde estaban las riendas.
Duncan iba a tomarla por la cintura y, cuando ella intentó apartarse, resbaló en el suelo de linóleo, la sujetó, apretándola contra su torso. La necesidad de abrazarla era tremenda, el deseo instantáneo. Pero el recuerdo de su ex hizo que la soltara.
– Valentina no estaba interesada en domesticarme.
– ¿Cómo era tu ex mujer? -Annie se aclaró la garganta, nerviosa-. Cameron me dijo que era… interesante.
– Lo dudo. Más bien te diría que era una mala bruja.
– Eso también.
Duncan no pensaba en su ex mujer más de lo necesario.
– Fue hace mucho tiempo -le dijo-. Ella estudiaba Periodismo y yo acababa de comprar mi primera empresa importante. Fue a entrevistarme para un artículo universitario… o eso me dijo. En realidad, creo que fue para conocerme.
Valentina tenía cuatro años menos que él, pero era una chica muy sofisticada y segura de sí misma. Él era un antiguo boxeador, musculoso y acostumbrado a usar la fuerza para conseguir lo que quería, mientras Valentina era de las que siempre se salía con la suya de la manera más sutil.
– ¿Era muy guapa?
– Sí, rubia, de ojos azules -Duncan estudió a la mujer que tenía delante. Físicamente se parecían, pero no tenían nada en común. Annie era dulce, amable. Confiaba en todo el mundo y creía lo mejor de todos. Valentina jugaba para ganar y le daba igual a quién hiciese daño en el proceso.
Ella le había enseñado a moverse en sociedad, a portarse como un hombre de mundo. Con ella había aprendido sobre vinos, sobre la ropa que debía llevar y qué temas de conversación eran adecuados en una reunión social. Valentina era la viva imagen de la afectación, de la clase… hasta que se cerraba la puerta del dormitorio. Allí lo prefería lo menos civilizado posible.
– ¿Cuánto tiempo estuvisteis casados?
– Tres años.
– Y… bueno, supongo que estuviste enamorado de ella. No era un acuerdo ni un matrimonio de conveniencia, ¿verdad?
– No, claro que no. Yo la quería -admitió él. Tanto como un hombre podía querer a una mujer con el corazón de hielo-. Hasta que la encontré en la cama con uno de mis socios.
Ni siquiera en la cama, pensó, aún más furioso que dolido. Encima de su escritorio.
– Qué horror.
– La eché de casa y pedí dinero prestado para comprarle la empresa a mis socios -siguió Duncan, mirando a Annie, pero sin verla. En lugar de eso veía a una Valentina desnuda, el largo cabello rubio cayendo sobre sus hombros…
– No serías tan tonto como para pensar que te quería de verdad -le había dicho ella.
Pero sí había sido tan tonto. Desde pequeño había aprendido que había que ser fuerte para triunfar. Con Valentina había olvidado las dolorosas lecciones de su niñez y no volvería a hacerlo.
Annie tocó su brazo.
– Lo siento. No entiendo por qué haría algo así.