El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
[¿Por qué?], insistió Molenka. [Clavain no puede alcanzarte. Quizá haya conseguido sacarle dos gravedades a su nave, pero debe de haber sido a un coste tremendo; habrá tenido que despojarse de cada gramo de masa no esencial. Está muy atrás, Skade. No puede ponerse a tu altura].
Entonces aumenta a tres gravedades. Quiero observar su reacción para ver si intenta igualar nuestro nuevo ritmo de aceleración.
[No podrá hacerlo].
Skade estiró una mano de acero y acarició a Molenka con el índice por debajo de la barbilla. Podría aplastarla, hacer pedazos el hueso y convertirlo en un fino polvo negro, si se atreviese.
Tú solo hazlo. Entonces lo sabré con seguridad, ¿no te parece?
Molenka y Jastrusiak no estaban muy contentos, por supuesto, pero no había esperado menos. Sus protestas eran un ritual que había que soportar. Más tarde, Skade sintió que la carga de aceleración se incrementaba a tres gravedades y supo que se habían sometido. Los globos oculares se le combaban en las cuencas, y tenía la sensación de que su mandíbula estaba hecha de hierro puro. Caminar no suponía un esfuerzo mayor dado que la coraza se ocupaba de eso, pero ahora era consciente de lo antinatural que era.
Se encaminó al alojamiento de Felka. Sus tacones aporreaban el suelo con la precisión de un martillo neumático. Skade no odiaba a Felka, ni siquiera la culpaba por odiarla a ella. No se podía esperar que Felka soportase de buena gana los intentos que hacía Skade por matar a Clavain. De igual forma, sin embargo, Felka tenía que darse cuenta de lo necesarias que eran las acciones de Skade. No podía permitirse que ninguna otra facción consiguiera las armas perdidas. Era una cuestión de supervivencia para los combinados, una cuestión de lealtad al Nido Madre. Skade no podía hablarle a Felka sobre las voces gobernantes que le decían lo que tenía que hacer, pero incluso sin esa información, tenía que darse cuenta de que la misión era vital.
La puerta del alojamiento de Felka estaba cerrada, pero Skade tenía la autoridad necesaria para entrar en cualquier parte de la nave. No obstante, llamó con toda cortesía y esperó cinco o seis segundos antes de entrar.
Felka. ¿Qué estás haciendo?
Felka estaba en el suelo, sentada con las piernas cruzadas. Parecía tranquila, no había nada en su porte que traicionara el mayor esfuerzo que suponía realizar casi cualquier actividad bajo tres gravedades. Vestía un fino pijama negro que, a ojos de Skade, la hacía parecer muy pálida e infantil.
Se había rodeado de pequeños rectángulos blancos, muchas decenas de ellos, cada uno de los cuales iba marcado con un conjunto concreto de símbolos. Skade vio rojos, negros y amarillos. No era la primera vez que se encontraba con los rectángulos, pero no recordaba dónde. Estaban dispuestos en arcos y radios excesivamente pulcros que radiaban de Felka. Esta los movía de un sitio a otro, como si explorara las permutaciones de una inmensa estructura abstracta.
Skade se agachó y cogió uno de los rectángulos. Era un trozo de brillante cartón blanco, o quizá plástico, impreso solo por un lado. En el otro lado había un vacío perfecto.
Los reconozco. Es un juego que practican en Ciudad Abismo. Hay cincuenta y dos tarjetas en un juego, trece tarjetas para cada símbolo, igual que hay trece horas en la cara de un reloj de Yellowstone.
Skade devolvió la tarjeta al lugar donde la había encontrado. Felka continuó reorganizando las tarjetas durante unos minutos más. Skade esperó escuchando el sonido perfilado que hacían las tarjetas al pasar unas sobre otras.
—Sus orígenes son un poco más antiguos —dijo Felka.
Pero tengo razón, ¿no? Allí juegan a esto.
—Hay muchos juegos, Skade. Este es solo uno de ellos.
¿Dónde has encontrado las tarjetas?
—Ordené que la nave las hiciera. Recordaba los números.
¿Y las figuras? Skade escogió otra tarjeta, está marcada con una figura barbuda. Este hombre se parece a Clavain.
—Es solo un rey —dijo Felka con tono despectivo—. También recordaba las formas.
Skade examinó otra, una mujer de cuello largo y aspecto majestuoso, ataviada con algo que se parecía a una coraza de ceremonia.
Casi podría ser yo.
—Esa es la Reina.
¿Por qué, Felka? Vamos a ver, ¿qué sentido tiene todo esto? Skade volvió a levantarse y señaló con un gesto la configuración de las tarjetas. El número de permutaciones debe de ser finito. Tu único adversario es la pura casualidad. No veo qué atractivo puede tener.
—Es lógico que no lo veas.
Una vez más, Skade escuchó el chirrido perfilado de tarjeta sobre tarjeta.
¿Cuál es el objetivo, Felka?
—Mantener el orden.
Skade lanzó una pequeña carcajada.
¿Entonces no hay un estado final?
—Esto no es un problema informático, Skade. El medio es el fin. El juego no tiene un estado en el que se detiene, salvo el fracaso. —Felka se mordió la lengua, como una niña que colorea un dibujo especialmente tortuoso. En un torbellino de movimientos movió seis tarjetas y alteró de forma notable la imagen global, de una forma que Skade habría jurado que no era posible solo un momento antes.
Skade asintió al comprenderlo.
Es la Gran Muralla marciana, ¿verdad?
Felka levantó la vista pero no dijo nada antes de reanudar su trabajo.
Skade sabía que tenía razón: que el juego que veía jugar a Felka, si es que en realidad se le podía llamar juego, solo era un sustituto de la Muralla en sí. Esta había quedado destruida cuatrocientos años atrás, y sin embargo había tenido un papel tan vital en la infancia de Felka que la chica regresaba a los recuerdos que tenía de ella a la menor señal de tensión externa.
Skade sintió que la embargaba la ira. Se arrodilló de nuevo y destruyó la imagen que dibujaban las tarjetas. Felka se quedó inmóvil, con las manos flotando sobre el espacio que había ocupado una tarjeta. Miró a Skade con una expresión de incomprensión en el rostro.
Como a veces ocurría con Felka, formuló la pregunta en forma de declaración plana, sin inflexiones.
—Por qué.
Escúchame, Felka. No debes hacer esto. Ahora eres una de nosotros. No puedes regresar a tu infancia solo porque Clavain ya no esté aquí.
Con un gesto patético, Felka intentó volver a reunir las tarjetas, pero Skade estiró el brazo y le cogió la mano.
No. Déjalo ya, Felka. No puedes hacer una regresión. No lo permitiré. Skade ladeó la cabeza de Felka hacia la suya. No es solo por Clavain, Felka. Sé que él significa algo para ti. Pero el Nido Madre significa más. Clavain fue siempre un intruso. Pero tú eres una de nosotros, hasta la médula. Te necesitamos, Felka. Como eres ahora, no como eras.
Pero cuando la soltó, Felka se limitó a bajar la mirada. Skade se puso en pie y se alejó andando hacia atrás de la figura con las piernas cruzadas. Había cometido un acto cruel y lo sabía. Pero lo mismo habría hecho Clavain, si hubiera sorprendido a Felka refugiándose en su niñez. La Muralla era un Dios sin sentido al que adorar, un Dios que le absorbía el alma, incluso en el recuerdo.
Felka comenzó a repartir de nuevo las tarjetas.
Empujó la arqueta de Galiana por los laberintos vacíos de la Sombra Nocturna. Su coraza se movía con un ritmo medido, funerario, un cauto paso tras otro. Con cada estruendosa pisada, Skade oía el quejido de los giroscopios que se esforzaban por mantener el equilibrio bajo la nueva aceleración. El peso de su propio cráneo era una cruel fuerza compresiva que aplastaba las vértebras superiores de su espina dorsal truncada. Su lengua era una masa insensible de músculos perezosos. Su rostro tenía un aspecto diferente, la piel estirada sobre los pómulos como si tiraran de ella unos cables. Una ligera distorsión del campo visual revelaba el efecto que tenía la gravedad sobre sus globos oculares.