El juego del León
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
Así que entramos en su almacén de armamento, protegido por una puerta de acero cerrada con llave. Allí había de todo: rifles, escopetas, granadas inmovilizantes, esposas, etcétera, etcétera.
– Pueden probarse los chalecos en los lavabos de hombres y de mujeres, si lo desean -dijo la agente López.
Kate le dio las gracias a la agente mientras ésta salía.
Me quité la corbata, la chaqueta y la camisa.
– No mires -le dije a Kate.
Ella se quitó la chaqueta color ketchup Heinz y la blusa, y yo miré.
Encontramos los dos un chaleco de nuestra talla y nos lo pusimos.
– Esto es como una escena de «Expediente X»… -dije.
– Olvídate de una vez del maldito «Expediente X».
– ¿Pero no te fastidia que esos dos no lleguen a entenderse nunca?
– Ella no lo quiere. Lo respeta, y él la respeta a ella, y no quieren echar a perder ni complicar esa especial relación de confianza.
– Dilo otra vez.
– Personalmente, creo que deberían estar follando ya.
Salimos de la armería y dimos las gracias a la agente López. Chuck, que nos había recogido en el helipuerto del hospital, nos acompañó al parking y nos llevó en el coche en dirección a la casa del señor Elwood «Chip» Wiggins.
Mi mente bullía de pensamientos mientras el coche avanzaba hacia el oeste, en dirección a la costa izquierda. Yo había recorrido un largo camino para estar allí pero el que había recorrido el señor Asad Jalil era mucho más largo. Su viaje había comenzado en un sitio llamado Al Azziziyah, en algún lugar de Libia, mucho tiempo atrás. En la noche del 15 de abril de 1986, él y Chip Wiggins habían compartido durante unos pocos minutos un punto en el espacio y en el tiempo. Ahora, Asad Jalil deseaba devolverle la visita, y el señor Wiggins lo ignoraba. O Chip Wiggins se había encontrado ya con Asad Jalil, y el asunto estaba terminado. En tal caso, no aparecería nadie en la casa de Wieeins, nunca. Pero si Jalil y Wiggins no se habían encontrado aún, me preguntaba quién sería el primero en subir andando por el camino particular de la casa.
La luz solar se había esfumado casi por completo, y se habían encendido las farolas.
Mientras nos acercábamos al barrio de Wiggins, Chuck llamó por radio a las unidades apostadas en torno a la casa de Wiggins, para que no se pusieran nerviosos ni le dieran al gatillo. Por la misma razón, Chuck utilizó luego su teléfono móvil para llamar a los agentes situados en el interior de la casa.
– Dígales que preparen café -pedí.
Chuck no transmitió mi petición, y, por lo que decía al teléfono, comprendí que a los agentes que estaban en la casa no les hacía mucha gracia la inesperada compañía. Que se jodan. Todavía es mi caso.
Recorrimos las calles rectas y largas de un barrio suburbano que Chuck dijo que estaba cerca del océano, aunque yo no veía ni olía océano alguno. Todas las casas estaban construidas en parcelas minúsculas, y las propias casas no eran más que virutas de estuco de un solo piso, con garajes adosados, techos de tejas rojas y una palmera, al menos, por cada casa. No parecía un barrio caro pero en California nunca se sabía. Y la verdad es que me traía sin cuidado.
– ¿Esas casas han estado siempre ahí o bajaron de las montañas en un corrimiento de tierras? -pregunté.
Chuck rió entre dientes y respondió:
– Bajaron a raíz del último terremoto, que precedió a los incendios.
Me caía bien Chuck.
Afortunadamente, no vi a ninguna de las unidades de vigilancia y, más afortunadamente aún, no vi ningún niño en las proximidades.
– Es esa casa de la derecha -dijo Chuck-, la segunda a partir del cruce.
– ¿Se refiere a la de estuco blanco, con el techo de tejas rojas y la palmera?
– Sí… todas… La segunda empezando por el final.
Kate, que iba en el asiento de atrás, dio una patada en el respaldo del mío, lo que supongo que era alguna clase de señal.
– Voy a parar el coche, ustedes salen y yo me largo. La puerta principal está abierta -dijo Chuck.
Al montar en el coche había observado que las luces interiores estaban desconectadas, igual que en la costa Este, lo que resultaba tranquilizador. Después de todo, era posible que aquella gente supiese lo que hacía.
Se detuvo el coche. Kate y yo bajamos rápidamente y avanzamos sin correr por el agrietado camino de cemento. A la derecha de la puerta había un amplio ventanal con las persianas venecianas echadas. En mi antiguo barrio, todo el mundo habría estado para ahora al tanto de los extraños sucesos que se estaban produciendo, pero el lugar en que nos encontrábamos en aquellos momentos parecía una escena de una película de serie B de los años cincuenta, en la que todo el mundo ha muerto a causa de la radiación atómica. O quizá los federales habían evacuado el barrio.
Así pues, abrí la puerta y entramos. No había vestíbulo, y nos encontramos en una combinación de sala de estar/comedor en forma de L iluminado solamente por una débil lamparita de mesa. De pie en el centro de la habitación había un hombre y una mujer vestidos con pantalones y camisa azules y cazadora de nailon con la placa de identificación. Lucían amplias sonrisas y tenían la mano extendida en ademán de saludo. Bueno, no realmente.
– Soy Roger Fleming, y ésta es Kim Rhee -dijo el hombre.
La Rhee era oriental, ahora llamada asiática del este, y supuse por su nombre que era coreana. Roger era pan blanco con mayonesa.
– Supongo que ya conocen nuestros nombres… -dije-. Yo soy Kate.
El agente Fleming no sonrió, y tampoco lo hizo la agente Rhee. Algunas personas se ponen muy serias cuando están esperando un tiroteo mortal. Los policías tienden a bromear, probablemente para disimular su nerviosismo, pero los federales se lo toman todo en serio, incluyendo, estoy seguro, un día de playa.
– ¿Cuánto tiempo se van a quedar? -preguntó la agente Rhee.
– Todo el que haga falta -respondí.
– No tenemos intención de inmiscuirnos en la captura real del sospechoso -intervino Kate-, si aparece por aquí, a menos que ustedes nos necesiten. Estamos aquí solamente para ayudar a identificarlo y para tomarle declaración una vez detenido. Asimismo, lo conduciremos a Nueva York o Washington para responder de varios cargos federales.
No era eso exactamente lo que yo tenía previsto pero les venía bien a Fleming y Rhee ver que uno de nosotros estaba cuerdo.
Kate continuó exponiendo el contenido de nuestra misión.
– Si aparece primero el señor Wiggins, entonces hablaremos con él y le pediremos que nos haga entrega de la casa. Después, alguien puede acompañarle a otro lugar. En cualquier caso, nos proponemos permanecer en esta casa esperando al sospechoso, que creemos se dirige hacia aquí.
– Nosotros hemos decidido que, por razones logísticas y de seguridad, seis es el número óptimo de agentes que necesitamos en la casa -replicó Rhee-. De modo que, si el sospechoso aparece aquí, les pediremos a ustedes que entren en una habitación trasera, que les enseñaremos.
– Escuchen, señora Rhee, señor Fleming -dije yo-, puede que tengamos que estar todos aquí durante mucho tiempo, compartiendo el baño y los dormitorios, así que ¿por qué no nos dejamos de chorradas e intentamos llevarnos bien? ¿Les parece?
No hubo respuesta.
Kate, dicho sea en su honor, cambió de tono y dijo:
– Hemos trabajado en este caso desde que Asad Jalil aterrizó en Nueva York. Hemos visto más de trescientas personas muertas a bordo del avión en que llegó, hemos visto asesinados a un miembro de nuestro equipo, a nuestra secretaria y al agente de servicio.
Y así. Les fue contando todo, demasiado delicadamente, pensé yo, pero captaron el mensaje y hasta asintieron con la cabeza cuando Kate terminó.
Entretanto, paseé la vista por el cuarto de estar, sobriamente amueblado pero sin gusto. Estaba también bastante desarreglado, de lo que me gustaría echar la culpa a los federales pero que probablemente, pensé, era el reflejo de la aptitud del señor Wiggins ante la vida.